Dulce hogar
Capítulo 15
15
La doctora avanza por el pasillo en dirección opuesta a la que llegaron.
Julia la sigue mientras hablan.
—En teoría no puede salir, pero yo le saco aquí, al jardín —le explica cuando doblan la esquina y dan a un ventanal enorme desde el que se ve el mismo jardín que está mirando Aníbal en su habitación—, y se queda muchas mañanas y también algunas tardes cuando la cosa está tranquila. Le viene bien salir y que le dé el aire. Se da sus paseos y se puede tirar horas sin crear ningún problema ni molestar a nadie. El jardín es enorme, cuatro o cinco veces lo que ve, continúa después de esos arbustos —dice señalando hacia afuera—. Cuando vuelvo, lo encuentro en paz y menos reacio a todo, lo ayuda mucho y es una manera de que sienta que lo apoyamos, que sabemos que tiene un problema y no lo castigamos por ello. —Julia escucha sin pestañear—. En teoría no debería hacerlo, pero, por suerte, soy la responsable y, por tanto, la que paso más horas con él y ¿sabe qué ocurre?
Que no estoy de acuerdo en que se deba tratar a todos los internos con las mismas pautas y directrices. Las normas no pueden hacerse iguales para todo el mundo, porque lo que le va bien a uno no le funciona a otro. Y si están aquí es para mejorar con el tratamiento y que puedan salir, porque si no, esto es otra cárcel. No es justo que los que hayan cometido barbaridades en su sano juicio en diez años, o menos, estén en la calle, y los que son víctimas de sí mismos y sus circunstancias se pasen toda la vida apartados del mundo porque no se los haya tratado según sus necesidades reales.
—Pero fuera del centro no ha salido…
—Nooo, ni creo que lo vaya a hacer en mucho tiempo. No ha recibido permisos y al tener el beneficio de estar tan cerca de su familia, no creo que lo vayan a dejar salir, porque, además, primero tendría que dar signos de estar mucho mejor y no es el caso. Tampoco ayuda que Laura, la persona a su cargo, sea mayor. Cuando llegue el momento, que esperemos que llegue, lo mirarán con lupa antes de dejarlo salir, cuestionando si su abuela será capaz de controlarlo como él necesita. Mire la doctora que trabajaba en la Jiménez Díaz y que apuñaló a no sé cuántos en el hospital por no haberse tomado la medicación: cuando la han dejado salir después de varios años, ha vuelto a hacerlo porque su madre, que estaba a su cargo, no se dio cuenta de que dejó de tomar las medicinas que le habían pautado…
—¿Esta semana lo ha dejado salir?
La doctora la mira extrañada.
—¿Por qué lo pregunta?
—No…, por nada, con el calor que ha hecho… He pensado que igual no hay aire acondicionado. Esto es bonito, pero se ve que tiene sus años…
—Sí, es parte de su encanto y sí hay aire acondicionado. Se instaló hace un año, pero, aun así, sí lo he dejado salir. Se está de maravilla. A la vuelta hay muchos árboles, encinas enormes que dan mucha sombra y se está estupendamente. Alguna vez que tardo en encontrarlo viene de echarse la siesta por ahí… Si lo viera en esos momentos se le quitaría el mal sabor de boca de verlo como está hoy.
Julia asiente con una sonrisa mientras mira fuera, hacia la zona del jardín que no alcanza a ver desde donde están y que por su ubicación debe dar a la otra parte del campo. No resulta muy descabellado que, si hubiera encontrado la manera de hacerlo, pudiera salir por ahí y caminar hacia su casa.
—Sí, el jardín es precioso; esta zona es una maravilla. Gracias, doctora,
por permitir que Aníbal pueda disfrutar de ello. La verdad es que, después de lo que me ha contado, me gustaría salir y verlo, ¿cree que sería posible?
Pero la mujer no llega a contestar, pues cuando está a punto de hacerlo, escuchan a Laura llamarlas a voces.
—¡¿Julia, doctora?!
Las dos vuelven a girar la esquina hacia el pasillo para acercarse a ella y que deje de gritar.
—Estamos aquí —dice la doctora.
Siguen avanzando hasta la anciana, que está en el marco de la puerta de la habitación de su nieto y se nota que ha llorado.
—Me estaba enseñando el jardín tan bonito que tienen —le explica Julia al llegar a su lado.
Y mientras posa su mano en el hombro de Laura, que está visiblemente afectada, se fija en el interior de la habitación. La mirada del chico la sorprende, tanto que se le clava como un puñal. Aníbal la observa sin pestañear. No se lo espera y resulta muy inquietante. No hay rastro en él del deseo con el que la miraba los días anteriores, pero la calma con la que la radiografía ahora, analizándola sin reparo, la asusta aún más porque se pregunta si, mientras la observa sin disimular, las mismas voces que le ordenaron quemar a su madre no le estarán diciendo en ese instante que, en cuanto pueda, se escape para ir a su casa y hacerle lo mismo a ella.
Las tres mujeres se alejan caminando. Un rato más tarde Laura y Julia se despiden de la amable doctora. Una vez fuera del edificio, Julia se da cuenta de que todavía hay algo que no ha averiguado: ¿qué hacía Aníbal dentro de la casa de sus vecinos?
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