Dulce hogar
Capítulo 14
14
Dentro del pozo, tumbada y mirando hacia arriba, Julia estaba atónita después de escuchar las palabras que acababa de pronunciar el chico hacia el tal Jacinto. ¿Cómo que papá? No podía estar más descolocada.
Laura le había contado, cuando hablaron en el porche de su casa, que su yerno había muerto de un cáncer. ¿Le había mentido y no era otro preso con problemas de salud mental, sino su padre? ¿Aquel hombre que fumaba sin parar y le hacía una radiografía con la mirada cada vez que le había tenido enfrente era el viudo de Cristina? Su vecina le había contado que había vuelto a Lisboa con el resto de su familia y que no regresó nunca,
¿qué estaba haciendo ahora aquí? ¿No había muerto? Antes de que siguiera pensando en todo ello, una sombra anunció que alguien más se asomaba al pozo. Era Laura y llevaba a Estrella en sus brazos. Julia se quedó muda.
Su primera reacción al verla fue la de alegrarse porque estuviera bien, pero ese alivio se vio relegado por la sombra que se cernió sobre la escena.
Y no porque la luz fuera casi inexistente, sino porque era consciente de que esa mujer había pasado por cosas terribles, que ella no le desearía a nadie, y que debía ser fácilmente manipulable. Por eso no podía dejar que esos dos enfermos la convencieran para actuar en su contra. Tenía que tirar de la buena relación que había entre ambas para conseguir que la ayudara.
La mujer la miraba fijamente desde arriba, rodeada de su yerno y su nieto.
— Laura, gracias a Dios. Ayúdame a salir de aquí, por favor…
Ella no dijo nada y se mantuvo erguida con la bebé en brazos a una
altura suficiente para que Julia supiera que estaba ahí. Pero, después de unos segundos, soltó un torrente de palabras:
— Chisss… —dijo para que no siguiera hablando. Julia iba a insistir, pero Laura la interrumpió con contundencia—: No, eso no va a pasar y, tranquila, tampoco va a aparecer mi marido para intentar ayudarte, como el primer día que llegaste, cuando te intentó avisar en el aparcamiento de la urbanización. Hemos tenido que subirle la medicación para no correr el riesgo de que se fuera de la lengua otra vez… ¡Ay, si le hubieras hecho caso! Pero no. Para ti solo era un viejo loco, un don nadie…, ¿verdad? Y
los don nadie no contamos… ¿Para qué se va a molestar uno en hablar con nosotros? Ni aunque os salváramos el culo durante las obras de vuestra casa dándoos gratis el agua que necesitabais… Mucha pasta, pero luego bien tacaños… —mientras Julia escuchaba sorprendida el relato de su vecina, se dio cuenta de lo poco que se conocían en realidad, pero que sus palabras eran muy ciertas—. ¡¿Cómo ha podido costar tanto conseguir la maldita carpeta con los documentos?! Tú sabes lo que hemos tenido que hacer, lo mucho que nos hemos sacrificado para que todo saliera bien. Ya conoces a Tiago, ¿verdad? —su yerno movió la mano saludando—, o Jacinto, como prefieras. Si no le hubieras interrumpido las dos veces que intentaba entrar en tu casa de madrugada para llevársela, quizá todo esto no se hubiera alargado tanto y hubiera terminado de otra manera. Pero no, has tenido que estar pendiente día y noche de todo: de si alguien te observaba y si intentaban entrar, que si venías a verme para hablar de mi nieto, que si vamos a visitarlo, por favor… Y todo el jueguecito de los detectives con tus queridos vecinos…, como si te fueran a dar una placa, vamos. Cuando hablaste con la Guardia Civil para decirles que mi nieto estaba dentro de tu casa, me tuvieron que agarrar… ¡No has fastidiado el plan porque Dios no ha querido! Porque Dios lo ve todo y sabe lo que ha
sucedido en estas tierras y cómo habéis llegado para envenenarlas y arrasarlas. Sabe bien lo que habéis hecho y no os va a dejar iros de rositas.
— Laura, de verdad, que yo no sabía nada… Me he enterado cuando he visto los documentos que me ha pedido Rubén. Yo ni sabía que existían…
— No te justifiques, por favor. Solo respóndeme a esto: en el caso de que, como dices, no lo supieras…, si tanto querías ayudarme, ¿por qué no me lo has contado cuando has leído los informes y toda la documentación?
Porque no pensabas hacerlo, ¿verdad? Qué maja es esta señora tan amable y pobrecita lo que le pasó; ahora, mojarme para ayudarla si pongo en juego mis lujos y caprichos… No, claro. Ibas a ser capaz de vivir a mi lado como si nada, haciendo gala de tu cinismo, propio de una verdadera ególatra a la que no le preocupa nada más que lo que afecte a su caprichoso ombligo.
Julia, aparte de seguir sin poder moverse, se había quedado muda.
— Dime la verdad; sí, lo sabías…
— ¡No! Te lo prometo.
— Pero sabías que aquí no se podía construir, ¿cierto?
— Sí.
— Porque era un paraje natural, un terreno protegido…, lleno de vegetación y especies animales, lleno de vida…, y sabías que solo se podría construir si se incendiaba y se edificaba algo para un uso social…
— No lo sabía…
— ¡Ah, vaya! Y nunca preguntaste, ¿no? Se había conseguido lo imposible y no quisiste saber, claro. Porque es mucho más cómodo. Mucho mejor no enterarte de esos trapos sucios para que no te salpiquen y te quiten tiempo de placer…
— El clásico de las bolsas de basura llenas de fajos de billetes, vamos —
interrumpió Tiago.
— Es curioso cómo te afectan tanto unas cosas, para las que eres tan sensible, y para otras prefieres mirar a otro lado —siguió diciendo Laura
—. Eso se llama cinismo y, sobre todo, egoísmo… —La mujer lloraba mientras le soltaba el rapapolvos y Julia también—. ¿Sabes que en el expediente del ayuntamiento vuestros casoplones constan como «Edificios de uso público»? Me pregunto si teníais pensado los cuatro que quien quisiera podía ir a bañarse en la piscina, a tomar el sol en la terraza o meterse en el jacuzzi municipal… Hay que tener morro, y lo peor es que nadie lo cuestiona, como cada uno va a su bola, nos tienen idiotizados. Y
los que lo hacemos sufrimos amenazas. Nos avisan de lo fácil que es quitarnos de en medio… y aquí, el que no ha sacado más metros, ha hecho un pozo, un anexo a la casa o cualquier obra pirata. Así que todo el mundo hace la vista gorda y aquí no ha pasado nada, «cosas de ricos».
— Por favor te lo pido. Te lo suplico…
— Y encima lloras y pides misericordia, como tus amiguitos. Dos prepotentes sin ninguna empatía que, de pronto, quieren que sientas por ellos lo que ni siquiera serían capaces de sentir por sus propios hijos. No se puede vivir por encima del bien y del mal. Alguien te tiene que enseñar que las cosas no son así, aunque sea a la fuerza, que el karma existe y el universo tarde o temprano te devuelve lo que siembras. Y en este caso no habéis sembrado nada, habéis arramplado y despoblado… Solo habéis sembrado dolor e injusticia, odio y falta de empatía y de compasión.
Al escuchar que Laura solo hablaba de Rubén y Javier, así como de los hijos de este último, pensó qué le había podido ocurrir a Vanesa. ¿Y a sus hijos, qué había pasado con ellos? Le dio por imaginar que la habían matado o había tenido un accidente, y ellos la habían abandonado a su suerte. ¿Solo corrían peligro las mujeres? No entendía nada. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué querían hacer con ella?
— ¿Por eso me acosabais, para vengaros? ¿Habéis matado a Vanesa para que Javier y Rubén sufran tanto como vosotros? Para que sepan lo que se siente…
— No te engañes —responde Laura—, no teníamos ningún interés en acosarte, lo único que queríamos era entrar en tu casa. Si no lo conseguía uno de madrugada, tenía que lograrlo el otro durante el día. Tiago había visto de qué pie cojeabas cuando te vio mirar a los jovencitos en el supermercado el primer día que llegaste aquí. Una vez más, si le hubieras abierto la puerta, quizá todo esto no se habría alargado tanto y no tendríamos que haber llegado tan lejos.
«¿Adónde habían tenido que llegar?», se preguntaba Julia. Laura hizo un gesto con la barbilla que señalaba al pozo. Julia creyó que se refería a lo que le habían hecho a ella: lanzarla al fondo de un palazo que le había roto los dientes.
Intentó incorporarse, pero, al hacer el amago de moverse, la base sobre la que estaba y que se le clavó en distintas zonas del cuerpo estuvo a punto de abrirse. Consiguió estirar una mano para agarrarse y no resbalar cuando notó que estaba apoyada sobre algo lleno de pelo. Antes de enloquecer, se dijo que debía tratarse de Pepe, el perro de Laura, que seguramente una parte de su cuerpo se hubiera salido de las mantas que lo envolvían. Pero volvió a palpar con las yemas de los dedos y se dio cuenta de que la superficie era redonda y que al seguir tocando había una zona sin pelo que, sin duda, era una oreja humana. Se trataba de alguien con el pelo corto y que no llevaba pendientes, por lo que podría ser un hombre. Julia retiró la mano asustada, suplicando que no fuera su marido. Ella estaba completamente tumbada encima de él, que a su vez estaba tirado haciendo una cruz con el perro de Laura, tan solo le sobresalían la cabeza a la altura de su cintura y las piernas por el otro lado. También asomaba un brazo, y
cuando vio que le faltaban tres dedos de una mano, confirmó que era Javier y no Rubén. En el fondo se sintió aliviada.
Julia estaba temblando, tan en shock que no podía llorar ni gritar. Solo notaba que le temblaban la boca y los párpados, que su corazón latía cada vez más fuerte y que, de una manera extraña e incomprensible, sentía como si bombease dentro de la cabeza y a cincuenta grados. Entonces puso toda su atención y vio a Vanesa debajo del todo, también con el pelo corto y los ojos muy abiertos, que expresaban verdadero pánico. Si ambos estaban ahí, no quería pensar en quién estaba entre ellos, aguantando el peso. Al lado había un hombre calvo que Julia identificó como el ayudante de Javier, «su secretario», como él lo presentaba. Giró la cabeza hacia el otro lado y descubrió que de la oscuridad sobresalía una zapatilla de lona blanca con dibujos de superhéroes…, y no estaba suelta, sino que la calzaba alguien que estaba situado por debajo de Javier y que no podía ser otro que su hijo Carlos. Fue entonces cuando Julia empezó a gritar. Si hubiese podido, hubiese propinado patadas y puñetazos, hubiera trepado fuera del pozo para matarlos con sus propias manos. El dolor fue aún mayor cuando por debajo del pie del chico se fijó en una coleta de cabello rizado. Era Bea, la hija mayor de Javier y Vanesa, que también tenía una de sus piernas colgando. La falta de luz le impedía descubrir otros detalles igual de escabrosos, pero la estampa seguía siendo una auténtica pesadilla.
Ninguno respiraba. Estaban todos muertos. Por eso olía tan mal, sus cuerpos se estaban descomponiendo. Se acordó de Pepe y cómo no había parado de ladrar y olisquear por la zona mientras Laura y ella hablaban en el porche de su casa. Era horrible. Julia gritó de dolor. Estrella rompió a llorar al mismo tiempo, como si también estuviese viendo los cuerpos de su familia sin vida y fuera consciente de su pérdida.
Julia seguía histérica.
— Por favor, solo quiero salir de aquí y volver con mi marido… ¿dónde está mi marido? —gritó a lágrima viva. Ya le daba igual que le hubiera sido infiel con Vanesa. Solo quería que las cosas volvieran a ser como antes, como si no hubiera pasado nada de todo aquello.
— Tu marido… —Laura utilizó un tono cargado de intención que provocó las risas de su nieto y de su yerno.
Julia notó cómo se le secó la garganta y se la aceleró el pulso. El tono que había utilizado su vecina hizo que le saltaran todas las alarmas: ¿qué había querido decir? Quizá no se había equivocado con Rubén y él tenía algo que ver con todo eso, al fin y al cabo era el único que no se encontraba ahí abajo pudriéndose. Estaba a punto de llorar de rabia, impotencia y decepción cuando escuchó a Laura terminar la frase que había dejado a medias.
— No te preocupes, que también nos hemos encargado de él. —Julia tenía el corazón en un puño—. Bueno, en realidad has sido tú la que lo ha hecho, que a mí me pesaba mucho —dijo la mujer haciendo un gesto con la barbilla hacia el interior del pozo—. Nosotros solo hemos tenido que lanzarlo junto a los demás.
Julia entendió de pronto a lo que se refería: era ella quien se había encargado de su marido. Laura hablaba del cuerpo envuelto entre mantas y sujetado por una cuerda. No era Pepe a quien ella había llevado hasta ahí, sino a Rubén. Lo había transportado en la carretilla con sus propias manos.
— Hemos pensado que querrías que esta vez sí estuviera contigo en la inauguración de vuestro nuevo hogar, el que tanto os merecéis.
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