Dulce hogar
Capítulo 23
23
Cuarenta minutos más tarde, Julia se despierta y se destapa de golpe. Con todo cerrado y el calor que está haciendo esos días, la habitación se recalienta y parece un invernadero, sobre todo si se esconde bajo el edredón. Se muere por un vaso de agua muy fría. Aún tumbada se maldice por ser tan idiota de no haberse dejado un vaso lleno en la mesilla. En un primer momento el miedo le hace tener claro que no va a atravesar media casa sola como la noche anterior, pero se siente tan absurda que, finalmente, coge fuerzas y decide hacerlo. Con calma pero sin pausa, y sin fijarse en ningún detalle que pueda hacerle entrar en pánico. Al salir al pasillo, se encuentra con que la casa está iluminada por la luz de la luna. Le tienta ir encendiendo luces a su paso, pero se da cuenta de que no hace falta y así además evita que la vean desde fuera. Y lo más importante, ella puede observar mucho mejor el exterior. Ese fondo opaco la tranquiliza, esa noche no ve ningún reflejo. Baja las escaleras y las estrellas asoman a través de la cristalera. Es idiota, tiene que quitarse ese miedo absurdo y disfrutar del privilegio que es vivir en un sitio así. Recorre el salón con seguridad, ignorando sus miedos. Es su casa y la va a disfrutar, se lo ha ganado.
Llega hasta la nevera, en la esquina opuesta al porche, la abre y bebe a morro de la botella, como si no hubiera bebido en meses. Hace una pequeña pausa agradeciendo el fresquito y da un último trago. Va a rellenarla, pero solo quiere volver a la cama cuanto antes, así que la deja llena a la mitad.
Cierra la puerta y, al girarse, se encuentra con una silueta negra pegada a la cristalera. Julia se queda congelada, la otra persona no se inmuta y también
se mantiene en la misma posición: totalmente de frente y con los brazos largos estirados, con las manos como garras. Por su gran estatura y complexión física, Julia está segura de que es un hombre bastante grande, pero no puede ver ningún rasgo más porque va vestido por entero de negro y lleva puesto un verdugo del mismo color. El encuentro apenas dura unos segundos porque, en cuanto es capaz de reaccionar, da unos pasos hasta el monitor de domótica para encender la luz del porche y poder verlo con todo detalle. Sin embargo, antes de que el exterior quede iluminado, la figura se escabulle por uno de los laterales de la parcela.
Pasado el susto, lo primero que piensa es en pedir ayuda llamando a la garita de seguridad. Jacinto impone mucho, pero cree que, en este caso, es algo positivo. Está convencida de que si se planta ahí con su cigarro, ese tipo no volverá jamás. Entonces se da cuenta de que se ha dejado el móvil en la habitación. Sabe que todo está cerrado a conciencia, aun así, mientras sube las escaleras la sensación de inseguridad e indefensión que siente se va incrementando. Le parece que el desconocido puede colarse por cualquier sitio y en cualquier momento salir a su encuentro en alguna de las habitaciones. Enciende todas las luces desde el panel principal de domótica justo a la entrada para poder vigilar cada rincón, pero le faltan ojos. Coge el móvil para volver cuanto antes al salón y no perder de vista la zona exterior que divisa desde ahí. Cuando está bajando de nuevo, recuerda que el vigilante le dijo que podía buscar el número en internet poniendo el nombre de la urbanización. Para cuando da con él, ya se encuentra de nuevo casi en el mismo punto en el que se ha topado con la sombra. Pulsa para llamar y, antes de que suene el primer tono, mientras se acerca a la cristalera para vigilar el porche, observa que en el sitio donde estaba el hombre hay muchísima ceniza. Su cabeza conecta rápidamente con Jacinto, el vigilante
—al que visualiza fumando—, y le hace querer colgar enseguida, pero, cuando está a punto de hacerlo, alguien responde al otro lado.
—¿Hola?
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