Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 79 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 9

9

Hacía varios días que Cristina había descubierto que, contra todo pronóstico, estaba embarazada. Lo supo durante una consulta al ginecólogo, a quien acudió después de la última visita de Tiago porque estaba preocupada. No le venía la regla y llevaba bastantes días cansada.

Lo lógico hubiera sido haberse hecho un test directamente antes de ir a verlo, pero ni se le pasó por la cabeza que pudiera quedarse embarazada pasados los cuarenta años, y encima de manera natural. Su ginecólogo le dijo que no era lo normal, pero que en su caso se había dado porque aún seguía ovulando. Después la advirtió que tenía que cuidarse mucho: hacer ejercicio, no beber ni fumar, respetar la tabla de alimentos que podía comer y, sobre todo, no tener estrés. Por supuesto, no sabía que tenía una familia desestructurada. Lo lógico hubiera sido contárselo enseguida a Tiago y compartirlo después con el resto de la familia, pero, pese a que deseaba con todas sus fuerzas que esa criatura fuera a cambiarlo todo, sabía de sobra que eso no iba a ser así.

Era consciente de que no estaba siendo una buena madre o al menos no había gestionado del todo bien cómo se habían desarrollado los acontecimientos. Veía en Aníbal la huella de los conflictos entre ella y su marido, y no quería imaginarse lo que no podía controlar. Esa era la mayor de las torturas, la gran culpa. No quería hacer pasar por eso al bebé, ya fuera niña o niño. Se merecía una bonita infancia. Sabía que tenía que pedir ayuda a su madre y a su hijo Aníbal, a pesar de todo. Ellos siempre estaban para ella, pero cuanto más los necesitaba, más los alejaba y más

sola se sentía, y cuanto más pensaba en todo ello, más lloraba, como en ese momento, encerrada en el cuarto mientras su hijo aporreaba la puerta desde el pasillo de la casa de sus padres.

— ¿Es de papá? —preguntó por fin Aníbal cuando consiguió recobrar el aire.

Cristina no era capaz de enfrentarse al juicio de su hijo.

— Cómo se puede ser tan tonta, ¡joder!… Que parece que no lo conoces, hostia… Tan lista para unas cosas y tan tonta para otras… Que siempre estás igual. —Aníbal lloraba mientras maldecía en voz alta—. ¿Se lo has dicho?

— No —contestó Cristina armándose de valor.

Su padre no lo sabía. Después de escuchar la respuesta, Aníbal se dio media vuelta y se dirigió a su habitación para encerrarse con pestillo.

Entonces no sabía que esa sería la última vez que hablaría con ella.

No fue hasta horas más tarde, de madrugada, cuando unos gritos lo despertaron en mitad de la noche. No reaccionó enseguida porque pensó que se trataba de un sueño. Después escuchó el motor de dos coches que se detenían cerca y de alguien al bajarse de ellos. En su calle jamás pasaba nada y le pareció muy extraño. Se levantó corriendo y se asomó a la ventana, preocupado porque pudiera ser su madre a quien había escuchado gritar. Desde la ventana vio a dos tipos vestidos de negro derramando líquido de dos bidones por el terreno de al lado. Aníbal se fijó mejor y descubrió el cuerpo de su madre tirado junto a unas piedras grandes. Bajó las escaleras a toda prisa y corrió como nunca en su vida hacia donde había visto a Cristina. Lo demás sucedió muy deprisa. Cuando llegó, intentó parar a uno de los tipos, que tenía un mechero en la mano.

— ¡Eh! ¿Qué están haciendo? ¡Pare! —le gritó.

La zona en la que había visto a su madre estaba más oscura porque se

encontraba entre unas rocas justo en el sitio en el que comenzaba a descender con mayor inclinación la parcela.

— ¡Mamá! —exclamó en cuanto vio que el cuerpo seguía ahí.

Pero antes de que pudiera hacer nada el fuego se extendió a gran velocidad por el terreno. Lleno de impotencia y desesperación, fue testigo de cómo las llamas alcanzaban el cuerpo de su madre. Aníbal corrió hacia ella, pero una llamarada se interpuso en su camino. Giró y gritó con más fuerza. Intentó acercarse a su madre, pero era imposible. El tiempo se paró en el instante en que, completamente desencajado, fue testigo de cómo el fuego se tragaba a su madre. No obstante, no quiso rendirse. Tenía que llegar hasta ella y, pese a que fuera un imposible, corrió de nuevo, esta vez hacia el lado opuesto para intentarlo desde ahí, pero tropezó con algo y se cayó al suelo. El incendio avanzaba hacia él a la velocidad del rayo y notó cómo se le quemaba la cara.

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