Dulce hogar
Capítulo 4
4
Los días posteriores pasaron lentos. Al despertarse cada día, tras apenas dormir un par de horas, se daba cuenta de que lo que había ocurrido no era un mal sueño, sino que la pesadilla que había destrozado a su familia se había convertido en realidad. Así transcurrieron también los siguientes meses. El proceso fue muy rápido, pero el acoso y la mala praxis de los medios, sumado a la falta de empatía y el linchamiento de muchos vecinos con los que habían convivido de manera civilizada durante años, resultó mortal.
Se cebaron con la muerte de su hija, pero sobre todo con su nieto Aníbal, que dejó de ser su «Aníbal» al que tanto quería para convertirse en el
«parricida pirómano». Y lo peor de todo es que ni siquiera hablaron con ellos para que les contaran cómo era él en realidad. Eso no les interesaba, no querían sentimentalismos ni medias tintas, solo buscaban el titular sensacionalista. Les daba igual saber el tipo de familia que eran, ni su relación con el resto de los miembros, no querían nada que no fuera retratarlo como un monstruo para toda España: «el temible parricida pirómano».
En todos los programas aparecían testimonios de padres del colegio en el que estudiaba, profesores, vecinos, supuestos amigos… Todo el mundo se subía al carro para perfilar una personalidad en la que, de pronto, ser amable e introvertido significaba ser alguien extraño y perverso. «Se veía venir», decía un chico de su clase con el que solía salir por la urbanización. «Era muy reservado y estaba obsesionado con su familia,
pasaba mucho tiempo con su madre y sus abuelos… Yo creo, pues eso: que se obsesionó», decía un vecino de la misma edad. No había ningún testimonio que no estuviera perfilado bajo el mismo punto de vista e iban hacia la misma conclusión: la horrible forma en la que había matado a su madre a sangre fría. Todo se resumía en que era un enfermo mental o un psicópata. No querían profundidades ni explicaciones. Nadie indagó más allá del entorno cercano donde había vivido los últimos meses, no les interesaba su vida anterior en Portugal, solo todo lo que corroborara que era un parricida sin corazón.
Esto no fue suficiente como para convencer a Laura de la culpabilidad de su nieto. Ella se decía que estaba enfermo, después del suceso apenas hablaba y, cuando lo hacía, era para defenderse. Aníbal contaba que todo era una conspiración y que él no lo había hecho, que habían sido dos hombres. Ella lo creía y, pese a que había llamado repetidas veces a la policía para que lo investigaran, no la habían tomado en serio. Sobre todo porque los profesionales estaban convencidos de que aquellas afirmaciones venían dadas por la esquizofrenia que padecía y que lo llevó a hacer aquella barbaridad.
La abogada de oficio que llevaba la causa de Aníbal vio un filón en todo el determinismo que envolvía el futuro de su defendido y se empeñó en solicitar un juicio rápido:
— Normalmente en casos como este, en el que la salud mental es la clave de la actitud del imputado, no aconsejo un juicio rápido porque no hay tiempo suficiente para llevar a cabo las pruebas pertinentes que demuestren que no estaba en plenas condiciones cuando sucedió todo, pero este es un caso especial y creo que el hecho de que sea tan famoso y que se le haya dado tanta bola y entrevistas va a nuestro favor. La gente que lo conoce lo pinta como un psicópata que estaba a punto de explotar, pero
todos los profesionales señalan que se trata de una esquizofrenia de libro.
Puedo recabar varios testimonios de especialistas en el tema muy cualificados que nadie pondrá en duda. Tener garantías en un proceso rápido es una ventaja, créame. Lo preparamos bien y vamos a por todas.
No se puede imaginar lo doloroso que resulta que el proceso se alargue en el tiempo. Eso sí que es demoledor.
Laura no había tenido tiempo de salir del profundo hoyo en el que había caído en picado a partir de aquella madrugada, y tenía la sensación de que en general había un especial interés en dar carpetazo al asunto, pero finalmente accedió. No sin antes llamar a Tiago, su yerno, para consultarle, pero este le dijo que lo dejaba en sus manos. No parecía preocuparle el destino que tenían preparado para su hijo.
Aunque más breve de lo normal, el juicio fue durísimo. Laura hacía de tripas corazón cada vez que escuchaba una nueva falsedad sobre los hábitos y personalidad de su nieto. La fiscalía manipulaba cada testimonio y detalle para construir una personalidad acorde a lo que ya habían avanzado de manera sólida los medios y, conforme pasaban las sesiones, Laura fue consciente de que no había nada que hacer. Para todos ellos Aníbal era culpable, incluso antes de entrar el primer día en la sala.
Lo único bueno fue que la abogada tenía razón y, pese a los intentos de la fiscalía, que le quiso juzgar como a un criminal que hubiera planeado y ejecutado el homicidio de manera premeditada, para que le cayera una pena de por lo menos veinte años en una prisión de alta seguridad, al final consiguieron que fuera considerado como víctima de una crisis esquizofrénica, la enfermedad que padecía. Aníbal fue castigado como alguien que, cuando cometió el asesinato, no era consciente de sus actos ni de la gravedad de estos, y lo ingresaron en uno de los pocos centros especializados que había, en Sevilla.
A pesar de esta aparente buena noticia, Laura estaba en un sinvivir: su marido se apagaba por segundos, en Lisboa no daban señales de vida y Aníbal estaba en otra comunidad autónoma a la que no podría ir tantas veces como le gustaría, no solo por lo que supondría económicamente viajar hasta allí cada vez, sino porque, además, no tenía con quién dejar a su marido, por el miedo a que la pudiera organizar en cualquier momento.
Con todo esto, prácticamente daba por perdida la continuidad de las visitas a su nieto y eso la entristecía aún más.
Sin embargo, le pareció encontrar la solución a este problema cuando un día temprano escuchó ruidos fuera y vio que la parcela que había ardido estaba llena de excavadoras. Entonces su situación empezó a cambiar.
Durante varios días un gran equipo de obreros se dedicó a remover las tierras de tal manera que el negro de las cenizas quedó difuminado. Solo estaban presentes en la parte del riachuelo y en la subida al monte hasta llegar a la altura de la gran encina, que milagrosamente se había salvado.
Al principio pensó que intentaban reforestar el terreno para que recuperara cuanto antes su estado natural. Sin embargo, sus esperanzas se vieron truncadas cuando otra mañana observó cómo un equipo de una empresa de construcción separaba el terreno en dos mediante una valla para empezar a construir una mansión en la parte más alejada de su casa. Enseguida llamó al presidente de la comunidad, pero este la despachó rápido, porque desde el incidente habían pasado a ser los apestados y poca gente había mostrado algún tipo de amabilidad o comprensión por el drama que estaban viviendo. Todos los consideraban culpables de que se hubiera incendiado parte del monte y de que su maravillosa urbanización se hubiera devaluado al asociarse a un crimen tan horrible.
No satisfecha con el resultado de su gestión, fue al ayuntamiento, pero no la atendieron con la excusa de que no tenía cita. Volvió una segunda vez
respetando el turno, y le dieron de nuevo largas. No fue hasta que amenazó con llamar a los medios que le dijeron que era cierto, que habían aprobado la licencia para construir en la parcela que se quemó al lado de su casa.
Laura puso el grito en el cielo y les dijo que eso era ilegal, que se trataba de terreno protegido y que tenían que dejar que se regenerara. Les increpó cuanto pudo sin perder las formas. Sin embargo, le respondieron que existía una modificación reciente en las normas urbanísticas y que si había un incendio en un terreno protegido, se podía construir siempre y cuando lo que se edificara fuera de uso social.
— Tenga por seguro que así será —le dijo el funcionario tratando de finiquitar el asunto.
— ¿Y puede decirme qué van a construir? Entiendo que será algún centro, un colegio, una residencia… Dígame…
— Me temo que esa información no puedo dársela.
— Escúcheme, podrían construir un centro para presos con problemas mentales. En España solo hay dos y sería una manera de ayudar…
— ¿A quién?, ¿a personas como su nieto? Ese es el mensaje que quiere que mandemos… Mata a tu madre, que nosotros haremos cuanto sea posible para que disfrutes de todos los privilegios…
La respuesta que había obtenido era tan desorbitada como la actitud tan a la defensiva que tenía el técnico del ayuntamiento desde que Laura entró por la puerta, lo cual le hizo sospechar que tenía que haber gato encerrado.
Laura se levantó de golpe.
— Tarde o temprano me enteraré de qué están construyendo ahí y, como sea una vivienda unifamiliar, no pienso parar hasta que le retiren la licencia, así que no pierdan el tiempo en construir nada.
Los meses siguientes su crispación fue creciendo en paralelo a los
avances de la obra. Y es que para su disgusto su amenaza no había tenido el efecto deseado. La estructura de la primera construcción estaba formada por distintos bloques prefabricados y, aunque avanzaba en tiempo récord, era tan inmensa que le hacía dudar de si su intuición le estaba fallando y si se trataba de un edificio público como le habían asegurado. Pero una tarde de invierno, mientras sacaba al perro, confirmó que no se equivocaba.
Delante del proyecto, que iba muy adelantado, había dos hombres contemplando la obra. En la acera estaban aparcados sus coches y varios contenedores y camiones. En lugar de llamar a Pepe para que se quedara frente a su casa como solían hacer, porque habían vallado la parcela de al lado y no podían pasar, lo dejó que fuera hasta la zona en la que estaban ellos y, cuando pasó de largo, tuvo la oportunidad de acercarse con disimulo. Al pasar por su lado, observó que los dos estaban fumando y el más alto daba una palmada en la espalda al otro.
— Esto va a ser un palacio, vamos a vivir como reyes.
Laura no había querido mirar demasiado para no llamar la atención, pero cuando estaba prácticamente a su lado, el otro hombre se giró levemente para saludar.
— Buenas tardes.
Al escucharlo, Laura reconoció su voz y supo enseguida que lo conocía.
Ahora no llevaba barba y estaba peinado y vestido mucho más elegante, pero sabía quién era: el hombre con el que habló la noche en que murió su hija pensando que era el jefe de policía. El mismo que había escuchado charlando con su mujer en la parcela de al lado. Al reconocerla, él apartó la mirada.
— Buenas tardes —respondió Laura.
El otro hombre, el más alto, la ignoró directamente y siguió hablando sin reparar en ella. Laura continuó su camino intentando discernir si el
«Vamos a vivir como reyes» hacía referencia a sus futuras viviendas.
Aquella nueva casualidad le hizo abrir aún más los ojos y escuchar con atención a esa intuición que le decía que ahí había gato encerrado. Le parecía demasiada casualidad que aquel hombre se cruzara tantas veces en su vida, en momentos tan cruciales y de una manera «tan casual», siempre en relación con el episodio más terrible que le había tocado vivir hasta la fecha. Y estaba convencida de que averiguar qué estaba haciendo exactamente ahí la noche del incendio aportaría luz a la oscuridad que se cernía sobre lo que realmente le ocurrió a su hija.
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