Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 67 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 23

23

Frente a la cristalera de doble altura de su salón, Julia espera a que llegue la hora señalada por su marido. Se le está haciendo eterno y se ha tenido que sentar porque está agotada de tanto dar vueltas por el enorme espacio diáfano. Sigue teniendo miedo, el dedo y lo que ha encontrado solo pueden traer cosas terribles. Pero ¿los había pillado Javier y los había amenazado con quitarles todo o juntos habían hecho alguna barbaridad para quedarse con los niños y formar la familia que ella no podía darle? Quizá ahora eran conscientes de lo que habían hecho y trataban de incriminarla también, metiéndola en el ajo y que pareciera que era cómplice del delito.

Mientras piensa, escucha un fuerte llanto y, enseguida, le viene a la cabeza el gato, se asoma un poco, pero no ve nada. Percibe lejanamente como un lloro. Sube las escaleras para ver si proviene de la entrada, donde ha visto al animal hacerlo de madrugada. Pero no escucha nada y no tiene cuerpo para abrir porque a esas alturas se espera cualquier cosa. Al girarse para bajar las escaleras, de regreso al salón, se encuentra con que otra vez la enorme encina está llena de pájaros negros y palomas. Diría que es la vez que más hay. Siente que la observan y que todo el mundo sabe lo que ocurre en esa casa, de qué va a formar parte. El sueño que tuvo la noche que regresó Rubén se hace presente y vuelve a visualizar a todos esos hombres en el monte, mirándola, y se cuestiona quiénes son realmente y qué relación hay entre ellos. Se está volviendo loca. Pero lo que más la inquieta es saber dónde están los niños, los hijos de Javier y Vanesa, y cruza los dedos para que se los hayan llevado a otro país.

Julia baja con contundencia, no piensa dejarse intimidar por su mirada fija e inquietante. Abre la cristalera del salón para espantarlos cuando escucha de nuevo el llanto. Gira la cabeza hacia la casa de Laura y ahora le resulta evidente que procede de ahí. Ha tenido que ocurrir algo grave e inmediatamente piensa en que quizá le ha pasado algo a su marido. Se asoma y descubre a Laura de rodillas y de espaldas a ella. Su vecina está llorando, pero mucho más bajo que antes.

Su móvil suena en ese momento, Julia lo coge enseguida sin mirar el nombre de la persona que llama, convencida de que es su marido, pero, para su sorpresa, es su vecina.

—¡Julia! —dice Laura entre gemidos.

Julia tiene que recomponerse, el hecho de estar espiando a la mujer y que esta llame la ha descolocado. Su cabeza se ha disparado y tiene una mezcla de extrañeza y miedo, como si la mujer que está viendo no fuera Laura y la llamada se lo confirmara, o que sí fuera y que la llamara para decirle «sé qué estás mirando». Se sentía dentro de una película de David Lynch.

—Laura, dime —responde con prudencia.

—Se ha muerto… Mi Pepe está muerto. Me lo he encontrado en el jardín… El pobre no respiraba y…

La mujer rompe a llorar.

—Laura, ¿estás bien?

—Me dijiste que te llamara si necesitaba algo…, pues necesito tu ayuda,

¿puedes venir?

—¡Claro! Ahora mismo voy.

—Gracias, muchísimas gracias.

Cuando Julia cuelga, la mujer se pone de pie y deja a la vista una manta en la que parece estar envuelto el cuerpo del animal. Laura camina hacia el interior de la casa, seguramente para abrirla. Ella la ve marchar con el

convencimiento de que su marido y su amante también están detrás de eso.

No tiene ninguna duda de que se han quitado de en medio al perro para que nadie ponga en riesgo su plan.

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