Dulce hogar
Capítulo 24
24
Julia sigue en el mismo lugar, congelada, con el convencimiento de que la observan. Apenas puede parpadear. Al llamar a la garita tiene el pálpito de que está cayendo en una trampa y se lo está poniendo en bandeja a Jacinto.
Realmente su casa está a tiro de piedra de ahí y al vigilante le puede haber dado tiempo a llegar de sobra a su puesto de trabajo. Sin embargo, al otro lado de la línea responde una mujer.
—¿Hola? —repite esta.
—Buenas noches, soy la propietaria de la vivienda de calle Pedrales 23, llamaba porque su compañero me dio el teléfono y…
—Julián…
—No, no, Jacinto.
—Pero… no trabaja aquí, entiendo que es un vecino de la urbanización…
—No, es un vigilante. Jacinto…, un hombre muy alto, grande…, me dijo que trabajaba en la garita, fumador. Impone bastante.
—Pues siento decirle que el tal Jacinto se ha marcado un farol, porque aquí solo somos Julián y yo, y ninguno tenemos nada que ver con esa descripción.
—Pero está segura de… —intenta rebatir Julia desesperada.
—Señora, siento decirle que ese hombre no trabaja aquí.
La frase le cae como un bombazo y, enseguida, mil preguntas asaltan su cabeza: ¿quién era entonces el tal Jacinto y por qué le había pedido el teléfono? ¿Qué quería cuando iba hacia ella en el aparcamiento? Y, la peor
de todas, ¿era la persona que estaba mirándola al otro lado del cristal apenas hace unos minutos?
—¿La puedo ayudar en algo? —le pregunta la mujer interrumpiendo sus pensamientos.
—Verá, es que estoy sola en casa. He bajado a beber agua de la nevera y al cerrarla, en el porche, pegado a la cristalera, me ha parecido ver a alguien. He encendido la luz corriendo, pero ya no estaba. Sin embargo, hay rastros de ceniza justo donde lo he visto y yo no fumo y mi marido no está…
—Espéreme ahí, voy enseguida.
—Gracias.
Al terminar la llamada, guarda el teléfono en favoritos. Sigue nerviosa, no siente las extremidades. Están laxas, sin fuerzas. Sin moverse del sitio, intenta asimilar lo que acaba de ocurrir, pero, por desgracia, todas las fieras que ha estado intentado domar, ahora se presentan más voraces si cabe: si se gira, puede toparse con Sweet Bunny, el maldito conejo; por todas partes, el fuego, todo el campo ardiendo. Tiene que mirar fuera para cerciorarse de que no hay ninguna llama encendida. Regresa a su mente el anciano que la advirtió en el aparcamiento sobre todo ello con la mirada desorbitada. Y
también ese hombre, Jacinto, si es que se llama así, fumando y esperándola en posición de ataque… Julia se lleva las manos a la cabeza para intentar frenar el ritmo de sus fantasías antes de que acaben con ella. Y es que, más allá de todos esos fantasmas, reconoce un miedo mayor, algo abstracto. Un temor que no se personaliza en nada concreto y que no hay manera de que se le vaya del cuerpo. Es como una intuición que ha pasado a convertirse en una especie de estado anímico.
Cuando piensa que su cabeza ya ha sacado todo a relucir, una nueva imagen florece salvajemente. La del chico que la observa desde el campo
con la capucha puesta. También puede verlo, como a los otros. Aunque no sea real, ella no puede evitar contener la respiración. El chico saca la lengua del todo y muy lentamente da un lametón al aire de la forma más lasciva.
Julia siente pánico, pero también le gusta. Es consciente de que los dos sentimientos conviven en su interior. Y eso sí que le da terror.
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