Dulce hogar
Capítulo 21
21
Un sonido lejano retumba en su cabeza, como si se tratara de una alarma que sonara a mucha distancia. Una melodía que la devuelve del oscuro vacío al que se ha precipitado de repente. Julia abre los ojos despacio, le duelen la cabeza y el hombro. Una nebulosa hace que tarde unos segundos en ubicar dónde está y, sobre todo, qué acaba de ocurrir para que se desmayara. Entonces lo ve en el suelo, a menos de medio metro: ahí está el dedo que ha sacado del paquete. Una falange de hombre, con una alianza, llena de sangre seca alrededor del corte que ha sufrido.
Las lágrimas empañan los ojos de Julia en cuanto consigue enfocar la terrorífica visión. Se pregunta si el dedo pertenece a su marido o a su amigo Javier. Se incorpora levemente y se arrastra hasta él. Está tan nerviosa que, a simple vista, no es capaz de diferenciar la uña o la forma del dedo para estar segura de a cuál de los dos pertenece. Así que hace de tripas corazón y lo agarra. Después tira de la alianza hasta que consigue sacarla y deja de nuevo el dedo en el suelo. Como sospechaba, en el interior hay escritas una fecha y unas iniciales. Ella misma había llevado los dos anillos a grabar meses antes de la boda. Sin embargo, al leerlas se da cuenta de que no es su alianza, porque no lee el día en el que celebraron su amor. El anillo es el de Javier y, salvo que se lo hubieran puesto a su marido, el dedo también debe de ser suyo. Julia tendría que sentirse aliviada, pero la duda de si su marido y Vanesa son los responsables de la amputación se lo impide.
Su móvil suena y reconoce la melodía que escuchaba cuando estaba inconsciente. La han estado llamando, pero no se ha enterado. En la pantalla
del teléfono aparece un nombre: «Rubén». La reciente necesidad de hablar con él desaparece. Tiene miedo, no sabe qué decirle y le aterra lo que le pueda contar él. Siente que es un desconocido y que ahora mismo es capaz de hacer cualquier cosa, hasta la más despiadada. El teléfono sigue sonando y lo coge. Julia quiere mantener la calma, pero le es imposible.
—¡¿Qué has hecho?! ¡¿Estás loco?!
—Julia, escúchame, ya lo entenderás.
—Pero ¡cómo has…, no sé quién eres…!
—¡Escúchame! —la interrumpe gritando—. Abajo, donde los documentos…, me dejé una carpeta más escondida con unos papeles… Está detrás de la cajonera grande en el suelo. Tienes que cogerla, los necesito.
—¿Para qué, qué son?
—No preguntes. Si quieres que se acabe esta pesadilla, haz lo que te digo.
—¿Por qué me has mandado esto?, ¿qué habéis hecho?
—Para que sepas que esto va en serio…
—Me das miedo, dime que…
—¡Ahora no puedo hablar, no hay tiempo! Escúchame; trae lo que te digo…
—No, no os voy a llevar nada. No pienso ser cómplice.
Después de un breve silencio Rubén responde:
—Hazme caso y todo terminará.
—¡¿Y cómo te lo doy?!, ¡¿me vais a volver a poner la alarma?!
—Atiende bien: al atardecer, en cuanto se esté poniendo el sol enfrente de casa, en la parcela de la vecina…
—¿En la de Laura?, pero ¿qué dices?
—Tenemos que evitar todas las cámaras. Sales al campo desde nuestra parcela…
—No voy a salir al campo de noche…
—Sales al camino y vas donde la vecina, en la parte de abajo hay un acceso abierto. En la esquina pegada a nuestro terreno hay muchos matorrales…
Julia sabía perfectamente a qué zona se refería. Ese mismo día la había estado contemplando mientras esperaba a Laura sentada en su porche.
—Pero…
—No me falles.
Rubén cuelga y Julia se queda con el móvil en la mano. Está temblando descontroladamente.
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