Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 90 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 8

8

Apenas apagó el motor de su coche, Rubén vio que Jacobo, la mano derecha de Javier, le hacía un gesto con la mano para llamar su atención.

Estaba agachado, completamente vestido de negro, como él, dejando una garrafa en la esquina que daba a la valla de la casa antigua que colindaba con el terreno en el que iban a intervenir. La posó en el suelo y se dirigió de vuelta a su coche, aparcado justo delante del de Rubén, que se bajó del suyo y miró nervioso hacia los lados.

— Tranquilo, que esto está chupao . Aquí no hay ni un alma y no hay cámaras —le explicó mientras le daba una palmada en la espalda.

A Rubén nunca le había caído bien Jacobo, le parecía un oportunista que se dedicaba a comer de la mano de Javier y que se había convertido en su sombra a base de reírle las gracias y decirle a todo que sí, sin cuestionarle nada. Quizá en el fondo le molestaba porque se sentía reflejado en él. Al fin y al cabo ahí estaban los dos jugándose el cuello. Una vez más había caído en las redes de Julia, de Vanesa y de su amigo, que de una manera o de otra siempre conseguían lo que querían.

Rubén lo imitó y sacó las garrafas que llevaba en el maletero para dejarlas en la esquina opuesta. Un poco más y ya estaría todo dispuesto.

Mientras seguía, se concentraba en pensar que iba a ir sobre ruedas, como le repitió Javier cuando vio la preocupación que tenía porque el fuego pudiera llegar al monte y a las casas que había en esa zona y también a las de al lado.

— No te preocupes. Los vecinos llamarán antes a los bomberos, pero, por

rápidos que sean, el terreno que nos interesa se habrá calcinado. Y ahí es donde yo entró en acción. Piensa que sin esta parte va a ser imposible conseguirlo.

Rubén no se lo había podido discutir y por eso estaba ahí, a la intemperie, pasando frío y cerrando el maletero. Jacobo iba muy rápido y ya estaba rociando la parte más cercana a la casa de al lado.

— ¡Eh! Un poco más lejos, que vas a quemar la casa —le dijo, tratando de no subir demasiado la voz.

Él le hizo caso y se separó de la vivienda. Rubén miró hacia el campo y, cuando notó el nudo que se le estaba haciendo en el estómago, decidió bloquear cualquier tipo de remordimiento y de culpa. Sin pensarlo más, se lanzó a verter poco a poco la gasolina en el terreno haciendo un caminito.

Pero entonces sucedió lo más inesperado, aquello con lo que ninguno de ellos contaba. Javier había insistido en que no sería nada, «nadie os verá», y que en cuanto estuviese disfrutando de un buen gin-tonic mientras miraba el paisaje desde su piscina desbordante se le olvidarían cada uno de los detalles que en ese momento se le hacían un mundo. Solo tenía que echar gasolina y tirar el mechero. Justo cuando estaban a punto de prenderlo, ocurrió algo que lo cambiaría todo: escuchó ruidos a su espalda y, al girarse, vio a un chico corriendo hacia él desde la calle donde habían aparcado los dos coches, bastante distanciados uno del otro para no llamar la atención de los vecinos.

— ¡Eh! ¿Qué está haciendo? ¡Pare! —le gritaba a Rubén mientras avanzaba en su dirección.

El chico solo le hablaba a él, Jacobo había descendido por el terreno y no estaba tan visible. Entonces sucedió algo que Rubén jamás olvidaría. El chico no dejaba de gritar y sonaba aún más desesperado, pero ahora lo hacía mirando hacia uno de los laterales donde había unas rocas enormes.

— ¡Mamá!

Rubén se fijó en la zona a la que se dirigía el adolescente y descubrió que entre las rocas y las piedras había un cuerpo. No lo había visto hasta ese momento. Era una mujer, la madre de aquel chaval. ¿Qué cojones había hecho Jacobo? Entonces él siguió increpándolo y lo amenazó con que iba a llamar a seguridad. Sacó su móvil mientras seguía caminando hacia su madre, pero Jacobo se le adelantó. Rubén vio al amigo de Javier al fondo y cómo, de repente, apareció una llamarada que avanzó a gran velocidad hacia la mujer, que en pocos segundos quedó envuelta en las llamas. Rubén abrió los ojos como platos, quería ayudarla, pero tuvo que apartarse deprisa para que las llamas que recorrían el resto del reguero no se le echaran encima.

— ¡Mamááá! —gritó Aníbal con todas sus fuerzas.

— ¿Estás loco?, ¿qué cojones haces? —preguntó Rubén a Jacobo, fuera de sí.

— ¡Vamos! Recoge las garrafas y métete en el coche.

Jacobo se acercó hasta Rubén y lo agarró del brazo para llevárselo con él. El fuego se estaba propagando tan rápido como esperaban y cada vez estaba más cerca de ellos.

— No podemos irnos, hay que ayudarla.

Veía las zancadas que estaba dando el muchacho para llegar cuanto antes hasta su madre. Pero cuando estaba a punto de alcanzar su objetivo, una nueva llamarada se interpuso en su camino. Giró levemente y gritó con más fuerza. Todo ocurrió a la velocidad del rayo, pero Rubén tuvo tiempo de intercambiar una mirada con el chico, que no se rendía y que quería alcanzar a su madre, aunque el cuerpo de esta se consumiese entre las llamas, sin moverse.

Mientras Jacobo casi había llegado a su coche, Rubén era testigo de

cómo el chaval no se daba por vencido y volvía a intentarlo. Entonces lo vio caer. Él dio un brinco, esperando a que se levantara, pero seguía en el suelo. El fuego avanzaba hacia él muy deprisa y Rubén se lanzó, sin pensarlo, a ayudarlo, y consiguió tirar de él antes de que lo devorasen las llamas, que ya le habían alcanzado el rostro. Lo arrastró con una fuerza que nunca supo de dónde sacó hasta la acera y lo dejó allí, inconsciente.

Miró hacia el coche de Jacobo, pero este había salido volando.

Javier no olvidaría en la vida la llamada que le hizo Rubén esa madrugada. Estaba tan nervioso que no encajaba las palabras ni terminaba ninguna frase. Lo primero que entendió fue «La hemos cagado»

seguido de un «Estamos jodidos», que repetía cada dos segundos. Lo que le estaba contando su amigo superaba con creces cualquiera de los asuntos que había llevado a cabo hasta la fecha, por escabrosos y carentes de ética que fueran. Aquí había una muerte y sus manos estaban manchadas de sangre de una forma u otra. Pero no podía dejarse contagiar por el estado de Rubén, tenía que coger el toro por los cuernos si no quería que ese fuera el fin de todos. Su cabeza se puso a funcionar y en menos de un minuto prometió hacer las llamadas necesarias para estar cubiertos y que el asunto se zanjara de una manera que no les salpicara ni por asomo.

En veinte minutos había llegado la policía, los bomberos y el 112. Cada equipo se puso en marcha, mientras Rubén observaba todo desde el coche, siguiendo las indicaciones de Javier. No podía marcharse de allí y tenía que quedarse dentro del coche para mantenerse al margen, pero a su vez debía ir informando a su amigo de cómo se desarrollaba todo.

Rubén contemplaba a los bomberos intentando apagar las llamas para poder recuperar el cuerpo de la mujer que yacía sobre las cenizas, al tiempo que los agentes estudiaban la zona. Entre ellos estaba Aguado.

— Tú, tranquilo, que está todo controlado. Hago una llamada a Aguado,

él se encargará de todo. Os pongo en contacto cuando esté por ahí. Espera en el coche hasta que él pueda acercarse a hablar contigo. Tranquilo, porque es de fiar, me debe muchos favores y con él no hay problema —le había dicho Javier por teléfono.

Ahora lo miraba desde la sombra y no podía evitar pensar si cabía la posibilidad de que Aguado tuviera la suficiente ética como para no deber ningún favor a Javier o venderse de esa manera. Poco a poco fueron apareciendo vecinos que curioseaban, intentando comprender qué había sucedido. El fuego fue controlado enseguida y Rubén se repitió que todo iba a ir bien, que era lo mismo que le había dicho Javier una y otra vez. Sin embargo, un grito lo puso en vilo.

— ¡Aníbal! —exclamó una voz femenina.

Era una mujer mayor que buscaba al chico que ahora estaba metido dentro de la ambulancia, esperando para ser atendido en mejores condiciones en el hospital. Aguado la interceptó antes de que pudiera llegar a él y le cerró la puerta de la ambulancia en las narices. A continuación el agente se dirigió a Rubén. Este salió del coche y, pese a que por dentro estaba como un flan porque había una parte de él que todavía temía que fuera a detenerlo, tomó aire e intentó actuar como lo hubiese hecho Javier en esa situación. No necesitó más que el primer «Está todo controlado» para entender que, en efecto, estaba con ellos. Le contó rápidamente la versión oficial y cómo quedaría zanjado el suceso. Rubén tuvo que contener las ganas que tenía de echarse a llorar y sacar a relucir una enorme sonrisa. También dio al policía un apretón de manos, como hubiese hecho Javier. Aguado se lo había ganado.

El agente se fue enseguida para no llamar la atención y él sacó el móvil para llamar a su amigo y contarle lo que le acababa de decir Aguado: que

la versión oficial era terrible, pero que resultaba tan sólida que nunca nadie apuntaría hacia ellos.

Cuando estaba a punto de subirse al coche para largarse de ahí volando, apareció la mujer que había salido gritando de la casa y lo sorprendió.

Estaba visiblemente alterada. Hasta que ella se lo dijo, Rubén no sabía que era la madre de la mujer que acababan de matar y, por tanto, la abuela del chico que él había rescatado de las llamas.

De golpe la solidez de la teoría oficial que le acababan de confirmar y que habían improvisado sobre la marcha se tambaleó. Ella no podía creer que fuera cierta y él no podía hacer otra cosa que apartar la mirada. En primer lugar, para que no lo reconociera cuando fueran vecinos, y en segundo, porque se sentía incapaz de negarle la verdad. El miedo a que ella pudiera leer el remordimiento en su mirada hizo que se despidiera de manera brusca. No podía soportarlo más, aquella señora mayor le estaba golpeando en la cara con la realidad que se empeñaba en obviar: el daño personal e irreparable que habían causado. Arrancó el coche y se alejó del lugar del crimen dejando atrás a la anciana que acababa de trastocarlo por completo, pero que aún lo haría mucho más en el futuro.

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