Dulce hogar
Día 5
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El papel comienza a arrugarse por los bordes porque Julia lo está apretando con los dedos mientras lo lee una y otra vez: «Me he tenido que marchar por una urgencia, Diego está con covid y tengo que cubrirlo. Puto virus, no me odies. Vuelvo en nada, te aviso». Julia no da crédito. No se puede creer que Rubén desaparezca así, justo ahora que sabe lo mal que lo está pasando por todo lo que ocurre a su alrededor. Le da igual que sea una urgencia, urgente es lo que le pasa a ella, que cada vez se siente más sola y descontrolada. Además, ¿cuándo lo han llamado?, ¿mientras dormía o es que seguía desvelado? Le jode que la trate como si fuese tonta, como si no se diera cuenta de que lo del covid era algo recurrente que olía a la legua a excusa fácil.
No piensa consentir este comportamiento, tiene que estar viéndose con alguien. ¿Cuando le dice que volverá pronto significa que vive cerca? Hace un repaso rápido a todas las excompañeras con las que podría estar teniendo algo. Le arden las tripas de la rabia que siente. Después de todo esto, ¿con qué ánimos puede intentar formar una familia? Pero si él siempre está a la defensiva. Si solo se gusta a sí mismo, cómo va a tener un bebé y dejar de ir al gimnasio… Ya, claro. Por eso no se toma en serio lo del tabaco. Es un imposible y lo que más detesta es que no se lo diga a la cara y actúe como un crío.
Muy encabronada, Julia saca el teléfono y revisa las cámaras de seguridad. Según estas, a las tres de la madrugada su marido sale al pasillo desde su habitación con una mochila. Baja al sótano y se dirige al cuarto en
el que lo sorprendió antes. La luz se enciende y vuelve a apagarse a los tres minutos, él sale con la mochila perfectamente colocada a la espalda, ¿qué ha ido a buscar? Después abre la puerta principal y las cámaras de fuera lo recogen caminando con prisa hasta que cierra la puerta de fuera. No se ha llevado el coche, pero tampoco le espera ninguno. Aunque podría estar aparcado hacia delante o hacia atrás.
Julia se guarda el teléfono y baja las escaleras corriendo hasta llegar a la habitación del sótano. Al entrar, se da cuenta de que todo está desordenado, hay carpetas por todos lados colocadas en distintos montones. Se acerca al archivador que manipulaba su marido cuando lo sorprendió y, aunque no está segura, le parece que podría faltar alguna carpeta. Sigue mirando y localiza que en una de ellas están las llaves de casa de sus padres, la del chalet que tienen en Soria y la del apartamento en la playa al que Rubén va con su familia desde que era pequeño. ¿Y si no había vuelto para llevarse ningún documento, como pensaba en un principio, sino para coger las llaves del refugio al que pensaba ir con su amante?
Julia deja todo como está y sube cabreada a la cocina para hacerse un café, hoy pasa de té; necesita un buen chute. Da un buen sorbo y enciende la televisión para tenerla de fondo al prepararse el resto del desayuno.
Mientras se hace la tostada, zapea un rato, hasta que en el Canal 24h ve una imagen que por poco le hace escupir el café: es la casa de Javier y Vanesa.
La enfocan desde abajo, a la altura del campo. La construcción parece aún más alta y desoladora. La voz de un locutor narra lo sucedido:
«Ha desaparecido Javier Carrión, exdiputado del actual partido de la oposición y una de las personas más influyentes en de la Comunidad de Madrid. Se cree que su desaparición podría estar relacionada con un secuestro o con una huida para evitar un posible ajuste de cuentas. Carrión, su mujer y sus tres hijos, el más pequeño una bebé de apenas unas semanas,
vivían en Colombia desde que lo destinaran a un puesto directivo en una de las empresas más importantes del país».
En la imagen aparece el jefe de la UCO de la Policía Nacional dando unas declaraciones durante una rueda de prensa: «En un principio los familiares pensaban que podrían haber sido secuestrados en Colombia y que no hubieran llegado a abandonar el país. Sin embargo, hay constancia de que toda la familia voló a Madrid y hay cámaras que los sitúan entrando en la urbanización en un taxi. De hecho, el taxista confirma que es la familia que recogió en el aeropuerto y que los trajo hasta su casa. La familia venía unos días para celebrar el cumpleaños de la madre de Javier Carrión. Una vez aquí, se les pierde la pista. No hemos podido recuperar las imágenes de las cámaras de seguridad de la vivienda porque los cortes de luz son muy habituales en la zona y estaban apagadas. Pero sí tenemos las imágenes del taxi con toda la familia a punto de llegar a su casa y a la mañana siguiente las mismas cámaras de la urbanización muestran cómo su mujer sale a las diez en el coche familiar y vuelve una hora más tarde. En el domicilio faltan algunas maletas y pertenencias. Tampoco se han encontrado sus pasaportes ni documentos de identidad, pero los familiares de Carrión insisten en que no creen que se trate de una huida. El resto es un misterio. Estamos trabajando para averiguar si se trata de un secuestro o de una huida. De momento no podemos contarles nada más. Desde aquí quiero hacer un llamamiento a la colaboración ciudadana para todo el que pueda haberles visto en las últimas horas o tenga información sobre su paradero».
Al terminar se escucha a un periodista que le hace una pregunta. «¿Creen que podría tratarse de otra acción del conejo Sweet Bunny? ¿Podrían estar ampliando el target a familias enteras para protagonizar los vídeos snuff que circulan en la Deep Web?». El jefe de policía le contesta educado y serio:
«Esto ha sido todo. Muchas gracias por su atención. Esperemos encontrar a
la familia sana y salva en las próximas horas». En la pantalla aparece una fotografía de todos los miembros posando y sonriendo a cámara. Son la familia perfecta.
Julia traga saliva. Por incómodo que sea hablar del chico de la capucha, tiene que ayudar a encontrar a sus vecinos, sobre todo ahora que no está su marido y, además, esa es la manera perfecta de librarse de él de una vez por todas. Saca el móvil y busca en la agenda el teléfono de Candela, la teniente de la Guardia Civil. Cuando esta responde, Julia dice:
—Puedo ayudarlos. He visto a una persona en la casa de mis vecinos.
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Todo está a oscuras, salvo el despacho que se ve al fondo, donde hay una luz muy tenue, entre la habitación principal y las de los niños, separadas por puertas correderas. Camina hacia ahí con la carpeta en la mano, sabe a lo que va, pero el ambiente es propio de una película de terror y tiene miedo. Cuando llega, da un paso hasta entrar. Justo en ese momento una puerta corredera metálica se cierra de golpe a su espalda antes de que pueda reaccionar, otra que hay enfrente se abre. Le parece ver a su amigo, pero la escasa luz anuncia lo que sería una versión animal de este. Parece encorvado, con los hombros y los brazos hacia delante. Tiene las rodillas flexionadas en una posición de ataque. Se fija en sus manos y los dedos de la mano derecha parecen garras; sin embargo, en la izquierda no hay rastro de ellos. En los segundos que tarda en enfocar, escucha el llanto de un bebé. Debe de ser su hija recién nacida. Él mira hacia los lados, buscándola, pero el tono del sonido le hace dudar de si está en la misma habitación o si procede del hilo musical. Cuando vuelve a mirar al frente, su amigo avanza hacia él. Todo sucede tan deprisa que su cerebro no logra descifrar a qué corresponde el dolor que se hace presente en distintas partes de su cuerpo. Le quema la cara, debe de haberle arañado, y nota un golpe en los ojos que le tira de espaldas. Parece como si se los hubiera intentado meter hacia dentro. Se incorpora como puede y le dice: «Eh, qué haces, eh. Tranquilo, lo he traído todo». Mientras, se zafa como puede, pero los gritos del bebé cada vez son más fuertes. Parece una pesadilla.
Trata de ver a su amigo y lo descubre pálido, con cortes en la cara. Parece
un zombi. La rabia en sus ojos es tan bestia que entiende que solo le queda una opción: luchar.
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