Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 53 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 9

9

En lugar de salir por la entrada principal, Julia baja por el lateral de su parcela pegado a la casa de Javier y Vanesa, para salir directamente al campo. No se puede quitar de la cabeza la idea de que su hogar está construido sobre cenizas. El fuego se había extendido y, además de acabar con la vida de Cristina, la madre del chico, había arrasado todo, tanto árboles como animales. Sabiendo esto, antes de visitar al parricida, quiere divisar el paisaje otra vez desde lo alto del monte.

Sube hasta el punto en el que se encontró con el jabalí, salvo que la sensación es distinta: ahora sabe que ahí tuvo lugar el incendio. Al recorrer el mismo paisaje con la mirada, entiende todas las calvas y los troncos de los árboles sin hojas esparcidos por el monte y en la parcela. Por eso en el terreno no hay nada de vegetación, porque se había quemado todo, y durante la obra se había revuelto la tierra, dejándola con ese aspecto de descampado, para prepararla y poder así plantar de nuevo. También se fija en que la gran encina negra sin hojas había sido otra de las víctimas de las llamas; su tronco había sobrevivido. Por otro lado, apuesta a que la fachada negra de la casa de Laura, que tanto le llamó la atención desde el primer día por su terrible estado, antes del incendio no estaba tan deteriorada.

Después de conocer los detalles de lo ocurrido, la estampa global le resulta terrible, sobre todo al imaginar el terreno en llamas. Menos mal que lo habían controlado, porque si se hubiera perdido el entorno natural, habría sido una catástrofe, jamás se hubieran enamorado de un lugar así. Aunque a esas alturas quizá habría sido mejor. No quiere fustigarse más con el tema y

decide ponerse en marcha para que no se le haga tarde. Desde donde se encuentra, sigue el camino de tierra que sabe que, pasado el colegio, lleva hasta la parte comercial de la urbanización. Es viernes y, por la hora, Pilu y su grupo de amigas deben de estar a punto de salir de su maravillosa clase de pilates.

Julia avanza directa a la entrada del centro donde está ingresado Aníbal antes de que se tope con ellas por accidente. No quiere tener que escuchar los consejos maternales de su amiga delante del resto y sentirse como una niña o como una enferma. Además, a esas alturas del partido no sabe si será capaz de aguantarse el guantazo que desea darle a Paula para que deje de joderla.

Una vez llega a la entrada exterior del centro, recorre el camino repleto de árboles que disimulan la austeridad del edificio de ladrillo. Sube las escaleras y al entrar por la puerta principal se encuentra con la recepción.

Camina hasta el mostrador y se dirige a una de las dos mujeres que hay sentadas porque la otra está atendiendo una llamada.

—Buenos días —dice Julia con la mejor de sus sonrisas.

—Buenos días.

—Vengo a visitar a Aníbal Caballero.

La recepcionista la mira analizándola.

—¿Es un familiar?

—No, la verdad es que no…, pero soy amiga de la familia y…

—Es periodista, ¿verdad?

—¿Qué? No, no…

—Lo siento, pero las visitas están restringidas a los familiares. Solo podrá verlo si viene acompañada por uno de ellos.

La mirada de Julia se pierde por un enorme pasillo blanco que aparece ante sus ojos cuando una enfermera abre la puerta. Tiene que conseguir

entrar para verlo. Sabe que la única manera de probar que está en lo cierto es visitando al parricida, pero con lo que no contaba es con que necesitaría hablar con Laura para convencerla de que le permita acompañarla en una de las visitas que le haga a su nieto.

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