Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 39 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 13

13

Una vez que Candela baja el arma, Mateo se acerca hasta ellas con gesto afable.

—¿Tiene usted hijos? —interroga a Julia.

Esta vez sí que la pregunta la pilla desprevenida, pero, más allá de su problema personal, prevalece la urgencia y la intriga de por qué es tan importante en ese momento.

—No tengo, ¿por qué?

—¿Sus vecinos? —dice señalando la casa de sus amigos—. En ese casoplón tiene que haber una guardería por lo menos.

—Ellos sí. Tienen tres: un chico y dos chicas, una adolescente y una recién nacida, pero no viven aquí. A él lo trasladaron fuera por trabajo y vienen muy de vez en cuando…

—En Navidades, entiendo —continúa Mateo.

—Tampoco llevan tantísimo tiempo fuera, creo que iban a venir ahora…

No sé cuánto tiempo se quedarán, la verdad.

—Está bien saberlo.

Julia lo mira interrogante, no sabe qué conexión puede tener eso con lo que le acaba de ocurrir a ella.

—¿Podemos centrarnos, por favor? —interviene Candela y hace un gesto a su compañero para que lo deje.

—Si han estado fuera, habrá que informarlos, ¿no? —insiste él.

Candela hace como si no lo hubiera escuchado y continúa:

—Tenemos grabaciones. Las cámaras estaban funcionando. Vamos

dentro para terminar de ver las que faltan y nos llevamos todo el material.

—Buena idea —dice Mateo enseñando un pendrive que saca del bolsillo de su cazadora.

Una vez dentro, analizan todo lo que las cámaras han recogido en el monitor que tiene en un armario del salón. Inmediatamente después de que el hombre entre desde el monte por la parte baja de la parcela, sube por el lateral que da a la casa de Laura. Camina muy pegado a los árboles y arbustos que se cuelan desde la parcela de la vecina, hasta que llega a la puerta exterior. El sensor de luz de la entrada se enciende y él se queda pegado, totalmente camuflado, a la puerta de color antracita hasta que todo se queda a oscuras de nuevo.

—Dale para atrás —ordena Candela a Mateo.

Este obedece.

—Para.

En la imagen se ve al intruso erguido y pegado por completo a la puerta, justo antes de que se apague la luz.

—Efectivamente es un buen maromo. Yo diría que mide casi uno noventa, ¿recuerda la altura de la puerta?

—Dos cuarenta, mide igual que el muro y tiene la medida que marca la normativa de la urbanización —contesta Julia.

Siguen viendo las grabaciones y las otras cámaras muestran cómo continúa su trayecto por el otro lado.

—Da prácticamente la vuelta a toda la parcela —dice Julia al verlo bajar pegado al porche hasta llegar a la salida del sótano donde lo descubrió al final.

—¿Sabe por qué hace eso? —pregunta de manera retórica Candela, que se contesta a sí misma—. Está haciendo una vuelta de reconocimiento, probablemente para comprobar si alguno de los accesos a la vivienda está

abierto. Si tiene suerte y usted se ha dejado alguna ventana sin cerrar o algo por el estilo… Si dice que anoche ya estaba merodeando, lo más probable es que ya tuviera más que estudiada la casa y por eso ha decidido esta noche atacar por el sótano, porque apuesto que pensaba que estaría usted en la parte de los dormitorios, y así evitaría sustos como los de la noche anterior.

—Pues entonces menuda cagada… —dice Mateo jocoso.

—La ley de Murphy también les afecta a «los malos» —responde Candela autosuficiente—. Quizá me equivoque —continúa mirando a Julia

—, pero si es un hombre solo el que entra desde el campo y hace todo el recorrido, comprobando que no hay nadie, en la mayoría de los casos significa que el resto estaría esperando fuera.

—¿El resto?

—Sí, el que se adelanta y da el visto bueno en el caso de que las condiciones sean óptimas. El resto esperan fuera y, cuando les dan el OK, ya intervienen todos. Esta gente suele estar muy organizada. —Julia no puede disimular la cara de terror—. Quédese con el lado bueno: casi nunca entran cuando hay gente dentro, no quieren líos. En su caso, si no había ninguna luz dada y no la vio, pensaría que no había nadie. Entran y se llevan lo que pueden de valor, normalmente joyas y relojes. Punto.

Mateo termina de volcar las imágenes y Julia y la guardia de la garita los acompañan a la puerta de entrada. Una vez fuera, Candela se dirige a Julia, que está visiblemente afectada.

—Debería denunciarlo, más todavía si no es la primera vez que sucede.

Que ocurra dos noches seguidas no es buena señal. No tiene buena pinta.

—Pero ¿qué denuncio si no me ha hecho nada? —le pregunta Julia desesperada—. Es que no entiendo qué puede querer, pero tengo mucho miedo.

—La entiendo. No podemos saber qué es lo que quiere ese hombre. Pero

lo que sí sabemos, señora, es que esto es allanamiento, acoso e intento de robo y que tiene que denunciarlo. Mañana pida cita, desde el covid ya no hay atención inmediata. Solo se atiende con cita previa. Aquí al lado hay un centro de la Guardia Civil, indique que quiere que la cita sea ahí. Igual hasta nos volvemos a ver. En cualquier caso, le dejo mi tarjeta. —Candela se la ofrece—. Llámeme si recuerda algo más.

—O si sucede algo —remata Mateo.

Candela entorna los ojos, quiere matarlo por su falta de tacto. Ha ido a decir exactamente lo que ella se esmeraba en omitir. Los agentes se suben al coche y Julia y la guardia de la garita esperan a que se vayan. Ambas están en la entrada de la calle con la puerta abierta.

—Candela es una crac y él es una eminencia —dice Aldara nada más arrancar el motor—. Mateo es el que se encarga de investigar todos los casos de desapariciones por el maldito conejo ese, Sweet Bunny . Por desgracia, en los últimos meses he tratado mucho con ellos. Cuando desapareció el niño el Halloween pasado, él se encargó de todo. Es un alivio, vive cerca y está superpresente. De hecho, esa noche se encontraba muy cerca e intervino enseguida, pero no hubo suerte. Este bosque es como si se lo tragara todo. Qué horror. Solo espero que no les hayan hecho ningún vídeo de esos… —Julia la mira sin saber de qué habla, no está al tanto del caso—. Los vídeos snuff, me refiero. Después de la desaparición del niño tan famoso, el del anuncio, Mateo se encargó del caso y descubrió una red de tráfico de vídeos snuff en los que aparecen muchos de los niños desaparecidos. Fue él quien destapó todo el follón en el que estaba metida la madre.

—Eso lo recuerdo.

—Hay que ser muy hija de puta… para grabar a tu propio hijo. Le cuento esto para que sepa por qué le preguntaba insistentemente si había niños en

las casas. Está obsesionado con que el monstruo que se esconde bajo el disfraz de conejo pueda llevárselos también.

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El niño está jugando con su padre en el jardín trasero de la casa. Se divierten lanzando un balón para ver quién lo mete en una pequeña portería. Menos mal que de momento no es nada competitivo y no le importa perder. Si no, su progenitor no pararía, porque le encanta hacerle rabiar, y si fuese competitivo, el vacile se convertiría en una tortura. Han dejado abierta la puerta del saloncito que da a esa parte y, gracias a eso, escuchan que alguien llama al telefonillo. El hombre se dirige al interior y, al cabo de un minuto, se asoma.

— Hijo, voy a abrir, ahora estoy contigo. Tú entrena, a ver si luego eres capaz de meterme algún gol.

El niño, con una sonrisa en la boca, lo ve subir las escaleras, le encanta que su padre le haga rabiar y le diga maldades, porque eso significa que están pasando tiempo juntos. Vuelve a por la pelota y se entretiene tratando de meterla en la portería y chutando contra un muro de piedra que hay de separación. Los minutos pasan y se aburre, su padre está tardando demasiado. Teme que lo haya dejado plantado otra vez por algún asunto de trabajo, y se acerca a la cristalera para llamarlo por el hueco de las escaleras. Sin embargo, para su sorpresa, está cerrada. Hace apenas unos minutos las puertas estaban abiertas, está seguro porque vio que su padre salía sin tener el reflejo del cristal de por medio. Intenta abrirlas, pero está echado el pestillo. No ha escuchado que las cerrara. Va hacia uno de los laterales y camina hasta la puerta de la entrada que, como esperaba, también está cerrada. Llama al timbre varias veces, pero nadie le abre. Se dirige hacia el garaje cubierto y se fija en que el coche de su padre sigue

aparcado, luego no ha podido irse sin él. Quizá haya vuelto a la portería y están como el perro y el gato sin darse cuenta. Regresa a la zona donde estaban jugando y, de camino, comprueba si hay alguna puerta abierta.

Pero no tiene suerte y sigue sin poder entrar.

— ¡Papá! —exclama—. ¡Papááá!

No obtiene respuesta.

— ¿Hola? ¡Papá! ¡Abridme! —grita pegando la cara al cristal para que lo escuchen desde el interior.

Entonces escucha algo por detrás de él. Un chis.

— ¿Papá? —pregunta ahora con mayor cautela.

— ¿Qué?

El niño se extraña al escuchar ese tono de voz, que parece forzadamente suave, casi como un susurro. ¿Es un nuevo vacile? Seguro que está escondido y quiere asustarlo, como siempre hace. Aunque sabe la que le espera, camina hacia donde ha escuchado la voz. Llega con el convencimiento de que está cayendo en la trampa hasta unas plantas enormes de bambú que sus padres han plantado para tapar la valla exterior. No obstante, se la piensa devolver después. Por la noche se esconderá pegado al marco de la puerta de su cuarto de baño y, cuando salga, le dará un susto de los buenos, de los que nunca fallan. Se fija en que en la parte inferior, entre los troncos, sobresalen las zapatillas de deporte de su padre. Efectivamente, está preparado para pegarle un susto, pero no contaba con que iba a descubrirlo. Esta vez no piensa ser el pardillo y se adelanta.

— ¡Uuuh! —grita con entusiasmo mientras empuja las ramas de bambú para descubrir a su verdugo convertido en víctima.

En cambio, nadie reacciona al otro lado. Rápidamente consigue hacer un hueco entre los troncos y se encuentra con que no es su padre quien está

escondido, sino un hombre gigante que lo mira inclinando la cabeza hacia abajo. El niño grita desesperado, pero da igual lo mucho que se esfuerce.

Una mano enorme le tapa la cara y la otra le sujeta contra la cintura del desconocido, inmovilizándolo por completo. Nadie puede oírlo y mucho menos es capaz de soltarse. El calor de su pis desciende por la entrepierna hasta alcanzar los pies. El miedo lo tiene paralizado. No es hasta que el verdugo lo mete en la casa cuando descubre lo que tiene preparado para él.

En ese momento experimenta por primera vez en su corta vida lo que es el pánico.

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