Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 81 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 11

11

Después de la muerte de su esposa y de la detención de su propio hijo como autor de los hechos, Tiago mantuvo su trabajo en la carretera, pero decidió pasar menos tiempo en Madrid y poner su atención en lo único importante que realmente le quedaba. Nunca visitó a Aníbal, no tenía ganas ni fuerzas para mirarlo a los ojos. Los medios habían sido muy claros y lo ayudaron a pasar página. Siguió llevando mercancía a la capital de España, pero no visitó a sus suegros. Hasta que recibió la llamada de Laura una mañana por sorpresa y le puso en vilo. Llevaba demasiado tiempo ignorando sus llamadas. Ella insistía en que estaba convencida de que Aníbal no había matado a Cristina y resultaba tan perseverante que le fue imposible quitarse de la cabeza aquella tragedia. Cuando ya lo único que quería era largarse, porque sabía que nada traería de vuelta a su mujer. Sin embargo, esa vez su suegra no se anduvo con tapujos y fue directa al grano.

— Sé quién mató a Cristina —le dijo cuando Tiago cogió la llamada.

Y él estuvo a punto de dejar caer el teléfono al escucharla. Ya le iba a repetir de nuevo que no era una buena idea seguir anclada en el pasado, que eso no le devolvería a su hija y la sarta de obviedades que llevaba diciéndole desde entonces, cuando ella volvió a insistir.

— Conozco a los hombres que lo hicieron. Tienes que venir.

Así fue como Tiago decidió que escucharía todo lo que Laura tenía que contarle y que, por duro que resultara, aprovecharía además para visitar a su hijo y acallar así sus remordimientos. Llevaba meses que no se quitaba a Aníbal de la cabeza y soñaba con él prácticamente cada noche. Había

intentado bloquear todos sus sentimientos hacia él, pero la culpa no desaparecía y cada vez era más difícil ignorarla.

Hizo la mayor parte del viaje comiéndose las uñas. Estaba muy nervioso por regresar a la casa donde su esposa vivió su última época, donde tanto fue a visitarla. Iba a reencontrarse con el lugar en el que sucedió todo, con sus suegros y, especialmente, con Aníbal.

Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no romper a llorar nada más poner el pie en la parcela, antes de llamar al telefonillo y que le abriera Laura. Tras darse un abrazo, que parecía simbolizar un gesto de paz entre ambos después de la abismal distancia que los separó tras la muerte de Cristina y la detención de Aníbal, su suegra lo invitó a entrar.

— Germán está en la cama, la medicación lo deja grogui. Si luego no baja él, subimos a verlo. Si te parece, claro. Vamos fuera —le dijo mientras comenzaba a andar para que la siguiera hasta el porche.

Laura no le ofreció nada, estaba demasiado preocupada por contarle todos sus descubrimientos. Finalmente, después de varios preámbulos, se armó de valor y le confesó que Cristina estaba embarazada en el momento de su muerte. Tiago se quedó de piedra y en un principio no dijo nada.

Laura contaba con esa reacción, así que insistió y le contó que había hablado con su ginecólogo y que este se lo había confirmado. Para probarlo le sacó un sobre con los informes médicos que Cristina guardaba en su mesilla de noche. Él bajó la mirada para ver los papeles y las lágrimas resbalaron por su cara.

— Laura, tienes que perdonarme… —La mujer miró intrigada a su yerno, esperando lo peor—. Yo lo sabía. Debió ser la última vez que fui a visitar a Aníbal, tuvimos un desliz y… Me lo acababa de contar y habíamos quedado en arreglar las cosas y empezar de cero otra vez. Íbamos a volver a vivir todos juntos. —Mientras Tiago se desmoronaba, Laura lo miraba tratando

de asimilar todo lo que le acababa de contar—. Perdóname, no quería que sufrierais más. Lo siento mucho.

La mujer fue a abrazarlo, pero, en un segundo, el estado de Tiago cambió por completo. La cólera hizo acto de presencia, tenía tanta rabia que empezó a blasfemar y a despotricar. Estaba realmente enfadado. Ella intentó calmarlo. Germán, que había bajado por sorpresa, fue testigo de la escena sin que notaran su presencia y se puso a gritar y a pegarle porque no lo reconocía y pensaba que era alguien que había entrado a robar y a hacerles daño. Laura y su yerno consiguieron tranquilizarlo gracias a la medicación que le habían recetado para ese tipo de crisis, y cuando hizo su efecto, cayó dormido. En ese momento, Laura aprovechó para contarle a Tiago todo lo que sabía y explicarle las teorías que tenía relacionadas con la más que posible implicación de sus vecinos en la muerte de Cristina.

El hombre escuchaba atento las irregularidades que señalaba su suegra, y que los dos culpables habían llevado a cabo gracias al enorme poder que tenían. Si fuera cierto lo que señalaba Laura, el incendio no sería más que otro chanchullo en el currículo de acciones ilegales de este tipo. De pronto todo cuadraba y tenía sentido, aunque solo había una manera de asegurarse.

Tiago salió escopetado a la casa de Javier, el exdiputado, para que él mismo se lo aclarara. Llamó sin parar al telefonillo hasta que una chica muy educada le dijo que «el señor no estaba en casa». Él le preguntó a qué hora regresaría y la empleada doméstica le contestó que no lo sabía, que era mejor que se fuera. Pero no pensaba darse por vencido, no se movería de ahí hasta comprobar si le estaba mintiendo una vez lo interrogara sobre sus sospechas.

Llevaba más de cuatro horas sentado en el bordillo de la acera de enfrente. En todo ese tiempo no había parado de fumar un cigarrillo tras

otro mientras pensaba en su mujer embarazada. No quería recordar aquella noche, pero nadie más que él deseaba probar la inocencia de Aníbal. ¡Aníbal! Miró el reloj, le quedaba una hora para visitarlo. Tiago se encendió otro cigarro y se levantó para caminar dando vueltas delante de la casa. La suerte se puso de su lado cuando, un cuarto de hora después, al final de la calle apareció un cochazo de color oscuro que se dirigía hacia donde él estaba, al lado de la puerta de la casa de Javier.

Tiago se echó hacia un lado y, cuando se abrieron las puertas del garaje, una vez que pasó el automóvil, se coló dentro de la parcela. Javier iba a bajarse del coche cuando vio a un hombre enorme parado frente a él.

Reculó en sus movimientos y decidió echar el cierre de seguridad para hablarle desde dentro, sin salir. Tan solo bajó mínimamente la ventanilla, lo suficiente como para escucharlo bien, pero que no pudiera agredirlo ni abrir la puerta desde fuera. Tenía tantos frentes abiertos que no sabía quién era y no pensaba salir hasta que se fuera.

— Perdón, ¿usted es…? ¿Qué quiere? —preguntó con prudencia, aparentando normalidad.

— Soy el viudo de Cristina, la mujer que murió en el incendio… —le dijo mirándolo fijamente a los ojos—. Sabe a quién me refiero, ¿verdad?

De pronto el hombre cambió el gesto, ahora mucho más amable.

— Claro, ya vino a hablar conmigo su suegra. Siento muchísimo lo que le ocurrió, pero…

— ¿Y qué ocurrió?, ¿usted lo sabe?

Tiago lanzó la pregunta mientras se echaba hacia atrás para dejarle abrir la puerta, a modo de señal, con la mirada fija en él, estudiando al milímetro cada gesto por pequeño que fuera. No quería perderse nada que lo ayudara a valorar su «presunta culpabilidad». Entonces la mirada de

Javier se tornó fría, había vuelto a aparecer todo su poder, y mostraba que no se iba a dejar intimidar por un mindundi como él.

— Escúcheme bien, porque no pienso alargar eternamente este jueguecito que se traen entre los dos. Ya les he trasladado al muchacho cerca, ¿qué más quieren? Disfruten de eso y olviden un pasado que no pueden cambiar. Y no vuelvan a amenazarme si no quieren que me deshaga de todos ustedes —dijo señalando hacia la casa de sus suegros—. «El viudo y padre del parricida pirómano mata a sus suegros en un ataque de locura». La prensa difundirá encantada que los culpaba de lo mal que estaban criando a su hijo para que acabara haciendo lo que hizo mientras usted trabajaba fuera. A estas alturas la gente se creerá cualquier cosa que digamos que ha ocurrido dentro de su casa, así que yo que ustedes me andaría con cuidado. Y más usted, si no quiere terminar entre rejas y medicado. Le aseguro que con la cantidad adecuada de litio y ansiolíticos tendrá unas alucinaciones que le costará creer que no es cierto todo lo que le repitamos. No tiene más que ver a su hijo.

Tiago tenía los ojos llenos de rabia. No pudo controlarse más y dio un par de golpes fuertes al cristal con los puños cerrados mientras gritaba.

— Yo que usted no haría eso. Váyase a casa y deje de incordiar. A los viejos no les queda mucho tiempo, aprovechen y vayan a ver al chico ahora que pueden. —Javier levantó el móvil para que su oponente pudiera verlo

—. Y dicho esto, salga de mi casa si no quiere que llame a la policía.

Tiago se quedó atónito, lo que le había dicho Javier confirmaba las teorías de su suegra y cambiaba la perspectiva de todo lo que había creído hasta ese momento. Pero, en lugar de intentar romper el cristal para agarrar del cuello al vecino o esperar hasta que se apeara del coche, le hizo caso y salió a la calle. Se había dado cuenta de que había cámaras que le habrían grabado colándose en la propiedad y hablando con él.

Javier no había salido del coche, por lo que podría testificar que él estaba amenazándolo y que por eso se encerró y se había quedado dentro. De hecho, las imágenes en las que él había aporreado el cristal salvajemente serían una prueba determinante. A partir de ahí podría inventarse cualquier cosa, pese a que en realidad era él quien lo estaba amenazando.

Además decidió dejarlo pasar porque tenía la necesidad imperiosa de ver a su hijo y quedaba poco para acudir a esa cita. No podía aguantar más para tenerlo frente a él y abrazarlo. Necesitaba decirle cuánto sentía no haber estado a su lado todo ese tiempo.

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