Dulce hogar
Capítulo 3
3
El aire acondicionado está fortísimo dentro de la tienda, ese cambio tan brusco de temperatura podría provocar un corte de digestión a más de uno.
Julia tiene el gesto torcido, pues no le ha gustado un pelo la manera insistente con que la miraba aquel hombre. ¡A ver si va a tener que ponerse un burka para bajar a comprar el pan! Manda huevos. El supermercado está muy limpio y ordenado. La parte de congelados tiene un aspecto más estándar, como en otras superficies similares, pero el resto parece más bien una tienda de pueblo de productos artesanales gourmet. Cuando encontraron el terreno y se enamoraron de él, bajaron a la plaza para investigar todo lo que había en los alrededores. En la panadería compraron un pan de espiga y unas empanadillas caseras que estaban para chuparse los dedos, pero lo que realmente los conquistó fue el pincho de tortilla que servían en un bar que había en la esquina con unas mesas en la terraza.
Estaba delicioso. Sin embargo, en el supermercado no llegaron a entrar.
Hasta ahora. Y menuda sorpresa.
Cuanto más se fija, más descubre que la calidad de los productos está a la altura de lo que probaron ese primer día. Compra alimentos variados, sanos y de la máxima calidad, además de frutos secos para preparar un buen picoteo, y una botella de champán para celebrar en cuanto pueda con Rubén esta ocasión especial. En la cesta no hay un postre porque ya pondrá ella la guinda final.
Se dirige hacia la caja arrastrando la cesta con ruedines que ha llenado hasta arriba. Cuando llega a la fila, delante de ella hay dos chicos
deportistas que están pagando unas bebidas isotónicas. Mientras la cajera les cobra, Julia se fija en el culo y en las piernas del que está más cerca.
Tiene el pelo rubio y las ondas doradas sobresalen bajo la gorra que lleva dada la vuelta. El pantalón corto deja al descubierto que tanto los muslos como los gemelos están dorados por el sol y los pelitos rubios llaman más la atención. No lo puede evitar, es ver un rubio y se vuelve loca, porque le recuerdan a los surferos que veía cuando pasó un año en San Diego, California. Aunque su amiga Pilu manejaba otra teoría: la culpa la tenía la cantidad de veces que había visto de pequeña El lago azul.
—¡Tus padres han creado un monstruo! Creo que lo mejor es que los llame ahora mismo para contarles que tienen una hija fetichista que se muere por un rubio desaliñado. Como no te aten, vas a acabar con un surfero hippy viviendo en Tarifa.
—Bueno, les dices eso y los que se mueren son ellos. En Tarifa voy a acabar yo…, será de vacaciones. Un mes en el mismo sitio y me da algo.
Julia, con la mirada fija en los muslos y el trasero respingón del joven, rememora con una sonrisa ese momento. La de años que hace ya de eso y lo mucho que ha cambiado, por suerte. Si tuviera que seguir viajando al ritmo que lo ha hecho todos esos años, se tiraría del avión en marcha. Necesita centrarse, encontrar la paz del hogar.
Cuando la cajera le da el cambio, el chico se gira hacia Julia y se da cuenta de cómo esta sube la mirada rápidamente, disimulando. Ella se ríe para sus adentros, ¡qué vergüenza! ¡Como la vea alguna madre y corra la voz, la queman en la hoguera! Su Rubén nada tiene que envidiar a esos chavales. Está a punto de cumplir cuarenta y cuatro y sigue siendo un tío muy guapo, altísimo y fibroso, con mucha presencia. De hecho, está más interesante ahora que cuando lo vio la primera vez que coincidieron en un vuelo, hace ya más de una década. Siempre iba estudiosamente despeinado
y vestía impecable. Tenía mucho estilo. Era evidente que haber vivido en Nueva York le había dejado huella. Cuanto más piensa en él, más ganas tiene de que llegue para empezar por fin la aventura que han planeado juntos.
Al salir del supermercado, el calor vuelve a abordarla como si estuviese dentro de un horno. Intenta aligerar el paso para alcanzar cuanto antes el coche, pero entre las chanclas, que a lo tonto ha comprado bastante y que las bolsas pesan lo suyo, va más lenta de lo que le gustaría. Conforme se acerca al aparcamiento, se fija en que, aparte de la abundante vegetación, detrás de donde está su coche hay un bloque de pisos blancos muy vistosos que ya le habían llamado la atención más de una vez cuando pasaban por ahí.
—Qué bonitas son esas casas, la pena es que den a esta parte y no al campo —dijo Julia uno de los días que repararon en ellas de camino a la obra.
—El salón tiene terraza y da al otro lado, tiene buenas vistas, pero no como las de casa, claro.
—¡Anda! Y ¿cómo lo sabes? ¿Has estado investigando o qué?
—No te rías, pero son apartamentos para divorciados.
—Ahora sí que me vas a explicar por qué lo sabes —siguió diciendo juguetona.
—Uno de la sucursal del banco vive ahí, me lo dijo el jueves mi gerente cuando le conté que el dinero era para la obra y demás. Me preguntó por la zona y me lo contó. Vamos, que hay más gente, pero que por lo visto, como hay tantos coles por aquí, cuando hay separaciones, los padres se quedan cerca para ver a los niños y tenerlos a mano. Así que ya sabes, pórtate bien…
—¿O te vas ahí, de divorciado?
—¡No! Te vas tú, lista.
Los dos se echaron a reír. Sonríe recordando esa conversación. Al lado del bloque blanco hay otro, pero no tiene nada que ver, apenas dos plantas, de ladrillo oscuro y contraventanas de madera en no muy buenas condiciones. Es la primera vez que se fija en él ya que es bastante más bajo que el otro. Aparte de quedar eclipsado por las líneas modernas de su vecino, está oculto por los árboles enormes que salen de la parcela que colinda con el aparcamiento. Julia observa que hay un muro de ladrillo con una puerta grande que está abierta, seguramente para que puedan entrar los coches.
—Anda, que estar en este sitio y vivir en este bloque tan feo —masculla
—. Igual por dentro está bien —añade, mientras abre la puerta del maletero para meter las bolsas de la compra.
Las gotas de sudor descienden por su frente por el esfuerzo y, aún inclinada, se limpia con el brazo. Poco después cierra el maletero y al incorporarse se encuentra a un hombre de unos setenta y muchos años que lleva una camiseta blanca de Naranjito con el balón en la mano, del Mundial del 82. Tiene los ojos rojos y el pelo blanco, a trasquilones y enmarañado. La mira muy serio. Julia se pone recta del todo y sonríe con cara de circunstancias.
—Buenos días —dice prudentemente.
El señor mayor no contesta nada y niega con la cabeza. Se inclina un poco hacia ella y le susurra:
—Las llamas… —Julia no le entiende—, ten cuidado con ellas… o acabarás ardiendo.
Antes de que pueda decir nada, alguien se acerca por su espalda.
—Buenos días, Vicente, ¿qué?, ¿dando un paseo?
Al escucharlo, ella da un brinco, porque la ha pillado por sorpresa. Se
gira y es el hombre que fumaba y la observaba antes de manera descarada.
Al verlo de cerca se fija en que parece que tiene una herida en una ceja. Si bien es cierto que le había dado mala espina, percibe que su voz es agradable y que le está intentando echar un cable. El anciano no le responde y vuelve a mirar a Julia con los ojos vidriosos y le dice:
—El fuego se lo lleva todo por delante.
—Claro que sí, claro que sí. Deje a la chica, que se le va a estropear la compra —interviene de nuevo el desconocido dándole en el hombro para que se marche.
El señor mayor comienza a andar y, antes de llegar al paso de cebra, grita:
—¡Todo cenizas!
Julia está asustada, la manera en la que se ha dirigido a ella la ha dejado con el miedo en el cuerpo. La mirada del anciano, enrojecida y cristalina al mismo tiempo, está cargada de vivencias. ¿Por qué la ha increpado de esa manera? ¿Es un aviso?
—Discúlpelo, el pobre no está bien, por aquí hay mucho quedao. Espero que no la haya asustado.
—Está bien, no se preocupe.
—La he visto entrar antes.
—Ah, sí, sí… —contesta Julia dando la vuelta por el otro lado para meterse en el coche y largarse de ahí.
Aunque aquel hombre la haya ayudado, sigue sintiéndose acorralada.
—En esta zona solo pueden aparcar los miembros de la comunidad. Los inquilinos —la informa, más serio.
El cambio de tono hace que Julia se pare para responder.
—Es que vivo aquí. Me acabo de mudar. Bueno, en realidad, nos hemos mudado mi marido y yo.
—Genial. Entonces su marido le habrá dado un mando con un triángulo azul.
—No, no me ha dado nada. Acabamos de llegar.
—Verá, normalmente la barrera está bajada, cada propietario tiene derecho a dos mandos para poder pasar. Si no, es difícil acceder aquí. ¿En qué calle vive usted?
Julia piensa un instante si responder o no. Se acuerda de lo que le ha grabado a fuego su madre desde niña sobre no hablar con extraños.
—Pedrales, 23 —dice finalmente para no parecer desconfiada.
—Voy a necesitar más datos, pura rutina, pero para que no se le estropee la comida, si quiere, deme su teléfono y la llamo yo. —Al ver que la mujer se lo piensa continúa—: Soy Jacinto, trabajo en la garita de seguridad. No llevo el uniforme porque nos van a traer ahora los nuevos. Ha cambiado el logo de la contrata… —aclara.
—Ah, ¿y no tiene un teléfono donde pueda llamarle mejor yo, que ahora con la mudanza estamos hasta arriba? Así lo guardo por si tengo alguna urgencia o si necesitamos algo…
—Claro, sí. Mejor, mejor, tome nota o… no hace falta que apunte, lo busca en internet. Con poner que quiere el número de la garita de la urbanización le sale sin problema. Si tiene alguna duda o cualquier cosa, nos llama, somos varios compañeros.
—Perfecto, muchas gracias.
Julia cierra la puerta del coche. El vigilante de seguridad se despide con la mano cuando pasa por su lado de camino a la salida. Antes de que la barrera se cierre a su paso, mira por el retrovisor y ve que Jacinto no se ha movido del sitio y que continúa observándola fijamente.
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