Dulce hogar
Capítulo 5
5
Después de comer se tumba un rato en la chaise longue frente a la piscina para vigilar si aparece el chico de la capucha y, de paso, descansar un rato.
El sol hace que se le cierren los ojos, pero el sonido del telefonillo provoca que los abra de golpe. Mira la hora en el móvil pensando que se ha quedado mucho rato dormida y que son los técnicos que vienen a instalar las cámaras. Sin embargo, apenas son las cuatro de la tarde y queda aún una hora por lo menos hasta que lleguen; sería la primera vez que alguna de las contratas llega a la hora. No tiene ni idea de quién puede ser. Al incorporarse, se encuentra con que el árbol enorme vuelve a estar lleno de pájaros que miran hacia su casa. Julia tiene de nuevo la sensación de que la observan a ella. ¿La estaban contemplando mientras dormía? Son muchos más que el día anterior. El telefonillo suena una y otra vez y va corriendo hacia él sin llegar a abrir la cristalera para ahuyentar a todos esos pajarracos. Solo espera que responda alguien y no se repita la gracia del sobre con la ceniza.
—¿Quién es?
—Traigo un paquete para Julia.
—Sí, le abro.
Sube rápidamente sin caer en qué puede ser, quizá se trate de algún detalle de Rubén para compensar el retraso. Abre la puerta y no ve a nadie.
Mira por la pantalla y hay una furgoneta, pero ninguna persona o movimiento. Se separa y vuelve a sonar el telefonillo. Pulsa de nuevo sin mirar y abre la puerta principal. Frente a ella, la puerta de fuera está abierta,
mas no hay ningún paquete ni repartidor, le parece chocante. Sale y avanza con cautela, preguntándose por qué si han entrado, no han dejado nada o si estarán buscando algo; sin embargo, cuando está a punto de llegar, un hombre aparece por el marco de la puerta.
—¡Aquí está! Se me estaba resistiendo. ¿Me dice su DNI, por favor?
A pesar del susto que tiene encima, Julia se lo dice. El repartidor desaparece en lo que dura un suspiro y cierra la puerta tras él. Abre el paquete ahí mismo y comprueba que son los prismáticos que había pedido.
Cuando levanta la vista, se encuentra con un gato plantado en la entrada. No le gustan los felinos y menos la mirada retadora con la que la mira este. Es el mismo que escuchó por la noche, lo reconoce porque tiene una calva en la cabeza y otra en el torso. Sigue avanzando hacia él, pero no se inmuta.
Da una patada al suelo para espantarlo y, no obstante, no se mueve del sitio.
—¡Joder!, lo que me faltaba, no voy a poder entrar en casa por el puto gato. ¡Fuera! ¡Venga, ciao!
Ninguno de los movimientos que hace consigue provocar una reacción en el animal, que eriza el pelo del lomo y se curva poniéndose en posición de guardia. Julia da un paso hacia atrás instintivamente y amontona los cartones en los que venían los prismáticos para lanzárselos. Al final el gato maúlla de manera histriónica y sale pitando por uno de los laterales de la parcela, mientras ella entra en la casa con el convencimiento de que cualquier día el animal se le lanzará encima a traición.
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