Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 77 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 7

7

La buena noticia calmó las aguas, la idea de volver a tener a Aníbal cerca hizo que Laura se parara en seco y pensara seriamente si no estaba dejando de lado sus verdaderas prioridades para darse de morros contra un muro que jamás podría derribar. Pese a que estaba convencida de que su vecino era el responsable de que se hubiera tomado la decisión de convertir la residencia de ancianos en un centro psiquiátrico penitenciario en tiempo récord, se propuso no pensar más en ello y disfrutar de los años que le quedaran intentando ayudar a su nieto y a su marido para que estuvieran lo mejor posible.

Para ella lo importante era recuperar la ilusión por centrarse de nuevo en su nieto. Y también en su marido, para dedicarle el tiempo y la dedicación que exigía y, por supuesto, merecía. No quería más distracciones ni energía desperdiciada. La familia volvería a ser su motor.

Para ello se propuso olvidarse de los avances de las horribles construcciones modernas que estaban destrozando el paisaje. Por otro lado, no se quería ni imaginar el poder y los contactos que debían de tener para haber llegado al punto en el que estaban y que solo ella hubiera sospechado algo.

Veinte días más tarde de la fecha prevista abrieron el centro y se produjo el traslado de Aníbal. Cuando Laura supo que al día siguiente podría visitar a su nieto, fue como si le dieran un chute de esperanza. Había retrasado su visita desde que le dieron la noticia, porque cada vez le resultaba más complicado viajar debido a que su marido estaba muy

descontrolado y no tenía con quién dejarlo. Además, sabía que en nada se volverían a ver y encima con la asiduidad que siempre había querido.

Pese a que la residencia de ancianos llevaba décadas en la urbanización, Laura no la conocía. Cuando entró en el edificio por primera vez, temió que el cambio hubiera sido para peor y que la cercanía no le compensara.

Se veía a la legua que habían pintado y dado un rápido lavado de cara al edificio, pero que todo era bastante antiguo. Mientras recorría el pasillo, le entraron unas ganas terribles de llorar. Necesitaba ver a su nieto, pues no había sido posible hasta ahora. Se lo había negado los meses anteriores por las dificultades y porque sabía que el traslado era inminente. Y esta necesidad hacía que aflorara toda su fragilidad.

Al entrar en la habitación se sorprendió gratamente, porque era mucho más amplia de lo que esperaba y, sobre todo, tenía muchísima luz. Laura buscó a su nieto con la mirada. Aníbal estaba sentado de espaldas a ella con la vista fija en una enorme ventana.

— Cariño, por fin…, qué ganas tenía de verte —le dijo mientras se acercaba a él para abrazarlo.

Su nieto nunca había vuelto a ser el mismo y no esperaba que respondiera a su efusiva muestra de cariño, aunque tampoco que no reaccionara de ningún modo y que siguiera ausente, como si nada, ignorándola por completo. Laura pensó que la estaba castigando y que tendría que hacer un doble esfuerzo para demostrarle que lo seguía queriendo y ganarse su confianza de nuevo, para que tuviera claro que nunca lo abandonaría. Agarró la silla que había en la esquina de la habitación, se sentó junto a él en silencio y le posó la mano sobre la rodilla cariñosamente. Entonces sucedió algo que le rompió todos los esquemas.

Sin dejar de mirar por la ventana, Aníbal empezó a hablar.

— Mamá…

— ¿Qué pasa, cariño, te estás acordando de tu madre? Yo también me acuerdo mucho de ella. Todos los días, todo el tiempo.

— Mamá…

— ¿Sí? Mamá…

— Hay algo que no sabes…

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