Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 84 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 2

2

Javier estaba contemplando las vistas desde la parte de abajo de la parcela, apoyado en la barandilla de cristal, cuando escuchó que se abría la puerta de la sala de estar en el sótano. Se dio la vuelta y vio a Carlos, su hijo mediano, con una pelota de fútbol en la mano y una sonrisa de oreja a oreja. Los toques de balón pasaban a un segundo lugar cuando Javier ponía toda la energía en picar a su hijo con bromas y cortes constantes. No lo podía evitar y, aunque no lo hacía con maldad, no se daba cuenta de que resultaba molesto, incluso torpe. Una llamada al telefonillo interrumpió el juego. En un primer momento, Javier no se inmutó porque, aunque su mujer se había asomado hacía unos minutos para decirle que iba a ver si tenía hueco en la peluquería, su hija Beatriz estaba en casa y podía abrir.

Pero dada la insistencia con la que seguían llamando, dedujo que, para variar, debía estar hablando por teléfono o grabándose mientras hacía bailecitos, así que corrió al interior para que no se despertara la bebé.

— Hijo, voy a abrir un momento, ahora bajo. Ve entrenando, a ver si eres capaz de meterme algún gol luego.

Vio sonreír a Carlos y fue directo a las escaleras, pero antes vio por la cámara del telefonillo desde el monitor que había en esa planta a un hombre impaciente con una gorra y un paquete. Justo cuando este iba a volver a llamar, intervino Javier.

— Le abro. Perdone, es que estaba fuera, ya subo —le dijo por el interfono.

Observó que el mensajero entraba y subió corriendo las escaleras hasta

llegar a la puerta. Al abrirla, se encontró con que el repartidor esperaba prudentemente a medio camino con una gorra y una mascarilla puesta, Javier se acercó a él.

— Hola.

— Hola —respondió, estirando el brazo para que cogiera el paquete—.

¿Javier Carrión?

— Sí.

— Su DNI, por favor.

Javier fue deletreando cada número mientras bajaba la mirada para ver si el remitente le daba una pista y averiguaba qué era lo que le enviaban.

Tiago aprovechó el descuido para propinarle una descarga con el aparato que llevaba en la mano y que resultó no ser una máquina para llevar el control de los pedidos como al principio había supuesto.

El dueño de la casa tuvo varios espasmos y, antes de que su cuerpo pudiera reaccionar a las descargas, Tiago le dio un cabezazo en la frente que le hizo caer fulminado. Una vez que tuvo a su presa en el suelo, bajó la mirada para verlo y vio que estaba sangrando, pues por su frente se deslizó una gota de sangre que fue a parar al torso de Javier. Al golpearle se había hecho una herida en la ceja que le sangraba, pero que en caliente no le dolía. Se limpió como pudo con un pañuelo usado que llevaba en el bolsillo del pantalón y agarró al hombre de los tobillos para arrastrarlo al interior de su casa. Después cerró, echó la llave que había puesta y se la guardó en el bolsillo. No había ninguna luz dada, pero para nada resultaba un lugar sombrío. Sus dimensiones eran descomunales, al igual que los enormes ventanales desde los que se veía el monte. La decoración era tan estudiada, como de catálogo, que parecía más la recepción de un hotel que el vestíbulo de una casa. A su derecha había varias habitaciones con las puertas cerradas. Algunas daban a un patio interior, una especie de

invernadero enorme que aportaba un toque muy especial al lugar. Tiago se dio cuenta de que de una de las habitaciones salía música a un volumen bajo. Tuvo que acercarse bastante hasta que supo que procedía de la que estaba al fondo del todo.

Recorrió los metros que le faltaban hasta llegar a ella con sumo cuidado y con el aparato antiviolación preparado para actuar. Abrió la puerta lentamente y allí se encontraba Beatriz, la adolescente que había visto en las publicaciones de su madre y en las suyas propias en Instagram, haciéndose fotos con el palo selfi de cara a la puerta y con el ventanal con el paisaje de fondo. La hija mayor de Javier y Vanesa estaba repitiendo la foto infinidad de veces y, mientras miraba el objetivo con su mejor pose, vio aparecer una silueta en la puerta.

— ¡Papá, llama antes, va! —dijo mientras bajaba el teléfono.

Pero no era su padre, sino un tipo aún más alto y corpulento que le dio una descarga que la tumbó de inmediato. El llanto de Estrella sorprendió a Tiago, que no había caído en que había una cuna portátil que parecía un cesto lleno de lazos rosas. Vanesa la había llevado a la habitación de Bea para que no la perdiera de vista mientras ella salía. No se fiaba de su padre y de su hermano, con lo brutos que eran, y le dijo a su hija que no tardaría más de una hora…

Tan solo le faltaban el niño y la madre, que no sabía cuánto tardaría en volver. Tiago lo buscó por la casa, pero no dio con él. Hasta que cuando bajó las escaleras y llegó a la parte de abajo, se lo topó fuera lanzando un balón contra un muro y una portería. Aprovechó una de las veces en las que estaba de espaldas para cerrar la puerta de acceso a la habitación y salió para jugar al escondite. Le gustaba la idea de que el niño lo persiguiese y no viceversa. Pero no podía demorarse mucho, quería tenerlo todo preparado antes de que Javier o su hija se despertaran.

Subió los peldaños de las escaleras de dos en dos, acompañado por el llanto de la bebé que se escuchaba en la última planta. En ese momento notó la vibración de su móvil en el bolsillo del pantalón, era su hijo. Estaba fuera y llamaba para que le abriera, tal y como habían quedado. Apareció cargado con una mochila de la que sacó una cuerda fuerte para atar a Javier entre los dos. Cuando estaban en ello, alguien llamó al timbre de la entrada. El chico se levantó sigilosamente para comprobar por la mirilla que era Carlos, el mediano, que había rodeado la parcela para encontrar a su padre o a alguien de su familia que le abriese. Tiago asintió a su hijo y salió por la puerta lateral para poder rodear la casa y colocarse tras el niño. En menos de cinco minutos tenía sus dos manos enormes tapándole la boca y apretándole contra él para inmovilizarlo. No quería usar la descarga contra un niño de esa edad, lo necesitaba bien espabilado para todo lo que tenían pensado. Lo llevó al vestíbulo de la entrada donde lo esperaba su hijo con la bebé en brazos y los deberes hechos: tanto Javier como Beatriz estaban en el suelo atados y con la boca tapada con un esparadrapo. El niño intentó gritar y patalear cuando los vio.

— Quieto, ¡para! No te va a pasar nada —le dijo Tiago para intentar calmarlo.

Antes de que le diera tiempo a terminar la frase, su hijo ya había avanzado hasta él para darle una descarga que hizo que Carlos perdiera el conocimiento inmediatamente.

— Ha sido suave —dijo el chico cuando su padre le echó una mirada fulminante—. ¿Qué querías que hiciera?

El sonido de la puerta del garaje los alertó de que un coche estaba a punto de entrar. Desde donde estaban se escuchaba el motor.

— ¡Vamos! —le gritó Tiago señalando la puerta de la habitación que les pillaba más cerca, una de las que daban al invernadero.

El chico obedeció, pero tenía a la bebé en brazos y no paraba de llorar.

Su padre se la arrebató.

— Ocúpate de eso —dijo señalando a Javier y a sus dos hijos mayores—.

Ata al crío y tápale la boca… coge el móvil al padre, lo abres con su huella y le mandas un mensaje a la madre, se llama Vanesa o amorcito o cariño…

¡lo buscas! —le ordenó mientras se dirigía a las escaleras.

— ¿Y qué le pongo?

— Que estáis dando un paseo…, «así tienes un rato para ti…», me esperas ahí, ahora vuelvo.

Tiago bajó las escaleras a toda pastilla, con la bebé cada vez más nerviosa. No quería que la madre la escuchara al entrar, se diera cuenta de que ocurría algo raro, llamara a la policía y les jodiera el plan. Llegó al sótano de la vivienda y entró por una pequeña puerta en uno de los laterales a un cuarto diminuto en comparación con el resto de la casa, lleno de herramientas y maquinaria para el jardín y la zona exterior.

Enfrente había una puerta metálica con franjas por las que entraba luz de fuera. Tiago dejó a la niña sobre unos cojines que quitó de unas sillas que había apiladas en una esquina, y que colocó sobre el suelo. Después abrió la puerta con la llave que estaba puesta en la cerradura. Antes de salir se puso unos guantes, agarró una bolsa de basura y, conforme subía hacia el aparcamiento de la vivienda, fue arrancando ramas de los árboles y arbustos que le complicaban el camino.

Al llegar a la altura del coche vio que la mujer lo había descubierto y lo miraba con desconfianza, así que decidió improvisar, saludarla con la mano y ser lo más educado posible. Intercambiaron un par de frases y pudo notar cómo, en cuanto se creyó que estaba trabajando en el jardín, Vanesa se relajó y entró en la vivienda. Solo tenía que volver a entrar por donde había salido y hacer con ella lo mismo que con el resto de sus familiares,

salvo que esta vez tendría que esforzarse aún más en mantener el control para no hacerle lo mismo que le hicieron a su mujer. Aunque no sería necesario, no pensaba ser tan tonto de echar por tierra el resto del plan y, además, nunca permitiría que Javier se lo perdiera. Llevaba demasiado tiempo esperando para ver el dolor en sus ojos.

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