Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 99 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 17

17

Laura seguía asomada al pozo, con la niña en brazos, junto a su nieto David. Mientras que Tiago había aprovechado para irse corriendo y dejar todo en orden. La mujer disfrutaba de la superioridad que tenía respecto a Julia para observarla fijamente. Esta, a su vez, los miraba desde abajo, inquieta. Ahora que sabía que estaba rodeada de cadáveres, el hedor se hacía insoportable e intentaba no moverse mucho para no perder el equilibrio y acabar abajo del todo. Se miraron ambas, y Laura no pudo evitar estar triste.

— Créeme cuando te digo que ojalá no hubiéramos llegado a esto. Ojalá nunca hubieras puesto el ojo en este lugar…, ojalá ahora pudiera vivir junto a mi hija y mis nietos… Ojalá los hijos de tus amigos estuvieran durmiendo para ir mañana al colegio como cualquier día… Ojalá consiguieras ser madre junto a tu marido…

Laura la miraba llena de pena y de rabia, recordando el esfuerzo tan grande que había tenido que hacer para obviar todo esto cada vez que tuvo que acercarse a ella de manera amistosa. Aunque no hubiera podido controlarse y se lo dejara caer de alguna forma cuando le hablaba de los animales salvajes y de cómo había sido ella la que había irrumpido en su hábitat y no ellos en su «hogar» como ella pensaba…

— ¿Recuerdas la frase que le dijiste a tu marido cuando le enseñaste el terreno? «Mataría por vivir aquí». Mira por dónde él se lo tomó al pie de la letra. Él y su amiguito Javier. Los hombres ejemplares, sembrando ejemplo.

Julia recordó ese primer momento, en que le llevó por sorpresa a la parcela y, bajo la sombra de un árbol, le intentó convencer de que ese era el lugar perfecto para «volver a empezar» y conseguir crear el hogar que tanto llevaban buscando. En el trayecto de vuelta, después de que Rubén se resistiera a querer abandonar su vida en el centro para mudarse a las afueras por idílico que fuera el lugar, había insistido más en ese sueño.

— Hazlo por mí. Lo necesito, cariño, de verdad. Necesito resetear y estar tranquila, es lo que nos dicen todos los médicos.

— Pero ¿para qué seguimos hablando de este tema si no se puede construir allí? Tú misma lo has dicho.

— Tira de Javier, ¿no va siempre de sobrado? Pues aprovéchate, joder.

Aunque tengamos que morder un poco de polvo, va a merecer la pena —

insistió.

Rubén no le dijo nada más. Días después él se enteró de que era muy probable que el problema para tener hijos viniera por su parte. A ella le había mentido diciendo que se había hecho las pruebas y que todo estaba en orden, pero lo cierto es que no soportaba que su masculinidad se viese cuestionada y hasta ese momento no se había sometido a ningún examen médico. Al día siguiente de que Julia le expresara su deseo fue a hablar con su amigo. Quiso compensar a su esposa por todo lo que no le estaba dando.

Quizá en ese sentido ella sí tenía razón cuando le decía que ese hogar podía ser un nuevo comienzo que anestesiara los demás golpes. Rubén quería primero darle el lugar idóneo y después intentar buscar otra vía que les facilitara una solución al drama que vivían. Al fin y al cabo, lo importante en la vida era tener un hogar, un centro, porque a partir de ahí los problemas eran mucho más llevaderos. Pero los meses seguían pasando y el embarazo no llegaba. Entre eso y la agónica muerte de su madre, Julia no levantaba cabeza. Cada vez estaba más frustrada y a él le costaba

mucho que se ilusionara con la casa después de todo lo que había tenido que hacer para llegar hasta ahí. La muerte de aquella mujer y la sombra constante de sus familiares lo mantenían en vilo. Tenía que traer luz a ese hogar que ya empezaba con mal pie, y gracias a Vanesa pudo tomar cartas en el asunto para solucionar el problema de una vez por todas. Él solo trataba de buscar un futuro, aunque se equivocó en los medios. Lo más triste era que Julia jamás se enteraría de esto y que sospecharía que Rubén le había sido infiel con Vanesa. Nada más lejos de la realidad.

Laura mecía a Estrella mientras hablaba.

— ¿Sabes? Los hijos no tienen que pagar los errores de sus padres, no tienen la culpa de quiénes son sus progenitores y no deberían cargar con ese peso toda la vida. —Laura miró hacia David, que escuchaba atento con los ojos empañados—. Aunque perderlos puede destrozarlos, y tampoco se lo merecen. Mi hija estaba embarazada cuando la quemaron viva, se lo acababa de contar a su marido y habían decidido arreglar las cosas y volver a vivir todos juntos. Eso no salió en ningún sitio. Solo se cebaron en lo mala madre que fue y en lo loco que estaba su hijo. No te mentí cuando te dije que este lugar sería perfecto para conseguir ser padres, que lo conseguirías pronto. —Julia la miró confusa, sin saber adónde quería llegar—. ¡Toma! —Laura lanzó a la bebé, que cayó sobre Julia—. Ahí está tu ansiado bebé. Ahora ya lo tienes todo. Espero que disfrutéis en familia de vuestro dulce hogar… ¡Ah! Y permite que te corrija: yo no hubiera dicho «mataría por vivir aquí»…, es mucho más apropiado: «Moriría por vivir aquí».

Julia consiguió coger a la bebé y la abrazó con todas sus fuerzas.

Entonces sintió cómo la rociaban con un líquido que olía muy fuerte a gasolina. Gritó y lloró desconsoladamente, tanto o más que Estrella, que se había mimetizado con ella. Después notó cómo la botella de plástico que

acababan de vaciar sobre ellos le golpeaba la frente. Cuando miró hacia arriba, vio que Laura tenía una luz brillante entre los dedos y enseguida pensó en el reflejo de la llama que veía cada noche desde su casa en mitad del oscuro bosque. Era una cerilla encendida. Julia la miraba con terror mientras caía a cámara lenta al interior del pozo. Las llamas lo quemaron todo. El fuego se apoderó de sus cuerpos y el dolor que sintió fue indescriptible. También para Laura y David, que se abrazaron conscientes de que aquella mujer y la bebé estaban sufriendo de la misma manera en la que había sufrido Cristina. No podían imaginarse una muerte peor y habérsela brindado también los llenaba de paz.

Por su parte, Tiago presenció la escena desde la cristalera del dormitorio de Julia y Rubén. Desde allí contempló las llamas con un nudo en la garganta, mientras su mirada se perdía entre sus recuerdos.

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