Dulce hogar
Capítulo 16
16
En lo que el camarero está de vuelta y sirve los desayunos, Pilu mira hacia el edificio de ladrillo y madera en malas condiciones, situado frente a ellas, al otro lado del aparcamiento, y vuelve a armarse de valor para tomar las riendas de una conversación que es evidente que le hubiera gustado evitar.
Tanto Julia como las demás prestan atención.
—En su día creo que se construyó para convertirse en una residencia de lujo. Te hablo de los años setenta o así. Mucha gente de pasta de Madrid se hacía aquí una segunda vivienda para pasar el verano y los fines de semana que hiciera bueno, y todo esto se puso de moda.
—Mis padres, por ejemplo —interviene Sara.
—Esto hizo que gran cantidad de gente adinerada conociera la zona e invirtiera, entre otras cosas, construyendo la residencia que, como te decía, era muy top en esa época, pero ahora, como ves, deja mucho que desear.
—Bueno, es que ya no es una residencia, ¿no? —dice Paula con su característica ironía, invitando a su amiga a que siga contando.
—No, no lo es. Duró unos quince años, no más. Por lo que dicen hubo algún chanchullo o lío entre los dueños, varios inversores, y fueron a juicio.
Estuvo mucho tiempo requisada…
—Abandonada, vamos… —interviene de nuevo Paula.
—Y al final tuvieron que venderla a precio de saldo para pagar la deuda que tenían…
—Y ahora es… —pregunta tímidamente Julia.
—Desde hace unos años es un centro de presos con problemas mentales,
pero tranquila, que a los peligrosos nunca los dejan salir, están completamente aislados. Eso por dentro es enorme. Rara vez te encuentras a alguno, tan solo a los más mayores porque los llevan a tomar un pincho cuando hace bueno. Pero siempre vigilados, y los que son inofensivos, no hay peligro —dice Pilu para que no entre en pánico.
Sin embargo, el gesto de Julia ha cambiado por completo al escuchar a su amiga. El episodio con el anciano en el aparcamiento de pronto deja de ser una anécdota inofensiva. Su expresión muestra el miedo que le da acordarse de su aspecto y de la manera en que habló con ella.
—¿Qué te pasa, he dicho algo?
—No, no.
Por el modo en que su amiga ha reaccionado, Julia se da cuenta de que tiene que trabajar la relación con Pilu. Está demasiado pendiente, actúa con pies de plomo para no meter la pata, como si ella fuese una enferma. Odia que le haga sentirse así.
—Veees…, sabía que te ibas a poner así. Por eso no te lo quería contar, porque entre lo del maldito conejo y esto, te vas a querer marchar y yo te quiero bien cerquita. —Pilu la agarra del codo y se pega mucho a ella, cariñosa.
—De verdad que esta urba es como un pueblito en el que luego no pasa nada… —se suma Sara.
—Bueno, sin contar lo de Fran y Yolanda… —interviene Paula.
—Ay, calla…, unos padres del cole que se divorciaron y él la liaba parda.
En la piscina del club nos echaba la caña a todas las madres sin ningún pudor —cuenta Pilu.
—Pero tranquila, que robos no hay ni uno —le señala Sara.
Pese a que la conversación vuelve a ser distendida y en tono más
coloquial y animoso, Julia sigue con el gesto torcido. Las demás se dan cuenta y la miran con curiosidad.
—Es que ayer me pasó una cosa muy extraña…
—Lo del de seguridad… —dice Pilu.
—¿Con cuál? —pregunta Paula extrañada.
—No, no —interviene enseguida Julia para evitar tener que abrir otro melón—, con un anciano. —Todas la miran extrañadas—. Bajé a comprar algo al súper y cuando estaba metiendo las bolsas en el maletero, apareció un hombre mayor, de unos setenta y pico años, con una pinta muy rara.
Vestía ropa vieja, tenía los ojos muy rojos y el pelo revuelto. Me miró con una cara muy rara… y me dijo cosas que me pusieron los pelos de punta.
—¿Qué cosas? —pregunta Paula.
—Pero ¿y qué te dijo? —insiste Pilu.
—No sé qué del fuego, las llamas…
—¡¿Cómo?! —exclama Paula, alucinando.
—Nada, sería una chorrada. Si están pirados…
—¿Qué te explicó exactamente, va? —la interroga de nuevo Pilu, esta vez con mayor contundencia.
Julia se esfuerza en recordar el momento con la mayor exactitud posible para ser lo más fiel y textual a las palabras que el hombre pronunció.
—Fue como un aviso. Primero me miró muy serio y me dijo: «Las llamas…, ten cuidado con ellas o acabarás ardiendo». —La expresión de las mujeres se tensa al escuchar la frase—. Creo que fue eso literal, negaba con la cabeza mientras lo decía, y después añadió: «El fuego se lo lleva todo por delante». Y, por último, que todo serían cenizas, todo cenizas o algo así….
De pronto el grupo de mujeres palidece. A Paula se le cae el tenedor que tiene en la mano. Y a distintos tiempos, lentamente, como si de una
coreografía se tratase, una a una miran a Pilu. Es evidente que esta vez sí que hay algo realmente grave que Julia debe saber.
—Creo que sabemos por qué te lo decía —dice por fin su amiga.
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