Dulce hogar
Capítulo 22
22
Las piernas de Julia bajan las escaleras al sótano de su casa a toda velocidad. Llega al trastero, enciende la luz y va directamente hasta la cajonera que le ha indicado Rubén. No hace falta moverla para darse cuenta de que no está pegada del todo a la pared, se pone de cuclillas y saca la preciada carpeta de color negro. En un primer momento, el estado de nervios en que se encuentra le impide ser capaz de entender lo que está leyendo. Pero en cuanto es capaz de prestar un mínimo de atención, descubre la atrocidad que reflejan esos documentos. El impacto es tan grande que tiene que parar. Se queda mirando al frente con los ojos muy abiertos y totalmente pálida.
Alguien llama al telefonillo en ese momento y Julia se sobresalta, por poco se muere del susto. Aunque está en una de las zonas más ocultas de la casa, donde ni siquiera las cámaras pueden verla, siente que no es así y que está siendo observada. Suena otra vez, quien está llamando cada vez lo hace con mayor insistencia. Julia tiene miedo, le faltan las fuerzas para salir de su madriguera y enfrentarse a la imagen que le devuelva la cámara de la calle. Permanece sentada, pegada a la pared, con la cabeza gacha hasta que el sonido cesa. Respira aliviada, pero entonces su móvil comienza a sonar.
Es Aldara, la vigilante de la garita de la urbanización. Si alguien está intentando que le abra para dejarle otro sobre o entrar, ella puede ser su salvación.
—¿Sí?
—Julia, ¿se encuentra bien?
La pregunta la sorprende. ¿Está ocurriendo algo fuera de su casa que indique que le ha podido sufrir un percance? Por un momento se imagina la parcela en llamas y le da un paro cardiaco.
—Estoy bien, sí. ¿Por qué?
—Estoy llamando al telefonillo y como no abre…
—Ah, no sabía que era usted… Perdone, perdone…, estaba en la ducha.
Ahora mismo le abro.
Julia cuelga y abre desde la pantalla del sótano. Deja la carpeta en un escalón y después sube el resto a todo correr. Se pone una toalla en la cabeza antes de abrir la puerta. Al hacerlo, se encuentra con que Aldara la está esperando.
Su expresión es seria, muy diferente a la amabilidad que desprendía en ocasiones anteriores, incluso durante los momentos más tensos.
—Buenas tardes.
—Buenas tardes.
—¿Me puede explicar, por favor, por qué ha saltado la valla de la casa de sus vecinos? —Julia se queda más pálida de lo que ya estaba. No puede pronunciar palabra—. ¿Qué intentaba hacer? Se lo digo porque si no llego a insistir, ahora mismo estaría aquí la Guardia Civil y le aseguro que no iban a tener la misma paciencia que yo. No sé si es consciente de que es una situación muy delicada; sus vecinos han desaparecido, sus familiares han instalado la alarma esta mañana porque quieren una respuesta a lo que les ha podido suceder y están desesperados por encontrar algún culpable. La conocen, ¿verdad? Porque han llamado corriendo, diciendo que era usted.
Ha tenido tan mala suerte de que las cámaras delanteras son de las pocas que funcionan de la casa. Así que deme una buena explicación que darles.
—La tentación de contarle todo pasa por la cabeza de Julia como una estrella fugaz, pero enseguida desaparece porque sabe que con lo que ha
visto sería el fin—. Y por favor, piénselo dos veces antes de intentar negarlo porque la tienen grabada las cámaras.
—Sí, conozco a la hermana de Javier. Rubén es amigo de la familia desde que eran pequeños y…, verá…, es que estaba en casa y… desde una de las ventanas que dan a su vivienda me ha parecido ver alguien dentro… y…
—Si ha visto a alguien, ha tenido que ser un familiar porque han instalado las alarmas en tiempo récord y son los únicos que pueden apagarlas. Así que…
La vigilante la sigue mirando incrédula, como si el motivo no fuera suficiente para lo que había hecho. Julia se siente acorralada e improvisa con dificultad.
—Ya, no lo sabía…, pero es que no era un familiar. Era un chico, no se lo había contado, pero es que me espía desde el primer día en que llegué…
—¿No será el hombre que intentó entrar en su casa? El que iba todo de negro…
—No, no. Verá, estoy convencida de que no es él porque es otra persona… El chico también viene por las noches. Vi una pequeña luz, en mitad de la oscuridad del monte, y me di cuenta de que era una llama. Cada día de madrugada se va acercando más. Es un chico con una vela o similar…
La mujer la mira con escepticismo.
—Y dice que ha podido verlo…
—Sí, es el parricida. Aníbal Caballero, el chico que quemó a su madre.
Julia mira la reacción de la vigilante, que frunce el ceño.
—Me temo que eso es imposible. El pirómano está internado en el centro…
—Lo sé, el que hay a la entrada. He estado, pero ¿sabe que le dejan salir
a un jardín enorme que da al campo? Se pasa solo muchas mañanas y tardes… Estoy segura de que sabe cómo escapar…
—Le repito que es imposible.
—Le digo que estaba dentro de la casa, vean las grabaciones de las cámaras y lo confirmarán.
—Las cámaras estaban apagadas, solo funcionan las que dan a la parte delantera, como ya le he dicho, y al lateral que no da a su casa. Tienen que venir a arreglarlas.
Julia va a rebatirle diciendo que a Candela y Mateo, los guardias civiles, no se lo había parecido, pero cae en que entonces, por lo que parece, no estaba la alarma instalada en la vivienda.
—Es que no estaba dentro, sino fuera…, bajando por el lateral…
—Acaba de decir que lo vio dentro…
—¡No! Me he debido explicar mal por los nervios. Es que me mira como si yo fuera culpable de algo…
—De allanamiento…
—No lo entiende, quería grabarlo para que me creyeran… Es una amenaza, estoy segura de que ha hecho algo o está punto de hacerlo…
Mientras habla se fija en que Aldara mira por encima de su hombro hacia el interior de la casa y recuerda que ha dejado el dedo de Javier tirado en el suelo. Vigila por el rabillo del ojo y lo distingue convertido en una pequeña silueta borrosa. Disimuladamente estira la pierna hacia donde está y lo empuja aún más hacia el interior, donde está segura de que la vigilante no podrá verlo a no ser que entre, y no piensa permitirlo. El fallo es que, aunque intenta ser sutil en sus movimientos, la toalla que lleva anudada en la cabeza de mala manera se suelta y cae dejando al descubierto su cabello seco y perfectamente liso. Julia está segura de que Aldara se ha dado cuenta
de la mentira que le ha soltado por la cara de asombro que ha puesto, más que por el pelo en sí. Un incómodo silencio se impone en la escena.
—No haga más tonterías si no quiere tener problemas —dice negando con la cabeza antes de darse la vuelta y salir por donde ha entrado.
La vigilante se larga y Julia cierra la puerta rápidamente para llegar al baño y vomitar lo último que le queda en el estómago. No ha comido casi nada en todo el día y la debilidad se suma al peor estado anímico que ha tenido en su vida. Se lava la cara en el lavabo y sale al pasillo. Su petición de ayuda no ha salido como esperaba, pero, aun así, tiene que dar gracias porque la vigilante no haya descubierto nada más. Desde ahí mira hacia abajo, consciente de que en el último escalón hay encerrado en una carpeta negra el peor de los secretos. Aquel que ha llevado al límite a su marido, pero lo que necesita saber ahora es si ya lo ha sobrepasado o no.
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