Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 11 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 10

10

El corazón de Julia late a mil por hora. El reflejo en la pantalla del teléfono muestra su imagen difuminada y, detrás de ella, lo que parece ser una sombra negra con unos enormes brazos. En su cabeza alberga la posibilidad de que alguien esté avanzando en su dirección para atraparla.

Piensa en qué ocurriría si viera a una persona en el interior de la casa yendo hacia ella a toda prisa. El pensamiento dura apenas un segundo, el tiempo que tarda en girarse de golpe y entender de qué se trata: es la lámpara del comedor del diseñador Serge Mouille, con los enormes brazos en forma de ramas que desembocan en pequeñas tulipas también negras. Suspira aliviada, no puede ser que su cabeza la traicione de esa manera y vea peligros donde no los hay. Con la tontería se le han cortado las ganas de seguir jugando; además, Rubén no ha respondido a su mensaje, seguro que no lo hará hasta que termine de trabajar. Justo cuando no queda rastro del sol se vuelve a poner el biquini y decide salir del jacuzzi.

La oscuridad de la noche empieza a imponerse y no desea que la pille desprevenida. No quiere tener que recoger nada ni encontrarse con la imagen del monte a oscuras. Se ha enrollado alrededor del cuerpo una toalla. Antes de entrar en la casa, se sirve un vaso de gazpacho y se lo lleva a la parte de arriba. De camino, en la fila de interruptores pegada a la isla, enciende el led del mueble de la cocina, la vitrina y la línea de luces que hay bajo el hogar de la chimenea. De pronto la casa está superiluminada, es más que una señal para que desde fuera piensen que hay alguien. Aunque si quisieran entrar, seguramente llevarían rato observándola y ya sabrían de

sobra que está sola. Termina de subir los peldaños de las escaleras cabreada consigo misma por dar rienda suelta a sus elucubraciones en lugar de cortar por lo sano, tomarse una pastilla que la deje fuera de combate y levantarse al día siguiente como si nada.

Deja la luz de la escalera también encendida y acelera el paso hasta meterse en el vestidor y cerrar la puerta tras ella. Después se dirige a la habitación y cierra la puerta de acceso que hay por ese lado. Entonces entra en el lavabo, enciende la luz y se bebe el gazpacho de un sorbo. Se quita el biquini y lo deja tendido en el borde de la bañera. Vuelve a taparse con la toalla y se lava los dientes a la velocidad del rayo. No tiene tiempo de desmaquillarse y hacer su rutina de belleza, hace un pis rápido y se mete en el dormitorio cerrando la puerta corredera a su paso. Nada más encerrarse, la oscuridad la envuelve por completo. Se pone muy nerviosa y enciende la linterna del móvil a toda prisa. No ha encendido ninguna luz del dormitorio y fuera está prácticamente a oscuras, pese que en el interior de la casa ha dejado bastantes luces encendidas. Intenta apartar la mirada para no volver a caer en malos pensamientos que la atormenten, pero a lo lejos divisa un par de luces que provienen de las casas cercanas. Va a bajar la persiana desde la aplicación de la domótica en el teléfono, pero, finalmente, se dirige hasta la botonera y escucha cómo cada lama hace su recorrido de bajada hasta que la cristalera doble queda sellada por completo. Enciende la lámpara de la mesilla mucho más aliviada. Se quita la toalla y la deja en uno de los apoyabrazos de hierro de la butaca tapizada con piel de vaca que tanto le gusta. Abre la cama y se mete dentro. El tacto de las sábanas limpias de seda sobre su cuerpo le resulta de lo más gustoso. Merecía la pena lo que habían pagado a la agencia de limpieza, el servicio había sido impecable. Esta vez tenía que dar la razón a sus vecinos cuando les aseguraron que el nivel de gusto y precisión rozaba lo exquisito. Ojalá

tengan la misma suerte con la chica que se ocupe de las tareas domésticas.

Es la primera noche que va a pasar en la casa que pretende que sea para el resto de su vida y no consigue quitarse el mal sabor de boca que la ha acompañado a lo largo del día. Mira el teléfono y confirma que su marido sigue sin ver la foto que le ha enviado. Cierra los ojos y habla bajito.

—Todo va a ir bien. Tengo una casa de ensueño; mi vecina, contra todo pronóstico, no puede ser más maja y cariñosa; vamos a encontrar una chica estupenda que me tendrá como a una reina y en nada llega Rubén y se acabará el miedo y la sequía…, vamos a follar como si no hubiera un mañana…

Julia se ríe ella sola, cuando está nerviosa se pone muy bestia y le hace gracia lo burra que puede llegar a ser.

—Y además voy a ver a Pilu, ya es hora.

Piensa que cuanto antes se normalice su situación, mejor. Así que coge el móvil y sus dedos se mueven a toda velocidad mientras escribe a su amiga:

«Holaaa. Ya estoy aquííí…, ¿desayunamos mañana?». En menos de un minuto recibe una respuesta: «Aaah, sí, por favor…, qué ganas. Mañana a las 9.00 en la panadería, al lado del sitio de las tortillas. Besitos. Qué ganasss».

Julia sonríe, pone el despertador a las 8.30 y deja el teléfono de nuevo en la mesilla. Duda en si encender la televisión para tener luz y que haya ruido de fondo, pero después piensa que si alguien entra en la casa, prefiere escucharlo y poder reaccionar a tiempo. Termina cerrando los ojos con la esperanza de conciliar el sueño cuanto antes.

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