Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 61 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 17

17

Al llegar a la puerta de la casa de su vecina, Julia para el coche. Las dos mujeres se miran conscientes de que, aunque ambas vuelven a casa aún más revueltas de lo que estaban antes de entrar en el centro para visitar a Aníbal, se sienten reconfortadas por el cariño y apoyo que han encontrado la una en la otra. Julia tiene la sensación de haberse reencontrado con la esencia de su madre, con su calor y protección, y se atreve a pensar que algo parecido le ha ocurrido a Laura. Seguramente ella había traído de vuelta a su hija Cristina. Le gusta pensar que tal vez el destino ha querido que ese mágico lugar las una.

—Muchas gracias por acompañarme y acercarme a casa.

—No me las des, gracias por dejarme ir contigo. Cuando quieras volver, avísame. Te llevo en coche. Y cuando quieras ir a la compra o a algún recado…

—No te preocupes, si, como te he dicho, en el supermercado empezaron a llevar los pedidos a casa durante el confinamiento y han mantenido el servicio para las personas mayores. Me tienen muy mimada, y para lo demás bajo yo.

—Bueno, pero si tienes alguna urgencia o estás cansada, me lo dices, que a mí no me cuesta nada. De verdad.

Julia la mira, y la fragilidad que desprende Laura, ese poso de incredulidad y falta de esperanza, la traslada a los últimos días con su madre y le entran unas ganas locas de consolarla y demostrarle que no está

sola. Necesita darle un abrazo enorme que compense todos los que no pudo darle a su progenitora por tener que viajar por su trabajo.

—No te preocupes, he aprendido a cuidarme sola —le dice agradecida con una sonrisa.

Laura se baja del coche y entra en su casa. Mientras Julia la observa, está convencida de que las palabras que acaba de decirle su vecina también podrían salir de su boca. Acelera y se dirige hacia la suya. En cuanto cruza la puerta del garaje, su marido protagoniza de nuevo sus pensamientos.

Aparca y, todavía sentada dentro del coche, mira el móvil para ver si ha escrito o llamado durante el tiempo que ha durado la visita, porque lo había puesto en silencio. Como sospechaba, no ha dado señales de vida. Sin embargo, se encuentra más de ciento cincuenta mensajes sin leer. No son de ese rato, sino que se le acumulan mensajes de los tropecientos grupos de chats en los que está incluida. Cada vez odia más pertenecer a tantos grupos que la bombardean con tonterías a cada segundo. Eso sí que es una pesadilla y no lo que está viviendo. Sale del coche y llama a Rubén. El móvil da tono, pero no responde.

—¿Dónde coño estás? —masculla mientras cierra con llave en cuanto entra en casa.

Va hacia el vestidor y deja las llaves y la cartera. Después se sienta en la taza del váter para orinar y, mientras lo hace, es consciente de que tiene que dejarse de chorradas. Así que, cuando tira de la cadena y se levanta, llama directamente a Jero, un compañero de la misma aerolínea de Rubén, donde también trabajaba ella, con el que suele volar.

—¿Julia?

—Hola, Jero, ¿qué tal? Perdona que te dé el coñazo, pero es que sé que a Rubén le tocaba volar hoy y no recuerdo la hora, no sé si es de madrugada o

ya mañana… ¿Tú lo sabes o lo podrías averiguar? Quiero darle una sorpresa…

—¡Hola! No me das el coñazo, mujer. Pues si le ha tocado volar, ni idea, porque sé que Diego volaba con Iván, pues he hablado con ellos antes de que despegaran…

Julia aprieta los dientes cuando escucha que Diego, al que tenía que cubrir de urgencia Rubén, no está enfermo de covid como él decía en su nota.

—Ay, gracias, me habré equivocado y habrá salido a correr. Es que como la semana pasada hubo todo el lío, ya mezclo…

—¿Qué lío?

—Por el covid. La sustitución que tuvo que hacer que se alargó…

Un silencio se impone entre los dos, la tensión que se crea es capaz de cortar el aire y Julia no quiere pronunciar más palabras por miedo a que llegue una respuesta que no quiere escuchar… Se le revela la verdad: no hubo ninguna sustitución.

—Julia, te tengo que dejar, es que yo me pierdo también con los turnos.

Que te cuente mejor él cuando vuelva de correr. Me alegro de haber hablado contigo…

—Gracias.

Jero ha colgado. Julia se queda con el móvil en la mano, lo baja lentamente tratando de convivir con el redoble de tambor que bombardea su pecho. Se está poniendo mala por momentos. No puede creer que Rubén le haya mentido descaradamente. Llama de nuevo a su marido. Escucha el tono del teléfono, pero, para su sorpresa, no solo en su dispositivo, sino que está vibrando también en el dormitorio. Julia recorre el pasillo con la esperanza de que Rubén haya vuelto porque su compañero, Diego, sí ha podido volar. Y que no le responda porque está dormido.

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