Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 92 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 10

10

Todos los intentos que Rubén había hecho hasta el momento para explicar qué ocurrió en realidad la noche del incendio, para dejar claro que él no había matado a nadie, no sirvieron de nada. Estaba desesperado, cansado y aturdido todavía por el golpe. Llevaba horas sin comer y notaba que le flojeaban las piernas. De vez en cuando escuchaba gritos a lo lejos, como si alguien estuviera siendo torturado en otra habitación. Si lo hubiera sabido, jamás le habría llevado a Vanesa la carpeta con todos los documentos. Pero ahora ya era tarde y no servía de nada arrepentirse, bastante se fustigaba ya. Tenía que conseguir salir de ahí.

La puerta no se abrió hasta horas después y cuando lo hizo, dos siluetas entraron en el cuarto en el que lo tenían retenido. La luz del pasillo estaba encendida e iluminaba levemente la estancia. Tardó apenas unos segundos en darse cuenta de que se trataba de la madre de la mujer que murió en el incendio… y ¡del chico! ¿Cómo era posible que ya estuviera en la calle? Al verlos, Rubén se puso a temblar, tenía miedo, y al mismo tiempo sentía la necesidad de disculparse y de sacar todo lo que le llevaba torturando desde aquella fatídica noche. Se puso a llorar, había cargado durante tanto tiempo con el peso que suponía saber que les había destrozado la vida que, sumado a la situación tan extrema en la que se encontraba, se notaba desbordado…

— Lo siento, lo siento mucho… Yo no quería… —se lamentó entre lágrimas—. Fue Jacobo, la mano derecha de Javier quien lo hizo. Él tiró el mechero… Fue él quien la quemó, lo juro… —No podía ver bien la

expresión de ambos por el contraluz, pero sabía que seguían de pie frente a él—. No tendría que haber ocurrido algo así, no estaba planeado. Solo debíamos quemar el terreno y avisar antes de que se extendiera demasiado y afectara a más campo del deseado y a las casas colindantes, como la suya.

Laura se acercó y se llevó un dedo a la boca para que guardara silencio.

Rubén obedeció, pero las lágrimas siguieron corriendo por sus mejillas.

— Hemos revisado todo lo que nos has traído. —El rehén esperaba que ese fuera el momento en el que le dijeran que todo estaba en orden y que lo liberarían porque había cumplido su parte. Pero no fue así—… Y, después de haber tenido que retrasar todo por ti porque estabas de viajecito, resulta que uno de los documentos, en el que se especifica la cantidad que cobró el señor Jacobo San Juan por el «trabajito», no es el original y, por supuesto, falta el tuyo… ¿o te piensas que somos imbéciles?

— Yo no tengo ningún contrato porque no hice nada.

El muchacho se acercó a él y sin previo aviso le agarró de una oreja.

Rubén sintió un corte seco y un intenso dolor. La sangre chorreaba como muestra de que el infierno era real.

— ¡No vuelvas a mentirme! Quemasteis a mi madre…

— Es verdad, yo estaba con Jacobo aquella noche. Pero lo que cobramos no era por matar a nadie, solo teníamos que quemar el terreno para poder construir… Ese era el pacto… Lo demás no estaba planeado, fue un accidente.

— ¿Dónde está?

Rubén lloraba de impotencia, no había ningún contrato a su nombre. Esa era precisamente la única coartada que tenía, aparte del original en el que constaba que Jacobo había cobrado por quemar el terreno. No quería dárselo bajo ningún concepto y soltar la última carta que le quedaba. El

documento que todos firmaron en su día para que ninguno traicionara al resto y que intentaba evitar que cayera en las manos equivocadas.

— Muy bien, cariño… —La mujer hizo un gesto a su nieto.

El chico sacó un cuchillo con una hoja enorme y se colocó detrás de Rubén, que sintió el frío de la hoja en el cuello.

— No lo haga, por favor…

— ¿Dónde están?

— Le juro que solo se firmó el contrato con Jacobo. Javier y yo somos amigos de toda la vida. No necesitábamos firmar nada. ¡Se lo juro!

— ¿Y el original?

El chico apretó más el cuchillo y una gota de sangre descendió por el cuello de Rubén.

— ¡En mi casa! Está en mi casa…

Rubén llamó a Julia con el cuchillo en la yugular, intentando estar sereno y transmitirle seguridad, pero por dentro estaba roto. Sin embargo, la respuesta de su mujer nada más aceptar la llamada le rompió todos los esquemas.

— ¡¿Qué has hecho?! ¡¿Estás loco?! No sé quién eres…

Él no sabía a qué se refería ni si estaba al tanto de lo que sucedía. Ni por asomo se imaginaba qué le había ocurrido para que reaccionara así. Y es que, mientras él esperaba atado, solo en ese cuartucho de mala muerte, el chico había dejado un sobre con el dedo de su amigo y socio en su casa.

Julia lo había abierto y lo peor de todo es que pensaba que había podido ser él, su marido, quien había hecho semejante atrocidad.

El cuchillo apretando su garganta cada vez más fuerte dirigió el resto de la conversación. Rubén le pidió que buscara la documentación original, que había dejado dentro de una carpeta escondida en el trastero, y le indicó que se lo llevara de madrugada al lugar que le había dicho previamente

Laura. Por suerte, ella no podía verlo, porque en ningún momento paró de llorar. Solo hubo dos instantes en toda la precipitada conversación en los que Rubén se salió del guion que le habían marcado para utilizar sus propias palabras y hablarle desde el corazón. El primero fue cuando le dijo: «No preguntes. Si quieres que se acabe esta pesadilla, haz lo que te diga». De verdad quería que se acabase y ella era su única esperanza. El otro fue cuando le dijo que no le fallara. Conforme pronunciaba estas últimas preguntas, esforzándose por contener el llanto, se preguntaba si no sería él quien le había fallado a ella. Después colgó. Sintió cómo el chico aflojaba el cuchillo hasta alejarlo de su cuello. No sabía cuánto quedaba para la madrugada, pero rezaba para que fuera pronto.

— Bien, todo marcha según nos dijo Javier… —dijo Laura intencionadamente.

Rubén no sabía a qué se refería. Estaba expectante. Deseaba que lo que insinuaba la señora no fuera cierto, pero sabía que por mucha hermandad que siempre hubiera demostrado su amigo Javier, en una situación límite como en la que se encontraban, le habría vendido sin pensárselo dos veces.

— Lo siento, de verdad… —dijo a modo de súplica.

— ¿Sabes qué pasa? Que a estas alturas no nos vamos a conformar con un «lo siento». Alguien tiene que pagar por lo que hicisteis y Javier tiene muy claro cuál de los dos debe ser…

— ¡Jacobo, ya se lo he dicho! Fue él quien la mató y lo quemó todo. Yo ni la había visto… hasta que no apareciste —dice mirando al chico— y corriste hacia ella no sabía que había una mujer ahí…

— Vosotros no hicisteis nada, ¡claro! Tú pasabas por ahí… Lo vi claramente en tu cara mientras te suplicaba que me ayudaras aquella noche… —soltó con sarcasmo.

— ¡Yo no la maté! De verdad que no sabía que estaba ahí… intente

impedir que lo hiciera… pero él lo prendió todo… Jacobo, fue él… ¡Yo te salve, si no te hubiera arrastrado, ahora también serías cenizas! —dijo desesperado al chico sin medir sus palabras.

La luz era tan tenue que no le permitió ver que no había ni rastro de las quemaduras en su cara.

— Pues entonces ya sabes lo que tienes que hacer… Si tu mujer nos trae lo que falta, por nuestra parte estamos en paz. Pero creo que Javier no piensa lo mismo…, y me temo que solo puede quedar uno…

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