Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 44 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 18

18

El pie de Julia da toquecitos continuos al suelo a modo de tic nervioso, mientras espera a que se despierte su marido de la siesta. Tiene tanto que contarle que se le acumulan los deberes; por ejemplo, averiguar qué ha hecho realmente cuando dijo que salía a correr. Rubén aparece sin camiseta, rascándose la cabeza y despejándose aún más el pelo, que tiene totalmente encrespado. Se acerca a ella y le sujeta la cara con las manos para besarla suavemente, con mucha delicadeza. En ese instante las elucubraciones sobre una posible amante se desvanecen y cree que quizá sí estaba cansado como decía, que es evidente por la siesta que se ha echado. Tal vez solo fue a dar un paseo y a fumar para calmar los nervios y disimuló la agitación de vuelta.

—Ya estoy… —le susurra al oído sin soltarla.

Ella lo abraza poco a poco, rindiéndose a su calor. Quiere olvidarse de todo y quedarse a vivir en ese instante con verdadero sabor a hogar. Cuando se sueltan, él la coge de la mano y la lleva al dormitorio. La tumba en la cama y la vuelve a abrazar mientras le acaricia el pelo.

—A ver, ¿cómo estás?, ¿qué tal estos días?

—Ufff, no sé por dónde empezar… Han pasado muchas cosas…, pero antes quiero contarte algo que me tiene preocupada.

Julia se incorpora para quedarse sentada, Rubén la mira interrogante.

—Ha pasado algo en la casa de Javier y Vanesa. Estos días he visto que había alguien dentro, creo que estaba limpiando o haciendo algo en la

habitación que da a nuestra piscina, pero hace un rato he empezado a ver mucha gente…

—Se estarán mudando…

—Estaba la Guardia Civil… Había dos agentes de paisano.

—¿Y si iban de paisano cómo sabes que eran guardias civiles? Igual han traído seguridad, son capaces.

Julia toma aire y le explica todo lo que ha ocurrido desde que llegó a la casa: los encuentros con Jacinto, el supuesto vigilante; los avisos del anciano sobre las llamas y el incendio que hubo en la urbanización, la llama que alguien sujeta cada noche frente a la casa, el conflicto con Paula y su marido, los dos episodios con el hombre vestido de negro, que la llevan a pensar que está vinculado con lo que ha sucedido en la casa de sus amigos y que, por eso, se justifica la presencia de los dos agentes de la Guardia Civil.

Le cuenta todo, menos, por supuesto, la presencia del chico de la capucha.

No confía en que vaya a ser capaz de salir del paso sin que él note algo extraño. Rubén la escucha con atención y conforme avanza el relato la coge la mano.

—Después de todo esto, ¿sigues pensando que no ha sucedido algo en su casa?

—Lo que creo es que tenemos que poner una alarma ya. Ahora llamo para que vengan cuanto antes.

—Gracias, te lo iba a proponer. ¿Y de lo de Javier y Vanesa?

Rubén se levanta de la cama y va hacia el baño para peinarse y asearse mientras siguen hablando.

—A ver, yo creo que con todo lo que ha pasado, es normal que te preocupes, pero, sinceramente, pienso que si has visto que estaban limpiando, igual han descubierto que han entrado en la casa y que faltan cosas… Luego le escribo. Aunque no creo que les joda mucho que les

hayan quitado algo, estos ni se enteran. Me pongo con lo de la alarma —

dice de vuelta a la habitación.

Rubén agarra el móvil y sale al pasillo mientras busca información sobre a qué empresa de seguridad llamar. Por primera vez en días, Julia tiene un pequeño halo de esperanza. Se acurruca en la cama y se queda ahí un buen rato disfrutando del añorado momento de paz.

—Ya está, vienen mañana a las cinco de la tarde. Me han dado la opción de por la mañana, pero era muy temprano y yo quiero levantarme muy tarde

—le explica mientras vuelve a besarla.

El telefonillo estropea la efusiva muestra de amor. Rubén se queda quieto y le hace un gesto para que entienda que él está a medio vestir.

—Voy yo, anda, que tienes un morrazo.

Julia le da un pico y se levanta, va hacia la pantalla y descubre a Candela y Mateo al otro lado. Se pregunta si vendrán por algo relacionado con sus vecinos o si habrán encontrado más pistas sobre el hombre de negro. Abre directamente y teme que ambas cosas puedan estar relacionadas y el problema tome un cariz mayor.

—Buenas tardes.

Los dos agentes la saludan.

—Buenas tardes —responde ella inquieta.

—No se asuste, no venimos por nada nuevo sobre lo que le ocurrió anoche. ¿Ha puesto la denuncia? —continúa la agente.

—Sí, esta mañana a primera hora.

—Perfecto, ya verá cómo se queda en un susto —le contesta Candela más como una frase hecha que con verdadero convencimiento—. En realidad venimos para saber si ha visto a sus vecinos. A Javier, a Vanesa o a alguno de sus hijos. Creo que son amigos, ¿verdad?…

—Sí, sí, lo somos. Compramos las parcelas a la vez…

—¿Los ha visto? —interviene Mateo.

—No, creo que no han llegado aún, ¿o me equivoco? ¿Ha pasado algo?

Candela la mira seria y continúa interrogándola:

—¿No ha visto ningún coche ni nada por el estilo, algún movimiento?

—Sí, he visto varias veces a Karim, el jardinero, trabajando fuera…

—Hemos hablado con él, sí.

—Y este mediodía me ha parecido ver a alguien dentro. —Mateo apunta en una pequeña libreta que ha sacado del bolsillo de su cazadora—. Creo que estaba limpiando, pero la realidad es que apenas se veía más que una silueta lejana. ¿Han entrado a robar? —pregunta asustada.

—Muchas gracias por su colaboración. Si los ve o tiene noticias suyas, llámeme, por favor. Ya sabe cómo localizarme.

—¿No piensa contarme qué está ocurriendo? Me dice que me calme, que todo se va a quedar en un susto y luego me deja así. ¡Cómo me voy a calmar! Dígame, ¿qué ha sucedido?

Después de un pequeño silencio, Candela se lo suelta:

—Sus vecinos han desaparecido.

—¿Todos?

—Sí. Los niños también, incluida la bebé —remata Mateo.

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La bebé se porta muy bien, no está nerviosa para llevar horas sin ver a sus papás. Quizá es demasiado pequeña para echarlos de menos. Su piel es extremadamente suave y frágil. Él se deleita observándola y deslizando sus enormes dedos por sus pequeños brazos y sus rollizas piernas desnudas.

Está para comérsela, le daría un bocado. Siempre tiene ese pensamiento cuando está con una criatura tan comestible, con los muslos tan gorditos.

Otra cosa es que quiera cogerla en brazos. Él no piensa hacerlo, no quiere ablandarse. No se puede permitir hacerlo, tiene que llevar a cabo todo lo que tiene preparado para ella. Está deseando ver cómo reaccionan sus papás cuando se enteren, seguro que estarán dispuestos a matar a mordiscos si fuera necesario para impedirlo. Apaga el cigarro que tenía en la boca y la observa con una media sonrisa en la cara. Cada vez falta menos.

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