Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 27 de 103

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Dulce hogar

Parte II

II

Morbo: atractivo que despierta una cosa que puede resultar desagradable, cruel, prohibida o que va contra la moral establecida.

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DÍA 3

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1

El tercer día en su nuevo hogar empieza con retraso porque se levanta más tarde de lo habitual, a eso de las diez de la mañana. Julia ha pasado mala noche, se levantó varias veces, aunque siempre consiguió volver a dormirse.

Hasta que, sobre las cinco de la madrugada, al abrir el ojo aún dormida, vio un haz de luz que se coló por un lateral del antifaz. Se incorporó de golpe y se lo arrancó de la cara. Estaba temblando. Había tenido una horrible pesadilla en la que veía una pequeña llama que se acercaba, como la que había visto las pasadas dos noches, y de golpe todo empezaba a arder. Pero no era su casa, sino la entrada a la urbanización, la zona comercial, el campo, todo… Al recordarlo de golpe, su incipiente preocupación se ve interrumpida por el sonido del móvil, es Pilu.

—Dime que vienes a pilates —le suelta su amiga.

Tenía tantas cosas en la cabeza que ni se había vuelto a acordar de la propuesta que le habían hecho Pilu y sus amigas la mañana anterior.

—No puedo por…, es que tengo que estar en casa porque hoy me instalan las cámaras de seguridad. Me han dicho que vendrían durante la mañana y basta que salga para que lleguen…, ¡es la ley de Murphy! —

responde para salir del paso.

—Valeee, pero a la siguiente te vienes sin falta. Cuando bajes por el club, pregunta para que te digan lo que hay que hacer, no tardas nada.

Julia está tentada de contarle el incidente con el hombre vestido de negro, pero se imagina perfectamente lo que le va a decir, que está sacando las cosas de quicio.

—Te tengo que dejar, que no he preparado la bolsa y la clase empieza en nada. Vente a pilates, anda, que te vendrá bien y es solo una hora…

—Hoy no puedo salir, de verdad. Y, además, está todo manga por hombro todavía.

Después de despedirse y colgar piensa en el chico de la capucha que la observa y la cara que pondría Pilu si le contara lo que había hecho. Sabía perfectamente cómo se lo hubiese tomado hace años, cuando era compañera de batallas, pero no tenía tan claro si ahora la juzgaría o si también pensaría que exageraba.

Levanta las persianas de la habitación y sale a la terraza. Echa un vistazo rápido y no se encuentra con su joven admirador. Lo busca de nuevo. Si se topa con él, tiene que dejarle claro que no quiere moscones. De hecho, está dispuesta a llamar a la seguridad de la urbanización si lo pilla otra vez espiándola. Sea como sea tiene que dejarlo resuelto antes de que vuelva su marido.

Mientras espera, decide cambiar las tornas y salir al monte, quiere ver su casa desde ahí y tratar de entender qué se siente siendo el que observa y no el observado.

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