Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 21 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 20

20

Julia está a punto de pellizcarse para cerciorarse de que no se trata de una pesadilla. Vuelve a leer el texto: «Aquí una que está ultimando los preparativos para volver a… ¡mi Madrid! ¡Preparaos!». Y después de veinte emoticonos a cada cual más bobo escribe unos cuantos hashtags tópicos a tope: #lovemadrid, #deMadridalcielo, #HogardulceHogar . La fecha de la publicación se remite a varios días atrás. Mira que Vanesa le había advertido de que probablemente vendrían al cumpleaños de la madre de Javier, pero había querido olvidarlo en su afán de evitar las interferencias que la despistaran de su compromiso consigo misma de encontrar la paz que necesitaba para formar una familia y un hogar. Pero en ningún caso se imaginaba que sería justo cuando se mudaban ellos, qué mala suerte.

Encima, seguro que insistirían en pasar a ver cómo estaba la casa y advertirían mil cosas a medias. Disfrutarían de lo lindo apuntando las diferencias evidentes entre los lujos y detalles, los materiales y proporciones por los que habían tenido que optar ellos en comparación con su vivienda, que parecía un centro comercial de Dubái. Por supuesto que también presumirían de lo maravilloso que era todo en Colombia, y Vanesa tendría tiempo para sacarle el tema estrella: su problema para tener hijos.

Pondría su voz suave y repetiría «cariño» antes y después de cada palabra.

Ya se cuidaría de hacerla sentir inútil y fracasada, y después le mostraría a sus tres niños rubios para terminar de rematarla.

Lo que más le jode es que quieran competir cuando ni Rubén ni ella han luchado nunca por superarlos, ni siquiera por estar a su altura. Era absurdo,

porque su recién estrenada casa de diseño domotizada es un chiste comparada con la de Javier y Vanesa, que parece una nave espacial de todo lo que se puede hacer a nivel tecnológico. Es consciente de que Rubén y ella no son millonarios ni mucho menos, simplemente han sabido aprovechar las circunstancias: ha trabajado mucho, han tenido suerte, pero también han sido listos y han sacado la mayor rentabilidad a su esfuerzo.

Por lo demás, ahora tienen una bonita hipoteca, así que, aunque quisieran, no podrían alcanzarlos, y Javier y Vanesa lo saben perfectamente. No solo compiten en el plano económico. Sus vecinos saben que están muy por encima de ellos. Javier ha sido diputado de la Comunidad hasta hace relativamente poco y está muy bien relacionado, aun así necesitan imponerse y reafirmarse a cada segundo.

Es cierto que por muy buenos amigos que fueran, Javier y Rubén siempre estaban compitiendo. Toda la educación que tenía Javier se transformaba en prepotencia cuando se trataba de negocios y de alardear delante de su marido, consciente del daño que le hacía. En resumen, que Vanesa y Javier siempre consiguen lo que quieren y por eso Rubén y ella están en deuda con ellos. Julia fue quien encontró y se enamoró del terreno, pero fue Javier quien consiguió que les dejaran construir en él y agilizar el papeleo para que pudieran hacerlo cuanto antes sin esperar los plazos eternos que suelen sufrir el resto de los mortales de la zona.

Vuelve a mirar la foto en la que Vanesa, además de sonreír hasta donde parece imposible, no muestra ni un maldito poro en la cara. La odia, sobre todo porque tiene tres hijos a los que no debe hacer mucho caso con tantísima vida social y compromisos que tiene en Colombia. Tres, hay que joderse. Ya les podrían dar uno a ellos, ¡qué injusta es la vida! «Ojalá se estrelle el avión», piensa en un pronto. Hasta ella misma se sorprende.

Enseguida se siente mal por los niños. Qué culpa tienen ellos, sobre todo la bebé.

Julia vuelve al muro del perfil de su vecina y desliza el dedo hacia abajo para ver las fotos recientes de Estrella. Es una niña preciosa. «A la tercera va la vencida», escribía su madre bajo la foto en la que la mostraba recién nacida por primera vez. Ella siempre quiso una niña y tenía tanta suerte que al final la había tenido. Julia echa humo por las orejas. Precisamente, en ese momento, escucha ruidos justo al lado de la mansión de sus «amigos».

¡No puede ser que ya estén aquí! Corre hasta el baño del salón y se asoma con cuidado a la ventana que da a la parcela de Javier y Vanesa. No consigue ver nada fuera de lo normal, más allá de la enorme estructura de piedra natural, mármol, madera color roble y cristales tintados. Regresa donde la cristalera y sale fuera. Por suerte, sus ostentosos amigos sí plantaron enormes pinos y cipreses en los laterales en busca de una mayor intimidad. Ahora le sirven a Julia para avanzar sin ser vista y poder observar sin reparo.

Los ruidos no cesan. Escucha un motor, que no alcanza a saber si lo localiza arriba de la parcela o más a su altura. De lo único que está segura es de que le ha sonado «lejano». Después escucha un golpe, como si cayera algo de peso, y unas pisadas. Julia cruza los dedos para que no estén de vuelta. Eso sí que le parecería terrorífico y no los incendios y los conejos asesinos.

Sale al jardín y escucha cómo una puerta rechina al ser abierta en ese lateral, sube sigilosa unos cuantos peldaños de las escaleras para ver si, desde lo alto, es capaz de averiguar qué están haciendo. Se pone de puntillas y descubre que hay una puerta pequeña abierta en la zona de más abajo. No recuerda qué había ahí cuando les hicieron el house tour, pero tenía que ser algún cuarto de instalaciones o similar. Da otro par de pasos

para conseguir divisar algo más cuando, desde el interior, aparece un hombre que está arrastrando algo por el suelo. Antes de que Julia pueda reaccionar, el desconocido se yergue y la pilla espiándolo descaradamente.

Es muy alto y tiene sus ojos oscuros clavados en ella de una manera inquietante.

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