Dulce hogar
Capítulo 11
11
Un golpe seco la despierta de golpe. Pese a llevar horas dormida, su cabeza estaba en guardia, porque nada más escucharlo se ha erguido automáticamente como un vampiro incorporándose de su ataúd. Tarda unos segundos en saber dónde está. La habitación iluminada por la lámpara de diseño de la mesilla de noche, con todas las paredes blancas y el frente con las persianas antracita hasta abajo, resulta de lo más ecléctica. Aún aturdida, intenta discernir si el ruido que ha retumbado pertenece a un sueño o si ha sido en la planta inferior. Si tuviera ya las cámaras, podría mirarlo sin moverse de ahí. Coge el móvil y ve que son las tres de la madrugada y también que tiene cinco videollamadas perdidas de su marido. Tarde como siempre. Se levanta, se tapa con la toalla y abre la puerta que da al pasillo.
No escucha nada más, todo está en calma. Iluminado con las luces led el espacio principal de la casa que puede ver desde arriba está espectacular.
Está sudando, el ambiente dentro de la habitación con todo cerrado le resulta muy cargado, fuera se encuentra mucho mejor. Necesita beber agua, está seca.
Con la mano recorre la barandilla de cristal de la planta de entrada, mirando hacia el salón y hacia las vistas que parecen directamente una cortina negra corrida, salpicada por las luces y siluetas que se reflejan del interior iluminado. Del exterior no hay ningún rastro, tan solo divisa la parte del porche hasta media piscina a la que llega la luz que mantiene encendida en el interior. Pese a todo pronóstico, en lugar de asustarse más, el hecho de no ver con detalle la ayuda a no dar rienda a su imaginación. El
ambiente creado es tan artificial que la calma. Además piensa que si ella no ve lo que hay fuera, tampoco pueden observarla a ella desde ahí, aunque sepa que es falso.
Baja las escaleras y va hasta el otro extremo del salón, donde está la cocina y en la esquina se sitúa la nevera doble. Coge un vaso de un armario y se sirve agua. Entonces mira de nuevo hacia fuera y esta vez la idea de que cualquiera podría estar mirándola en ese momento tranquilamente sin ser visto se le clava como un puñal. Decide beberse el agua arriba y apretar el paso cuanto antes. Sube las escaleras y cuando está recorriendo el pasillo abierto hasta la habitación, ve reflejada la luz de la lamparita que hay en la consola de la entrada, justo en el centro del espacio junto a la puerta. Se gira para volver y apagarla cuando se da cuenta de que no está encendida.
Efectivamente no recuerda haberlo hecho. Mira otra vez el monte y la cristalera de doble altura, en cuya parte inferior se refleja casi todo el salón y los puntos de luz que sí ha encendido. Mira arriba y aún observa una pequeña luz amarillenta. Intenta entender si es que hay alguna otra lámpara en la que no ha reparado. «Igual rebota en la barandilla exterior, que también es de cristal», piensa. Pero nada encaja y, conforme se mueve, la luz continúa en el mismo sitio. Se concentra y vigila más atenta. En ese momento se apaga de golpe y esa zona se queda a oscuras. ¿Hay alguien que la ha apagado al ser descubierto? En una milésima de segundo la luz vuelve a encenderse. Es un punto minúsculo en la inmensidad de la noche.
Juraría que es la llama de una pequeña antorcha o un mechero, pero la cuestión es quién está de madrugada con un mechero en mitad del campo mirando hacia su casa. Inmediatamente recuerda otra vez las torpes palabras del anciano: «Las llamas…, ten cuidado con ellas o acabarás ardiendo».
Julia corre a la habitación, cierra la puerta y se esconde bajo las sábanas. No
quiere pensar más en eso, pero no puede evitar que su cuerpo empiece a temblar.
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