Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 36 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 10

10

La mirada del chico desde tan cerca resulta muchísimo más intimidatoria.

Julia tiene un primer impulso de taparse el cuerpo que deja ver el minúsculo biquini que lleva puesto. Pero decide que es mejor actuar como si nada, se asegura de que la puerta está bien cerrada y da un paso hacia las escaleras que conducen a la planta del salón. Un chis la frena de golpe. No hace falta que se gire del todo para darse cuenta de que ha sido él y que ahora está esperando su reacción. No piensa darle el placer. Va a seguir subiendo, ignorándolo por completo, pero después piensa que no puede permitirse ese tipo de juegos. Sobre todo a partir del día siguiente, cuando haya vuelto su marido, porque tendría que hacer un curso intensivo de interpretación para que Rubén se creyera que no conoce de nada al chico. Se gira y le hace un gesto con la mano para que se vaya.

—¿Qué soy, una cabra? —pregunta él con picardía mientras se acerca un poco más y se enciende un cigarrillo.

Julia se fija en cómo sus labios dan una honda calada y cómo se traduce después en una mirada de placer.

—Adiós —responde ella tajante, con el aire de superioridad que le otorga estar por encima de él, a mayor altura.

El chico chista mucho más fuerte, hasta que consigue que Julia se pare de nuevo. Ella entorna lo ojos; tiene suerte de pillarla en «modo zen» después de hablar con Laura, porque si se lo hubiese encontrado tras colgar a Pilu, su reacción hubiese sido muy diferente.

—¡Eeeh! —exclama él sin darse por vencido.

Julia se pone de los nervios, porque siente como si toda la urbanización estuviera pendiente de ellos y los demás vecinos pudieran verlos. Da media vuelta y baja las escaleras para dirigirse hasta donde está parado, en la salida al campo que tienen desde la parcela. Al llegar frente a él se queda impactada por su mirada cristalina, tiene los ojos muy claros y muy grandes. Es muy joven. No es más que un yogurín gamberro que vacila a una madurita para reafirmar su masculinidad. Bien por él, en otras circunstancias le habría parecido divertido e incluso se lo habría follado a la primera de cambio para que supiera quién mandaba ahí, pero ahora solo puede pensar en dejarle bien claro que no puede volver a su casa nunca más.

—Escúchame, tienes que dejar de venir por aquí, ¿me entiendes? ¿Sabes que lo que estás haciendo es un delito?

—¿Me vas a denunciar?

El joven pone morritos. Es muy sexy y lo sabe, como también conoce el poder que ejerce sobre ella.

—Si sigues molestando, voy a llamar a seguridad, sí.

—¿Ayer también te molestaba?

—Vete, por favor.

—¿O qué? ¿Qué vas a hacer?

El chico se acerca más a la valla de simple torsión y se aprieta el paquete semierecto contra ella. Luego se frota lentamente, mirándola a los ojos con los labios rosados abiertos.

—Por cierto, también te pido que pares con el mecherito por las noches.

—¿Qué dices? —Da otra honda calada—. ¿Qué pasa, que también quieres que venga por las noches o qué?

—Quiero que dejes de venir.

—Pues yo creo que no es verdad.

—Voy a llamar a seguridad.

—¿Y qué les vas a decir? ¡Ah!, les vas a contar lo de ayer… —Julia se tensa—. Abre, va. —Y vuelve a rozarse sensualmente.

—No te voy a abrir.

—Quieres hacerlo…, vennn. —El chico estira el brazo intentando pasar la mano entre los huecos de la verja.

Julia se queda quieta, le gustaría salir corriendo y llamar a la garita de seguridad o a la policía, pero se queda inmóvil, como hipnotizada. Siente que su actitud también es parte del juego y teme que la vayan a responsabilizar.

—Abre la puerta, por favor —dice de nuevo susurrando.

Ella niega con la cabeza. El muchacho la sigue mirando fijamente, se siente atrapada por su mirada. Él baja la vista hacia su cintura, invitándola a que lo toque. Julia lo mira y se fija en que su miembro está erecto. Por su cabeza pasa el dejarle entrar, bajarle los pantalones, agarrársela y masturbarlo hasta que se corra. Pero enseguida intenta olvidarlo, pese a que no le resulta sencillo: el joven respira fuerte y puede sentir cada respiración casi como un jadeo.

—Ábreme…

En ese instante, de pronto, como si fuera una iluminación, Julia es capaz de verse desde fuera. «¿Qué coño estoy haciendo?», se recrimina.

—No te lo vuelvo a repetir, que sea la última vez que te veo por aquí. —

Se da media vuelta sin echar la vista atrás—. Vete o llamo a la policía, te lo aviso —remata mientras avanza hacia el salón.

—¡Que me abrasss!¡Abreee!

El grito ha sido tan desaforado que Julia no puede evitar girarse de nuevo. Al hacerlo se encuentra con el chico con la cara muy roja y el cuello hinchado con las venas marcadas. Está totalmente desencajado, parece un

perro rabioso. Le da terror. Julia agradece no haber cedido a sus intentos y sube a toda prisa. Él la sigue con la mirada bañada en sangre, da una última calada al cigarro y lo tira al suelo. Posa su pie y lo aplasta hasta convertirlo en cenizas.

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