Dulce hogar
Capítulo 16
16
Mientras conduce, Julia se concentra en la carretera para tratar de borrar de su cabeza la última imagen del parricida observándola fríamente. Laura está sentada a su lado, mirando por la ventana con evidente tristeza. Sin darse cuenta tiene la cabeza levemente inclinada hacia la derecha, como su nieto cuando lo vieron ante el ventanal de su habitación. Sin querer hace un pequeño ruido que se le escapa al contener las lágrimas. Julia se da cuenta de que a Laura le están temblando el pecho y la barbilla, que ya no puede disimular más que está llorando. Así que para el coche.
—¿Estás bien? —le pregunta mientras posa su mano sobre el hombro de su vecina con afecto.
—Sí, perdóname…, es que no lo puedo evitar. Por más que lo intento, siempre es así… No sabes lo que es sobrevivir a un hijo. Una madre nunca debería pasar por algo así, es antinatural. —Julia masajea el hombro de su amiga para hacerle saber que está con ella, aunque en realidad las palabras que está escuchando le hacen tambalearse—. Es que no es solo que mi nieto esté como está… Es que mi niña, mi Cristina, ya no está… —Vuelve a llorar a moco tendido—. Es difícil de explicar, pero para mí, aunque ya fuera toda una mujer y fuera madre, Cristina seguía siendo mi niña bonita.
La sangre de mi sangre, lo que más quería. Yo la recuerdo jugando en esta misma calle con la bici, y yo asomándome a la esquina para llamarle la atención para que no se alejara, para protegerla por si le pasaba algo… Es horrible, es un vacío y una tristeza inmensa… Constantemente pienso qué he hecho mal, ¿por qué a mí…? —Entonces Julia también rompe a llorar,
no puede sentirse más identificada con esas cuestiones que mortifican a su vecina—. ¿Por qué a ella…? La vida es tan injusta, no hay derecho…
Laura no puede seguir hablando por el llanto. Se rompe de nuevo. Julia llora también, desconsolada, tanto que Laura tiene que animarla.
—Ya, tranquila —le dice—. ¡Qué horror, si esto me pasa siempre que voy, te tendría que haber avisado! Es que son muchas cosas, demasiadas heridas que siguen abiertas y que dudo que lleguen a cicatrizar… —Julia no puede parar de llorar, es incapaz de hablar…—. Eh, ¿qué te pasa, bonita?
—No lo sé… —consigue decir entre pucheros—. Es que no lo sé… Es que… creo que nunca conseguiré ser madre…
—No digas eso, ya verás como sí… Estoy segura…
—Y además de que se me parte el alma —continúa Julia—, también me duele no poder experimentar nunca esa sensación… No quiero pasar por esta vida de oyente, quiero vivirla y experimentar todo el ciclo. Quiero una familia… Necesito volver a sentir lo que era estar en casa con mis padres, quiero ese calor. Quiero poder dárselo a mi bebé, ser la mejor versión de mí misma para que nunca le falte de nada… Quiero que mi madre regrese, la echo mucho de menos. Mucho, no es justo…
Laura vuelve a llorar, tampoco puede controlarse. Llega un momento en que la situación resulta cómica. Las dos se miran, con la cara desencajada, y sonríen… Están agotadas emocionalmente.
—Cariño, creo que no te ha hecho ningún bien venir, siento haberme puesto así… —le dice Laura.
—Si no eres tú, son muchas cosas, y me empeño en que puedo con todo y estoy muerta de miedo…, y lo peor de todo es que después de lo que nos ha costado en todos los sentidos crear un hogar, del gran esfuerzo y sacrificio…, no estoy segura de que tengamos garantizado conseguir
nuestra familia…, y todo para nada… Estoy cansada de que siempre salga mal. ¡Harta! —Laura la mira esta vez sin decir nada—. Perdón.
Julia se da cuenta de que ha antepuesto sus miedos y debilidades al drama de su vecina. Aun así la mujer la abraza con fuerza y ella le devuelve el gesto con todo su amor. Las dos mujeres se funden en un abrazo que se prolonga durante minutos. Son dos animales heridos. A una le han arrebatado lo que más quería en el mundo y a la otra le han negado el derecho a poder querer de esa manera. Cuando se separan, Laura acaricia la cara de Julia.
—Además, en el peor de los casos, hay más formas de ser madre… No te des por vencida. Nunca hay que rendirse, me oyes. —Julia asiente—. Yo, por mal que esté, no decaigo. Lloro un poco cuando ni Aníbal ni mi marido pueden verme, para desahogarme, y sigo. Tengo que mantenerme firme para que mi nieto me vea bien y mejore. Los dos. Tengo que hacerlo por ellos, no me puedo permitir estar mal —después de una pequeña pausa sigue—: A ver, dilo: «No me voy a rendir».
—No me voy a rendir.
—No me voy a rendir —terminan diciendo las dos al unísono.
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