Dulce hogar
Capítulo 14
14
Después de un fuerte abrazo, las dos amigas se miran. Solían ser uña y carne, habían viajado juntas durante más de una década y compartido muchas confidencias. Eran casi como hermanas. Juntas se lo pasaban pipa y además se entendían: las dos eran muy prácticas y les gustaba hablar sin tapujos. Pero cuando Pilu fue madre, se mudó con su marido y el bebé a esta urbanización cerca de sus suegros. Y, aunque estos les prometieron que los ayudarían, cuando llegó su segundo hijo, la dinámica se hizo imposible y decidió dejar de trabajar. Así que Julia no pudo disfrutar de ella en el trabajo, tampoco podían quedar a comer, dar una vuelta o salir a tomar una copa, como solían hacer cuando viajaban juntas. Aunque la verdadera razón por la que Julia se había distanciado era que no soportaba que le estuviera enseñando fotos de sus hijos día y noche y que toda la conversación girara siempre alrededor de ellos o de la maternidad. Un día Pilu se lo dejó caer, y le reprochó que nunca fuese a verla y que los niños iban a ser adolescentes la próxima vez que lo hiciera. Ahora ha llegado el momento de limar asperezas, porque con el tiempo se ha dado cuenta de que era ella la que tenía un problema. Quiere a su amiga y en esta nueva etapa la necesita a su lado.
—Pero ¡qué guapa estás, estás hecha un pibón!…, como siempre —
exclama Pilu.
—¡Y tú!
—Anda, anda… Bueno, para tener dos niños no me quejo, la verdad.
Pilu hace una minipausa, Julia lee en su rostro que su amiga piensa que
ha metido la pata. Hace siglos que no hablan del tema, pero en su día empezó a preguntarle sin parar por qué no se animaba a ser madre, insistiendo en que era el momento. «A ver si vas a tener el síndrome de Peter Pan», le decía cuando Julia se explicaba. Ella le contó que les estaba costando. Así que no hay que ser muy listo para darse cuenta de que el problema persiste si aún no ha llegado ningún bebé.
—¡Qué ganas tenía de verte! —dice Julia agarrándole las manos para demostrarle que está todo bien.
—¡Y yo! Por fin…, ahora que te tengo a mano no te pienso soltar. Vamos a sentarnos, que me han reservado mi mesa. —Y se dirige a la más apartada, en la esquina de la terraza—. Es la mejor. Aquí no se te puede sentar nadie al lado para cotillear. Esto parece muy tranquilo, pero es un nido de víboras. A ver…, estoy exagerando, pero es para darle un poco de emoción.
—¿Quieres emoción? Me acaba de pasar una cosa rarísima con el de la garita.
—¿Con quién?
—Jacinto, creo que me dijo que se llama. El que es tan enorme que parece un oso.
—Ay, ni idea, y menos de los nombres. No es el de la entrada al club,
¿verdad?
—Creo que no. Estaba fuera. Venía desde la garita hacia mí de una manera un poco rara. Lo he saludado y no me ha dicho nada. Me ha dado cosa. Es tan grande que impone.
—Pero ¿está ahí? —Pilu se levanta de la silla, mira hacia el puesto de trabajo del vigilante—. Ay, hija, no lo veo desde aquí.
—Nada, si en realidad tampoco ha pasado nada. Ha sido una sensación.
Lo vi ayer también cuando llegué y me comentó algo de un mando azul para poder aparcar…
—Sí, el que tenemos los propietarios. Imagínate si todos los que vienen al cole pudieran aparcar en nuestra zona, sería imposible. Acabaríamos a leches. Ya a veces te ponen uno delante y te quedas encerrada hasta que le sale del… moverlo… Así que ni te cuento. Te conviene tener uno, créeme.
—Ya le diré a Rubén que se lo pida. De momento me gusta bajar andando.
—Hija, gracias por venir tan temprano. Es que o es ahora, que dejo a los niños, o ya más tarde es complicado porque tengo pilates.
—No, si a desayunar me viene genial —interrumpe—. Me he levantado prontísimo.
—¡Bueno, que ya estáis aquí! —dice levantando la mano para que venga el camarero—. La casa habrá quedado espectacular, ¿no? Las referencias que me enseñaste eran una pasada. A ver si me la enseñas, que alguna vez que he pasado por el campo he mirado, pero no me entero de dónde es…, como esto es pequeño… —dice irónica—. Es un laberinto de calles y me pierdo.
—¡Claro! Cuando quieras, organizamos una cena o algo.
Julia saca el móvil y busca alguna de las fotos más actuales.
—Pero tiene que ser un viernes, que es el día que tengo acordado con la chica.
—Viernes, genial —responde mientras le enseña las imágenes.
—¡Joder, es increíble! Es gigante, ¡madre mía! Esto está hecho para llenarlo de churumbeles.
Pilu frena en seco su entusiasmo, consciente de que es el tema que no quiere tocar si su amiga no habla sobre él.
—Esa es la idea, sí. Pero de momento…
Julia sonríe con cara de circunstancia.
—Vaya, lo siento. ¿Todavía seguís…?
—Todavía. Pero, vamos, que no es que no podamos. No lo doy por perdido. Es solo que llevamos un tiempo intentándolo y la cosa se resiste.
—Ah, bueno, eso es muy normal. Tranquila, a mí me pasó que entre el primero y el segundo pasaron tres años porque no había manera, y eso que los quería seguiditos.
—Yo llevo intentándolo dos años. —Antes de que la lástima se dibuje en el rostro de su amiga, Julia añade—: Pero también te digo que entre la licencia de la casa, y las obras, que han sido un infierno…
—¡¿Y cuándo no, cariño?! ¡Qué pesadilla…! Lo que han rematado bien, cuando vienen a arreglar todas las chapuzas, se lo cargan… Es un no parar…, un bucle terrible.
—Bueno, nosotros de momento hemos tenido suerte. A ver lo que va apareciendo durante estos días, pero por ahora no he encontrado gran cosa.
Han sido más las dificultades para construir en pendiente y todo lo que salió sobre la marcha: cumplir con los caprichos, como yo los llamo.
—No, si ya te conozco yo a ti, qué lista. —Julia le hace un gesto chulesco y las dos se ríen—. Mira el lado bueno, yo con dos no me da para mucho capricho.
—Ya. —Le sale una sonrisa acartonada, la que repite cada vez que le recuerdan «su suerte» por no tener la atadura de los hijos.
—Bueno, y también el trabajo, que no paras, menuda cabra loca, todo el día de un lado para otro…
—También. Pero ya he parado.
—¿Al final sí?
Julia afirma con la cabeza. En ese momento llega el camarero.
—Buenos días, ¿qué os pongo? Pilar, ¿lo de siempre?
—Sí, un cortado con un cruasán a la plancha con mantequilla y mermelada de fresa.
—Pues yo lo mismo, pero con té verde y sin la mantequilla y la mermelada. Gracias.
—Nos estamos cuidando, ¡eh!
—Aún sigo guerrera, ya sabes. Lo que te estaba diciendo: que he alargado demasiado lo del trabajo, quería haberme pedido la excedencia mucho antes. Pero tenía miedo de que no se lo tomaran bien, ya los conoces…
—Qué me vas a contar…
—Pues eso…, si lo piensas, llevaba media vida ahí. Y la cabra tira al monte —dice entre risas.
—Sí que cuesta, sí —responde Pilu cómplice.
—No, ya en serio. Tuve que parar por temas familiares y necesitaba un poco de calma y estabilidad para poder seguir intentándolo. Me lo recomendó mi ginecólogo después de mil intentos fallidos. Estaba ya medio loca con tanta hormona, las tenía disparadas. Así que decidimos hacer cambios y no obsesionarnos tanto, relajarnos y no estar tan pendientes hasta que termináramos la obra y todo «se colocara en su sitio naturalmente». Me encontraba ya en un bucle en el que antes de hacerlo ya estaba con el «no»
por delante. Por más que lo intentes, es inevitable, el proceso se convierte en algo horrible. Una auténtica psicosis. Empecé a ir al psicólogo y me ha ido genial. Me ha ayudado mucho.
—Es que por lo que me estás contando, esa dinámica solo puede ir a la contra. Aunque también te digo que todas las parejas que conozco que han pasado por eso, con in vitro fallidas y demás, que les parecía un imposible, en cuanto se han olvidado un poco, se han quedado embarazados de manera natural.
—Ya. Eso nos dicen. Ojalá.
—Hombre, en esa casa seguro que la cosa cuaja, qué maravilla.
—Eso esperamos.
—Porque habéis mirado que los dos podéis, ¿no? —pregunta con cautela.
—Sí. Ha costado saberlo. Yo sé que puedo, cero problema, pero Rubén no quería hacerse las pruebas. Ya sabes…
—Para no sentir amenazada su masculinidad…
—O por lo que sea. Me costó lo suyo, pero al final, al poco de ver la parcela, se las hizo y en el seminograma le salió que todo estaba OK.
—Qué bien.
—No sabes lo mucho que ayudó. Por eso ha metido mucha energía en la compra del terreno, la licencia y la construcción. Yo creo que, después de saber que podía, le entró la prisa.
—¿Y ahora?
—Pues nada, cuando el problema era más que evidente, intentamos la inseminación artificial, pero tampoco ha resultado. Lo demás es lo que te he contado: con todo lo que teníamos a la vez, optamos por que cuando terminaran las obras y nos instaláramos, lo intentaríamos de manera natural y si no funciona, empezaremos con la in vitro. Igual estamos perdiendo el tiempo, pero quiero agotar todas las balas antes de pasar a palabras mayores.
—Te advierto que la in vitro está a la orden del día, aunque no todo el mundo lo cuente…
—Ya, ya…, yo qué sé… Tampoco lo vamos a estirar mucho más: la incertidumbre que se alarga en el tiempo se convierte en un verdadero infierno. Rubén está volando fuera de España, pero estoy deseando que vuelva para «ponernos a ello».
—Jejeje, eso es lo suyo, claro… También menuda faena que ahora que
todo el mundo teletrabaja él tenga que trabajar fuera de casa sí o sí.
—Habrá un día que podrán pilotar los aviones por holograma, verás…
—O a distancia por algún rollo virtual que se inventen… —bromea.
—En principio viene mañana. Estoy cachonda perdida, así que se me está haciendo eterno.
—Uy, qué peligro, con lo que tú has sido…
—Soy, perdona. Calla, que ya me puedo dar prisa. Que en nada cuarenta y ahí todo se complica.
—Oye, guapa, que yo ya los tengo…
—Los cuarenta, sí, y dos hijos también. No tienes ese problema, ya has cumplido.
—Tampoco se trata de cumplir con nadie, sino hacerlo por ti misma, ¿no?
Odia cuando Pilu se pone filosófica, a analizar cada uno de sus actos como si fuera una adolescente perdida.
—Lo sé, es una forma de hablar. Si no estuviera convencida de que es algo que quiero, no lo intentaría tanto, te lo aseguro.
—Ya sé que yo te he metido mucha caña con el tema, pero vamos, que no te dé miedo eso, que llegas de sobra… —respondió Pilu conciliadora.
—No, si lo que me da miedo ahora es dormir sola…
—¡Ya! No te había dicho nada, pero si da al campo tiene que dar cosilla…
—Impone un poco… bastante. Como lo piense mucho, me muero —dice bromeando—. Además, desde lo de mi madre, tengo un pánico a estar sola…
—Ya, jo, cuánto lo siento cariño. —Le pone la mano en la rodilla cariñosamente—. ¿Cómo estás de eso?
—Bien, estoy bien, de verdad…
—Oye, llámame si necesitas algo o vente a dormir a casa hasta que
vuelva Rubén, no seas boba, y hacemos fiesta de pijamas esta noche y ya de paso mañana llevas a los niños al cole… o que los lleve la chica, mejor…
—¡Por cierto! Estoy pendiente de que una agencia me mande una, pero si no me gusta o me falla, igual te pregunto por si conoces a alguna.
—Cuenta con ello, le pregunto a la mía. Aquí hay mucho movimiento.
De pronto Pilu sonríe de oreja a oreja, Julia tarda en darse cuenta de que es porque ha visto a alguien detrás de ella. Se gira y ve a dos mujeres de su edad aproximadamente vestidas con mallas y sudaderas.
—Buenos días —dice una de ellas acercándose.
—Hola, chicas, os voy a presentar a Julia. Una amiga de toda la vida que se acaba de mudar a la urbanización.
—¡Ah, genial! Bienvenida. Yo soy Sara —saluda la otra.
—Y yo Paula.
—Encantada —contesta Julia después de darles dos besos.
Sin decir nada más, las dos se sientan en las sillas que hay vacías. Pilu le pone cara de circunstancia, pero ella duda de si no ha sido algo planeado para integrarla en lo que parece ser su grupo de amigas de la zona. El aviso que le dio Laura, su vecina, el día anterior sobre que se mantenga al margen de los líos de la urbanización le viene a la cabeza. No obstante conoce a Pilu y sabe que ha hecho esto con la mejor intención.
—¿Y Eva? —pregunta Pilu.
Las dos se miran un segundo.
—Ahora vendrá. Ya la conoces, está acompañando a Blanquita y Jose hasta la puerta de clase —contesta Sara.
—Pues menos mal que solo tiene dos porque si no…
—Desde lo que le pasó a Roberto, el niño de Carmen y Luis, en el club está obsesionada.
Todas se miran con cara de circunstancia. Julia las mira sin saber a qué se
refieren y qué pudo ocurrirle al niño que mencionan, pero, por sus caras, es evidente que se trata de algo grave.
—¿Qué le pasó? —pregunta tímidamente.
—Se lo llevó Sweet Bunny, el conejo ese —dice su amiga.
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