Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 35 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 9

9

Conforme sale al pasillo y avanza, Julia se topa con la inesperada estampa: todo el desbordante está plagado de palomas y pájaros negros y grises de distintos tamaños, y en la piscina y en el bordillo del jacuzzi hay también varios patos. A Julia le repelen los pájaros y aves, sobre todo después de haber visto veinte veces Los pájaros de Hitchcock y haberse pasado media infancia jugando a que era Tippi Hedren y que la atacaban sin parar. Sin embargo, no es esto lo que la enfurece, sino que tanto el fondo como el exterior está lleno de manchas negras. Se han cagado por todas partes. Cuanto más se acerca, peor es la imagen, y le está dando un asco tremendo. Va directa al lavadero y agarra una escoba. Abre la cristalera del salón empuñando su arma, como si fuera una lanza. Algunos ejemplares salen volando nada más verla, pero otros se mantienen fijos en su sitio, mirándola, sin inmutarse. Julia comienza a realizar movimientos bruscos, amenazándolos.

—¡Fuera! ¡Largo! —exclama con mayor agresividad.

Poco a poco consigue que todas las aves se vayan salvo los patos. Estos siguen tranquilos, como si la cosa no fuera con ellos, y Julia enfatiza las amenazas apuntándolos desde más cerca.

—¡Vamos! ¡Fuera! —grita.

Al ver que sus esfuerzos no obtienen resultado, se plantea si los patos no pueden escucharla o si su campo de visión es limitado. Sea lo que sea no piensa darse por vencida. Se sube al cuadrado exterior de gresite del jacuzzi y los persigue con la escoba. Por fin se mueven, pero muy despacio y

mirando de perfil, como si lo hicieran disimuladamente. Las heces que han ido dejando son con diferencia las más grandes. Se da cuenta de que hay verdaderos montículos dentro del agua y también en la zona donde se apoyan la cabeza y los brazos. Siente una intensa repugnancia.

—¡Largooo! —grita fuera de sí mientras intenta embestirlos con rabia.

Los patos por fin se dan por enterados y echan a volar. Pero Julia pierde el equilibrio y termina metiendo una pierna dentro del jacuzzi.

—¡Joderrr!

La saca enseguida y, aunque la caída podría haber sido mucho peor, solo se fija en las heces disueltas y, al pensar que las ha tocado, se pone mala.

—Aunque logres espantarlos, volverán. No olvides que eres tú la que está en su territorio y no al revés.

Julia se gira al escuchar la voz a su espalda. Es su vecina Laura, al otro lado de la valla. Junto a ella está Pepe, su enorme perro. La mujer la mira fraternalmente con su dulce sonrisa. Ella se la devuelve mientras se avergüenza de haber perdido los papeles. Por asqueroso que le parezca, está claro que ha pagado con aquellos animales todas sus preocupaciones.

—No te lo tomes como una invasión. Antes aquí no había ninguna piscina, pero sí un río con mayor cauce que ahora —continúa Laura—. Eres tú la que ha invadido su territorio, todos nosotros. Estamos en mitad de la naturaleza, hemos irrumpido en un lugar salvaje. Lo menos que podemos hacer es respetarlo. No se nos puede olvidar. Tendrás que convivir con ellos; es indispensable si quieres vivir tranquila y en paz sin partirte un tobillo.

—Ufff, es que mira cómo han dejado todo. Me he puesto nerviosa porque hasta que tengamos a alguien que venga a limpiar, me toca a mí, ¡es que parecen cagadas de dinosaurio! Así no me puedo meter en el agua… y todavía los patos son bonitos, pero lo de los gatos… Hay uno con calvas

que está todo el tiempo por aquí ronroneando y cuando me lo cruzo, me reta con la mirada. Parece salido de una película de terror. Me da miedo.

—Pero no hacen nada, te lo digo yo. Hay que ignorarlos, entender que este también es su sitio. No les des bola. Esto es el campo, terreno salvaje lleno de animales que luchan por sobrevivir. Así es la naturaleza. Además, piensa que donde hay gatos, no hay ratas. No sé si has visto alguna vez una de campo, suelen ser marrones y no negras y de tamaño casi como mi perro.

—Qué horror, me dan un asco.

—¡Ves!, si te están haciendo un favor. Te acostumbrarás. Mejor los gatos que zorros y jabalís.

—He visto esta mañana uno con sus crías.

—¿Un jabalí? —Julia asiente—. ¿Te ha atacado? A veces se enfrentan.

—No, he salido corriendo. No le he dado pie.

—Nosotros aquí abajo teníamos gallinas y se las comieron los zorros. La verja está destrozada. Por eso desde entonces la zona de abajo la doy por perdida. Ya te digo que hay que saber que aquí no estamos solos y aprender a convivir con todos ellos.

—Si lo sé, mis padres eran de Palencia y me he pasado media infancia en el pueblo rodeada de animales. Pero siempre he sido un poco señorita y dejé de ir hace siglos. Sentía que no era mi sitio. Pero este lugar es otra cosa, cuando vine por primera vez, me enamoré y no contaba con todo esto…

—Es el sitio perfecto para echar raíces, desde luego que no os habéis equivocado. Es solo que no se puede luchar contra la naturaleza —le explica mientras mira hacia la piscina.

Julia sonríe. Una vez más la conversación con Laura le da el enfoque que necesita, donde cada cosa tiene el lugar e importancia que le corresponde.

Le viene bien conversar con ella y relativizar. Verla es como asistir a una clase de relajación. Julia aprovecha la evidente complicidad.

—¿Alguna vez han entrado a robar en tu casa o has tenido algún problema de ese tipo?

—Qué va, ¿aquí quién va a entrar? Por el campo no pueden meter furgonetas, no hay acceso. Y para lo poco que podrían llevar a pie no les conviene enfrentarse a los dueños y meterse en problemas. Yo vivo tranquila porque, si entran, les resultaría imposible llevarse cosas sin que nadie los viese, y eso es un poco complicado. Que yo sepa, nunca ha habido agresiones. —Pero, de pronto, el rostro de Laura se crispa un poco—.

Salvo…, pero ese es otro tema. En realidad, que recuerde lo único que se han llevado ha sido a un niño… Una tragedia.

Julia se prepara para la frase que vendrá a continuación, la famosa pregunta de rigor:

—No tienes hijos… —Ella niega con la cabeza sin poder aguantar las lágrimas que asoman a sus ojos, hay algo en la calidez con la que le habla la mujer que consigue ablandarla—. Todo llega, confía —le dice con mucho tacto—, y este lugar es el adecuado, créeme.

Julia, que se ha ido acercando a la valla durante la conversación, no puede contener las lágrimas que le caen por la cara. Ya es tarde para darse media vuelta, sabe que Laura la ha visto.

—¡No quería ponerte triste!

—No te preocupes, soy yo. Estoy muy sensible, son muchas cosas —se excusa Julia mientras se limpia los ojos.

La anciana estira el brazo e introduce su pequeña mano dentro de la parcela de su vecina. Julia valora el gesto y le da la suya.

—Ya has dado el primer paso: construirte un hogar. A partir de ahí todos los males son menores, porque ya tienes tu lugar. Y ya sabes lo que dice la película: «Como en casa no se está en ninguna parte», era así, ¿no?

Julia vuelve a sonreír.

—¿Tienes hijos? —pregunta con el mismo cuidado.

Laura deja de agarrarle la mano y da un paso hacia atrás.

—Uy, no. No pudimos, no se dio o Dios no quiso. Pero construimos esto y, aunque a mucha gente le cueste creerlo, creamos un hogar. Nuestro hogar.

Hemos sido muy felices. La clave siempre fue querernos; luchar y ceder para conseguir estar a gusto. —Laura parece emocionada—. ¿Qué vas a hacer con todo esto? —pregunta la mujer señalando hacia la parcela sin ajardinar para cambiar de tema—. No me plantes algo que no pegue, ¿eh?

Sé respetuosa con el entorno.

—Por supuesto, estoy esperando a que llegue Rubén para hablar con el paisajista y saber qué es lo que queremos. Lo hemos dejado para el final porque no podíamos más después de toda la obra. Pero, vamos, pondremos algo muy sostenible. Plantaremos más encinas y árboles similares a los del monte y que no necesiten mucha agua ni mantenimiento.

—Hacéis bien porque lo del riego, menuda broma. Aquí las casas más antiguas tienen un pozo. Si te das un paseo por el campo, los verás en la parte de abajo. Pero de unos años para acá ya no dejan, por lo visto. Ponen mil trabas y es una pena, porque nosotros hemos tenido un jardín verde durante años gracias a él. Creo que tus vecinos tienen un aljibe.

—Me suena que sí, algo nos contaron de que tenían un sistema para recoger el agua de la lluvia para después utilizarla para el riego, ¿es eso?

—Así es, aunque con este tiempo, que no cae ni una gota, muy rentable no es. Vosotros sois libres de hacerlo, pero yo me lo pensaría.

—Desde luego, un pozo sería lo suyo.

—Pues entérate bien de si puedes hacerlo. Asegúrate, que cada dos por tres hay un helicóptero sobrevolando para ver si se está construyendo algo ilegal. Vamos, que están todo el día como buitres a la caza para sablearnos y recaudar y recaudar… Cuando tienes un problema, te ignoran, pero para

recaudar no les falta tiempo. El mío, entre que lleva toda la vida y que no se ve muy bien con las copas de los árboles y la vegetación, ahí sigue, aún no me han dicho nada. —Después de una pausa continúa con la conversación, dulce—. ¿Estás mejor?

—Sí, sí. Mucho mejor. Gracias.

—Me alegro; si me necesitas, ya sabes dónde estoy.

—Lo mismo te digo.

—¿Quieres que te lleve algo de comida? Siempre hago de sobra, la costumbre de cuando estaba mi marido…

—No hace falta, gracias.

Laura se despide con la mano y se adentra en el jardín. Julia se queda con una sonrisa en la boca, menuda suerte haber dado con esa mujer al lado y no con una de las bichas amigas de Pilu. Se gira y decide enfrentarse al problema con energía. Baja por el otro lateral hasta el cuarto de instalaciones. Mira en las notas del móvil las indicaciones que le había enviado su marido para depurar la piscina si había algún problema hasta que viniera un profesional. Las sigue al dedillo y cruza los dedos para no meter la pata. Después agarra un recogehojas y, cuando sale, en la parcela de sus otros vecinos se topa con alguien de espaldas que entra en el cuartito al que accedió el jardinero la tarde anterior. Debe de ser él, Julia espera un minuto para ver si con suerte sale y se ofrece a ayudarla o por lo menos se acuerda de que la tiene que llamar. Espera un poco más, pero no aparece, y sube de nuevo. Hace un buen repaso para quitar la porquería. Cuando termina, no ha eliminado todos los restos disueltos en el agua, pero el exterior ha quedado más limpio.

Vuelve al cuarto para dejarlo todo en su sitio y, cuando cierra, para su sorpresa, ve que no es el jardinero quien la está observando, sino el chico de la capucha, que la mira fijamente al otro lado de la valla, casi a su altura.

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