Dulce hogar
Capítulo 3
3
Pese a que Julia sabe que lo que saca el hombre de manera dificultosa pueden ser bolsas llenas de hojas, ramas y malas hierbas, su cabeza se pone en la peor de las opciones. Ella cree que podría transportar restos humanos, cadáveres y vísceras. Tiene que parar, no es sano dejarse invadir por ese tipo de pensamientos. Es evidente que el jardinero únicamente está haciendo su trabajo, solo depende de cómo se mire y, la verdad, su visión está bastante contaminada.
Sigue su paseo sorteando las ramas que en ocasiones le golpean la cara.
En un determinado momento escucha unos sonidos muy cerca que la hacen ponerse en guardia. Julia mira hacia los lados, atenta, pero esta vez percibe algo parecido a un gemido. Parece que proviene de detrás de unas encinas de tronco corto, similares a grandes arbustos. Se acerca lentamente y por su cabeza planea la sombra de la duda: ¿habrá una pareja follando ahí mismo y los va a descubrir? Un gusanillo la recorre el cuerpo, sobre todo, cuando se pregunta si será el chico de la capucha quien gime de esa manera. Desde luego que ojalá lo fuera. Julia da un par de pasos más, pero, cuanto menos ruido quiere hacer, más se tropieza. Después de estar a punto de caerse por culpa de una roca inmensa, aparece un jabalí bastante grande frente a ella.
Ahí tiene la respuesta; no es el chico ni una pareja, sino un jabalí seguido de sus tres crías que aparecen al instante. El animal se queda quieto, observándola, y ella hace lo mismo…, está decepcionada, porque aunque la inquiete la presencia del chico, se da cuenta de que, en el fondo, una parte de ella esperaba verlo de cerca. Vuelve en sí y piensa que el animal va a
embestirla, pero ella reacciona rápido y se dirige a toda velocidad a uno de los senderos que bajan en otra dirección para no correr riesgos.
Sale poco después a un camino de acceso desde la zona comercial, justo en la entrada de la urbanización. Territorio prohibido, y no porque pueda aparecer Jacinto, el falso agente de seguridad, sino porque le ha dicho a Pilu que no podía salir de casa y en el margen de tiempo que ha pasado es imposible que le hayan instalado las cámaras de videovigilancia. Es lo que tiene mentir. Mira el reloj, son las once y diez de la mañana; todavía faltan veinte minutos para que termine la clase de pilates. Si es rápida, dispone de tiempo para entrar en el club y preguntar qué hay que hacer para apuntarse a natación, que es lo que realmente disfruta porque no tiene que adaptarse al modus operandi de ningún grupo. Y es que grupo y relajación son dos palabras que no combinan bien para Julia.
Alcanza la entrada del club y entra por la puerta que hay en el edificio de la derecha. La puerta tiene colgado un cartel que dice: instalaciones deportivas. Recorre un pasillo hasta que llega a un recibidor. A un lado se encuentra con una cabina de secretaría en la que hay dos personas esperando, y enfrente, una cristalera enorme desde donde se ve nadar a la gente en la piscina. Julia se coloca detrás de la segunda mujer, pero da un par de pasos para mirar la instalación. Le llama la atención lo poco concurrida que está, en dos de las calles solo nada una persona. Eso es buena señal, porque cuando vaya no tendrá que esperar para bracear desahogadamente. En las dos calles laterales parece que imparten una clase o similar para gente mayor, y en el lado pegado a la cristalera, desde donde observa, hay también una piscina pequeña llena de madres con sus bebés. A Julia se le para el corazón. Cuando este tipo de imágenes la pilla de improviso su cuerpo reacciona de una manera tan subjetiva e irracional que
le da miedo. A veces son taquicardias, otras se pone a llorar y en ocasiones se cabrea muchísimo. Ahora no siente sus latidos, se ha quedado congelada.
No había caído en que esto podía ocurrir, cuando iba a nadar más a menudo, no tenía las mismas necesidades. Se la han quitado las ganas de cuajo; de momento no está preparada para obviarlo, cada vez que saque la cabeza se enfrentará a la bonita estampa y le van a dar ganas de meterse bajo al agua y no salir hasta quedarse sin respiración.
—¿Quería algo? —le pregunta la mujer de la recepción.
—¿Eh? Sí, ¿me puede decir qué tengo que hacer para poder venir a nadar?
—¿Vive en la urbanización?
—Sí.
Cuando se dispone a explicarle la forma de proceder, alguien las interrumpe.
—¡Julia!
No llega a darse la vuelta, pero sabe de sobra que la acaban de pillar.
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