Dulce hogar
Capítulo 11
11
Javier seguía dentro del cuartucho junto a su torturador cuando escuchó unos pasos que se acercaban por el pasillo.
— Ahí está. Mucha suerte… Y no te preocupes por Estrella, tu amiguito la va a cuidar como a una reina —dijo Tiago con retintín.
La puerta se abrió y Javier no vio al que hasta ese momento era su amigo Rubén, sino una silueta oscura que representaba la figura del enemigo. La persona capaz de traicionarlo por salvar el culo y encima llevarse a su hija Estrella de premio. Junto a él estaba la señora mayor, la madre de la mujer que murió en el incendio, y… ¿el chico? Javier no podía creerlo y pensó que se encontraba tan mal que debía tratarse de alguien parecido o de una alucinación. Todavía no sabía lo que le depararía ese reencuentro, pero ya se lamentaba de no haber hecho caso a Jacobo cuando le propuso quitarse de en medio a la abuela simulando una caída o muerte natural, después de que Rubén lo martirizara día y noche con la preocupación que le generaba que la mujer se pasara el día en la obra de su casa, según le contaba el encargado. Pero su amigo le paró los pies como de costumbre. Sin embargo, ahora se preguntaba si no había sido una táctica para confundirlo y seguir tramando un plan junto a ellos.
Al verlo aparecer quiso lanzarse a por él, pero necesitaba coger fuerzas y retrocedió arrastrándose para apartarse y ganar algo de tiempo. Cuando lo hizo, se dio con algo que había en el suelo y que era la fuente del hedor tan fuerte que flotaba en el ambiente. Se giró y descubrió que se trataba del cuerpo sin vida de Jacobo. La expresión del que fuera su mano derecha era
de puro terror. La imagen lo estremeció, pero Javier se mostró impasible, ya nada lo sorprendía y no se podía permitir decaer. No tenía tiempo, solo se preguntaba si Rubén también estaría detrás de la muerte de Jacobo.
Nunca le gustó y no le había perdonado lo del incendio, así que no le extrañó que hubiera acabado tomando cartas en el asunto. Al fin y al cabo,
¿no era lo que él mismo le había enseñado y siempre le echaba en cara que no hacía?
Rubén dio el último paso antes de entrar en la habitación. Escuchó un gruñido extraño. Apenas había luz y tardó unos segundos en darse cuenta de quién era el que emitía sonidos extraños desde el suelo. Dio un paso más y lo vio arrastrarse mientras lo miraba completamente desencajado.
Parecía un perro rabioso y tenía manchas oscuras por todos lados. Rubén se dio cuenta de que eran restos de sangre seca. Era como un muerto viviente. El hedor resultaba insoportable, pero no podía dar marcha atrás aunque quisiera salir. Los demás se habían ido, cerrando la puerta al salir y llevándose el móvil que iluminaba el espacio. Los dos amigos estaban completamente a oscuras. Tal vez les hubiese gustado sentarse a hablar, abrazarse y llegar a una solución entre los dos. Juntar sus fuerzas para superar juntos el peor momento de sus vidas, pero la realidad fue otra.
Estaban completamente agotados y al límite. Todo lo que querían y por lo que habían luchado estaba en juego. Ambos acababan de escuchar una sentencia: «Solo puede quedar uno». Lo siguiente fueron golpes y más golpes, cabezazos, mordiscos, desgarros y sangre, muchísima sangre.
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