Dulce hogar
Capítulo 25
25
En menos de cinco minutos el sonido del telefonillo devuelve a Julia a la realidad. Es lo bueno de que su casa esté casi al comienzo de la urbanización: que no tardan nada en llegar, lo cual le da mucha seguridad.
Comprueba en la pantalla que es una mujer de uniforme la que está esperando fuera. La deja entrar y se asoma a la puerta principal. La vigilante es una chica más joven de lo que pensaba, debe de estar a punto de entrar en la treintena y tiene un cuerpo muy atlético.
—Buenas noches —le dice cuando la ve acercarse.
—Buenas noches, ¿está bien? ¿Ha visto o ha ocurrido algo más desde que hemos hablado?
—No, creo que no. Desde donde estaba no he visto nada más.
—Muy bien. Voy a hacer una ronda por la parcela. Espéreme dentro, por favor.
La vigilante se pone en marcha dejándola con la palabra en la boca, pero a Julia no ha podido darle mejor impresión. Admira a las tías así; rápidas y resolutivas.
—Perdona, aún no hemos puesto todas las luces en el exterior. Voy a encender los porches y las terrazas. Lo siento.
—No se preocupe, gracias —dice la chica, que ya ha sacado una linterna.
Julia cierra la puerta y vuelve al salón con casi todas las luces dadas.
Utiliza la domótica desde el móvil para iluminar todo lo que puede y se acerca hasta la isla de la cocina, donde permanece de pie, sin dejar de mirar hacia afuera. Mientras espera, piensa en la vigilante buscando sola por la
parcela, con los restos de escombros de la obra, sin ver apenas, y se imagina que la ataca por sorpresa el hombre vestido de negro. Continúa mirando hacia el exterior desde donde está y, entonces, su mente vuelve a regalarle otra visión que la estremece: de la oscuridad emerge una silueta negra que se va a acercando hasta hacerse más y más nítida. Es el hombre de negro que, bajo el verdugo, ella identifica como el supuesto guardia de la garita.
Su tamaño y la manera en la que lleva un cigarrillo en la boca son inconfundibles. Cuando el tipo está a poco más de un metro del cristal, levanta la mano para mostrarle la cabeza decapitada de la vigilante agarrada por el pelo. La joven tiene los ojos y la boca muy abiertos. En ese momento alguien aporrea el cristal y a Julia casi le da un infarto. No puede sentir más alivio cuando descubre que es la agente y que sigue viva. Abre enseguida la cristalera.
—He recorrido toda la parcela y no he visto nada. Sin árboles es mucho más sencillo, pero se reducen los posibles escondites. Hay muchas huellas, pero no parece que sean de ahora. Yo diría que ha debido de entrar por el monte y se ha escapado también por ahí. Por la parte de delante es más arriesgado, cualquier vecino podría verlo. Me he fijado también en la ceniza que me ha comentado —dice señalándola en el suelo—. La he visto también en el otro lateral y aquí a la vuelta hay una colilla a la vista. Pero vamos, que, en cuanto me he fijado más, he visto que hay decenas.
—Sí, acabamos de terminar la obra y los obreros han dejado la parcela…, perdone —se disculpa Julia, no le extrañaría que alguna fuese también de su marido mientras visitaba la obra.
—¿Está usted sola? —Pese a que sea una pregunta rutinaria, Julia se pone alerta, pues de repente piensa que la vigilante puede estar compinchada con Jacinto o el hombre de negro o quizá con ambos…,
¡mierda!—. ¿Me ha escuchado? —pregunta la chica extrañada.
—Sí, sí, perdone. Aún estoy con el susto encima. Estoy sola —contesta entre dientes mientras se mete dentro de la casa y se dirige a ella sacando apenas la cabeza, para tener tiempo de reacción si decide cerrar de golpe.
—Comprendo que esté asustada. Me he quedado pensando en lo que me ha contado y le digo que esto es muy anormal. Esté tranquila, en esta urbanización no ha habido apenas robos porque la gran mayoría de viviendas dan al campo y es muy difícil meter una furgoneta. Ya le digo yo que no hemos tenido ninguna alarma ni denuncia, tampoco porque alguien estuviera merodeando. Pero no se preocupe, que estaremos pendientes.
—Gracias, cierre al salir, por favor.
Pese a la educación de la mujer, Julia está deseando cerrar. Eso sí que la tranquilizaría. Pero antes de poder hacerlo, la vigilante le hace otra pregunta.
—No tiene alarma, ¿verdad? —Julia niega con la cabeza—. Y tampoco cámaras…
—Las instalan mañana —responde rápidamente a modo de aviso.
—Me imaginaba, porque no las he visto. Pues qué pena, si hubiera tenido las cámaras hoy, nos habrían podido ser de gran ayuda. Yo de momento no instalaría una alarma, porque ya le digo que nunca pasa nada. Si cierra bien todo y tiene las cámaras, no será necesario. Si intentaran entrar, ya sería otra cosa, pero no va a suceder. Esto no es La Moraleja, por aquí no hay muchos casos, sí. Lo que le ha ocurrido es muy excepcional, y si le ha pillado, no creo que vaya a jugársela viniendo de nuevo.
—Le agradezco que haya acudido tan rápido a mi llamada —le dice prudente; no quiere volver a sacar las cosas de quicio.
—No lo haga. Es mi trabajo y lo hago encantada. Mire, yo feliz de que me llamen por este tipo de cosas. No me malinterprete; lo que quiero decir es que mientras no me llamen porque ha desaparecido un niño o una
adolescente… Me refiero a lo del conejo, qué horror, yo estaba de guardia el día que se llevaron al último en las fiestas. Se me ponen los pelos de punta cuando lo recuerdo. Pobre niño, no ha aparecido aún… ¿Tiene hijos?
—No…, de momento.
—Pues entonces, de momento no tiene por qué preocuparse. —Ahora es la vigilante la que parece despedirse—. De todas maneras, coja mi teléfono personal por si llamara a la garita por algo urgente y comunicase. —Julia saca el móvil y guarda el número que le dicta Aldara, que así dice que se llama—. Cualquier cosa ya sabe dónde estoy…
—El mío es…
—Lo tengo, el suyo y el de su marido están en su ficha de vecinos, tranquila. Adiós, ¡ah, y eche siempre la llave!
—Sí, sí, gracias.
Julia cierra en cuanto Aldara se da media vuelta y se acerca al monitor de videovigilancia de esa planta para comprobar que la cámara del telefonillo, la única que tiene de momento, muestra efectivamente que sale de la parcela. Al cabo de un par de minutos confirma que es así. Por una parte se siente mal por haber dudado de ella cuando seguramente la quiere ayudar, pero está tan sugestionada por todo que prefiere curarse en salud. Duda si llamar a su marido para contárselo, pero al final declina la idea ya que, en el caso de que contestara, no iba a solucionar nada desde allí y tampoco quería volver a molestarlo.
Se bebe el agua que queda en la nevera y entra en el cuarto de la plancha y la lavadora que hay al lado, donde pidió que dejaran las herramientas.
Coge el martillo más grande que encuentra y se vuelve al dormitorio, pero, al pasar por el recibidor de la entrada, escucha un lloro. Reconoce el llanto de un bebé en mitad de la noche y se le ponen los pelos de punta. De pronto le parece la cosa más siniestra que ha escuchado en mucho tiempo y le
viene a la cabeza La semilla del diablo, una película que siempre que la ha visto le ha provocado pesadillas. En un primer momento piensa que puede ser Estrella, la hija de Javier y Vanesa. Quizá la familia está llegando en ese momento. Cede a la curiosidad y abre la puerta de nuevo. Sale sin dar ninguna luz para acercarse al lateral y comprobar si sus pronósticos son ciertos, pero antes de alcanzar su objetivo, un gato se cruza en su camino. Y
se da cuenta de que es el animal quien emite el sonido, un maullido muy similar al llanto de un bebé.
Ahí está la explicación, lo sabe porque en el pueblo de su madre los gatos vagaban a sus anchas y lloraban como niños y una vecina le explicó que también lo hacían para llamar la atención de los adultos. Si esto es así, desde luego con ella no ha surtido efecto, porque le da tanto miedo, que se mete corriendo en casa para evitar que se lance sobre ella. Cierra con llave y se siente segura en el recibidor. Al darse la vuelta, mira al frente y descubre que, en mitad del monte, una pequeña llama reina entre la oscuridad. La misma de la noche anterior, solo que esta vez está segura de que quienquiera que sea se está acercando a su casa.
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Ella ha salido escopetada de casa por si había suerte y la cogían en la peluquería sin tener hora. Pero no ha sido posible y al final se ha dado una vuelta por el centro comercial y ha acabado comprando unas flores. Le encantan, sobre todo las hortensias. Aunque esta vez se ha decantado por tres ramos enormes de lirios blancos que darán al salón el aroma especial que necesita.
Entra con el coche por la rampa del garaje de su casa y, cuando aparca, se queda unos minutos sentada viendo Instagram porque sabe que, en cuanto entre en su casa, se esfumará cualquier posibilidad de ocio. Busca unos selfis que se ha hecho en el probador de una tienda con un par de vestidos que la han enamorado. Sin embargo, puestos no han cumplido sus expectativas, aunque la culpa no sea exactamente de la prenda. No quiere subir la imagen al completo, pero prueba a recortarla en un plano americano aprovechando que, con la luz led que había, sale con una piel y unos ojos increíbles.
Cuando está en pleno proceso de edición, percibe algo que asoma por el lado izquierdo. Solo vislumbra una silueta difuminada, pero siente su presencia, y sabe que se trata de una persona. Gira la cabeza y ve en ese lateral de la parcela a un hombre bastante grande y que lleva una gorra puesta. No sabe quién es y se asusta. Va a llamar a su marido, pero el desconocido levanta una mano desde lejos para saludarla y se da cuenta de que lleva un guante y que con la otra sujeta una bolsa de basura con ramas que sobresalen. Debe de ser uno de los jardineros, sonríe para sus adentros alabando el buen hacer de su marido, que siempre la sorprende para bien,
porque es tan nervioso que todo lo tiene bien organizado. Aunque siempre vienen tres o cuatro, para ganar tiempo porque la parcela es enorme, y ella no los diferencia bien ya que el que habla con ellos es su marido, piensa que quizá ese hombre sea un jardinero nuevo.
— Buenos días —exclama con la ventanilla bajada sin salir del coche.
— Buenos días, perdone, es que estoy quitando las malas hierbas y, al escuchar el coche, he pensado que era su marido. Subía a comentarle una cosa.
— Ahora le digo que salga, estará en casa.
— Gracias. Muy amable.
El hombre sonríe y desaparece por la parcela. Ella se queda encantada, pues le ha parecido muy educado. Sale del coche y entra en la casa. Lo primero que hace es llamar a su marido, pero no responde nadie. «Qué raro que no se les oiga», piensa ella. Observa que las puertas de las habitaciones están cerradas. Entonces le llega un mensaje de su marido al teléfono: «Estamos dando un paseo. Así tienes un rato para ti, que te lo mereces. TQ».
Una sonrisa se dibuja en su rostro, no puede creer que esto sea cierto y que pueda aprovechar para hacer cosas pendientes o descansar un poquito.
Al llegar a su habitación la contempla encantada.
— No puede ser más bonita —susurra.
Entra en su enorme cuarto de baño y del armario de las cremas saca la mascarilla que le había regalado su cuñada por Navidad y que debía valer un dineral. Se la extiende cuidadosamente por el rostro y el cuello y espera los quince minutos que indica el bote antes de lavarse la cara para quitársela. Durante ese tiempo se mira en el espejo de cuerpo entero y no le espanta demasiado lo que encuentra reflejado en él. Está claro que se tiene que poner las pilas, pero no piensa obsesionarse, por lo menos hasta la
semana que viene. Además, el pelo más corto la hace más esbelta, porque se le ve más el cuello. Aunque no haya conseguido que la peinaran, tiene que hacer una buena foto porque está deseando compartir su nuevo look en las redes.
Se asoma a la enorme terraza que hay en el lateral del dormitorio y desde ahí observa que el jardinero camina desde el cuarto de instalaciones hasta la parte más baja del jardín. Vuelve a entrar. Le quedan aún cinco minutos. Se tumba en la cama con cuidado para no manchar las sábanas o la almohada con el potingue. Cuando está más relajada, le parece escuchar un ruido fuera, en su misma planta. Se levanta de golpe y sale al pasillo.
— ¿Cariño?
Al no obtener respuesta, se acerca a la puerta de entrada y abre para ver si han vuelto. Sin embargo, no hay nadie fuera. Cierra y vuelve a echar la llave.
Se nota la cara cada vez más tirante y reseca. Vuelve al baño y se inclina sobre el lavabo para empaparse la cara y eliminar toda la plasta que tiene en el rostro. La tarea se complica porque la mascarilla se ha convertido en una costra arcillosa. «Ya puede merecer la pena», se dice cuando le empiezan a escocer los ojos. Cuando por fin termina de quitarse todos los restos, coge una toalla para limpiarse bien. Sin embargo, interrumpe la acción cuando, al incorporarse, detrás de ella, le parece ver la silueta borrosa de un hombre.
— ¿Cariñ…?
Antes de que pueda terminar la frase, el desconocido la golpea en la cabeza con contundencia. Puede escuchar cómo su barbilla cruje al chocar contra la encimera, justo antes de perder el conocimiento y caerse.
El sabor a hierro inunda su boca horas después cuando recobra el conocimiento y, al abrir los ojos y mirar a su alrededor, descubre que la
situación es infinitamente peor de lo que podría haberse imaginado. Es, sin duda, la peor de las pesadillas.
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