Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 37 de 103

Páginas del PDF

Dulce hogar

Capítulo 11

11

Después del violento episodio con el chico, Julia no tiene cuerpo para escribir a su marido y busca como disculpa que él tampoco la ha llamado.

Deja pasar así lo ocurrido y lo saca de su mente. Necesita borrar esa mirada y la manera en que el muchacho le ha gritado, que aún ahora le da pánico, mientras suplica que su amenaza surja efecto y no vuelva a molestarla nunca más.

Luego vive una montaña de emociones donde conviven la culpa y el miedo, y es cuando se plantea si por este tipo de cosas no están consiguiendo ser padres. Teme que el episodio se traduzca en un castigo y que jamás puedan quedarse «embarazados». Se odia por haber seguido el juego y haberse mostrado desnuda. No cambiaría a su marido por nada del mundo, es solo que se siente sola y necesita atención. Saberse deseada.

Tiene que salir de esa espiral tan perjudicial.

Solo conoce una manera de evadirse del todo. Ya es prácticamente de noche y no piensa hacerse nada para cenar. Coge una bolsa de palomitas y baja al cine que se han hecho en el sótano. Deja la puerta abierta para no quedarse demasiado aislada y enterarse si ocurre algo. Enciende el proyector y navega con el mando a distancia por las numerosas aplicaciones y plataformas. Hay tanta oferta que se siente abrumada, no sabe por dónde empezar. Lleva una temporada sin ver ninguna serie, y tiene varias guardadas para disfrutarlas junto a su marido, así que le resulta imposible decidirse.

Finalmente opta por una película del año de la polca protagonizada por

Barbra Streisand y Richard Dreyfuss, Loca. La ha visto hacía siglos, pero le apetece volver a verla porque se acuerda de que va de un juicio y de que le había gustado. Le encantan las pelis de juicios. Además, los dos actores le parecen buenísimos y solo por verlos merece la pena.

Mete la bolsa de palomitas en el microondas y espera a que pite para sacarlas. Cuando se las ha servido en un bol negro en el que hay escrito Popcorn, se tumba en el enorme sofá cama de color negro y, antes de poner la película, hace un recorrido por las cámaras de videovigilancia desde el móvil para comprobar que todo está en calma.

A mitad de la película, cuando realmente está empezando lo bueno, Julia advierte un par de ráfagas de luz por la pared del sótano. Las localiza a través del marco de la puerta que ha dejado abierta. En un primer momento no reacciona, piensa que son luces de la calle o procedentes de los faros de un coche al pasar por ahí. Sin embargo, no tarda ni un segundo en levantarse de golpe del sofá: vive en el monte, frente a ella no hay ninguna carretera, luego es imposible que sea ningún vehículo. La única explicación posible la asalta con contundencia: la luz proviene de una linterna.

Sale corriendo de la sala de proyección con el móvil en la mano. Lo primero que hace es estirar la mano derecha y encender la luz. Toda la estancia queda iluminada y descubre con claridad de qué se trata: en la cristalera hay un hombre vestido de negro y con un verdugo cubriéndole la cara del mismo color. Es el mismo intruso de ayer, está segura. Al verla, vuelve a desaparecer rápidamente. Julia busca el teléfono de la garita de seguridad y llama. Cuando escucha la voz de la vigilante que ya conoce, solo puede decir con voz temblorosa:

—Está sucediendo de nuevo.

OceanofPDF.com