Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 71 de 103

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Dulce hogar

Parte IV

IV

Aquellos que no recuerdan el pasado

están condenados a repetirlo.

GEORGE SANTAYANA

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La noche en que cambió todo

El día en que por primera vez Laura notó que su marido estaba desorientado supo que algo grave le sucedía, pero no fue hasta semanas después que, durante una conversación, se dio cuenta de que él no recordaba nada de lo que habían hablado hacía un rato y temió que Germán, como tantos otros conocidos, padeciese los estragos del alzhéimer.

Los médicos se lo confirmaron y le avisaron de que la enfermedad, que podía avanzar a distintos ritmos, a su edad lo más probable es que lo hiciese a pasos agigantados. Ella estaba en buena forma, pero los años también empezaban a dejar mella en su cuerpo, sobre todo en las rodillas y en los lumbares. La cabeza siempre la había tenido estupenda, de eso no podía quejarse, pero, aunque lo negara, lo cierto es que necesitaba ayuda para poder acompañar a su marido y evitar tener algún susto. Así, en ese momento, en el que le parecía que el mundo se le caía encima, no imaginó que aquel problema también traería cosas buenas.

Una tarde recibió una llamada de Cristina, su única hija, que llevaba dieciséis años viviendo en Lisboa, donde había formado una familia junto a Tiago, su marido portugués, para preguntarle si le parecía bien que volviera a España con su hijo Aníbal. Le explicó que las cosas no iban bien en casa y que quería tomar distancia. Además, pensaba que le vendría bien

regresar a la casa en la que se había criado y pasar tiempo en familia, algo que en los últimos años no habían hecho.

Laura siempre había sido una mujer cariñosa y abierta. Muy familiar y generosa, alguien que pensaba en los demás antes que en ella misma. Pero desde que se fue su hija, aprendió a vivir de una manera más independiente, ya no confiaba ni dependía tanto de los seres queridos y las amistades: se protegía, porque no quería tener que volver a vivir una separación. Se preparaba para saber que en cualquier momento podían desaparecer. De hecho, muchos amigos ya habían muerto y eso hizo que se volcara en lo que consideraba esencial en su vida: su marido, su perro Pepe y su casa. Y no se refería a la vivienda en sí, sino al lugar privilegiado, en mitad del campo, en el que vivían y en el que, por suerte, ya no estaba permitido construir.

Laura se pasaba horas andando por el monte con Pepe y su marido, disfrutando de los árboles y la naturaleza. Aplaudían cuando el riachuelo, que cruzaba frente a su casa, tenía otra vez cauce gracias a las lluvias o salían a coger setas y espárragos en temporada… La independencia y salud que le brindaba estar en contacto con la naturaleza le habían hecho revivir y reunir las fuerzas necesarias para afrontar la enfermedad de su marido. Aun así no dudó ni un segundo en decirle que sí a su hija; ella había tenido mucha suerte al haber encontrado a un hombre como Germán, pero sabía que no era lo habitual. Pese a que Tiago era un hombre rudo que había hecho que se distanciaran, Cristina lo había abandonado todo por él, así que Laura siempre pensó que había logrado ser feliz. Por eso, en ese momento, aunque una parte de ella se alegraba de que su hija fuera capaz de tomar sus propias decisiones y poner distancia si la necesitaba, también le daba lástima que hubiese llegado a esa situación. De cualquier

forma, Laura recibió la noticia como un regalo, porque al menos ahora su nieto Aníbal pasaría más tiempo con ellos.

Ahí comenzó una nueva etapa en la que todos los roces que ambas habían tenido durante años, sobre todo en la adolescencia de Cristina y cuando decidió dejar de estudiar para seguir a su marido por distintas ciudades de España y fuera de ella sin un trabajo estable, desaparecieron.

Laura se encontró con que Cristina era una mujer diferente. Tenía la misma alegría de siempre y ese sentido del humor ácido, que según quién podía no entenderse, pero era más que evidente que ser madre le había hecho darse cuenta de que, en el fondo, ambas no eran tan diferentes. Al fin y al cabo cuando una madre percibe que su hijo necesita un toque de atención, porque su experiencia le dice que se está equivocando, deja las medias tintas para salir al rescate por brusco que resulte.

Los primeros meses juntos tuvieron una magia especial, volvieron justo al terminar el curso escolar y parecía que continuaran en una extensión de un verano infinito. Cristina y Aníbal echaban de menos Lisboa, pero agradecían poder vivir sin conflictos constantes. La salud de Germán dio un subidón importante; era feliz y se esforzaba en estar «presente» para disfrutarlos. Pese a que al mismo tiempo, poco a poco, una parte de él también se fuera escapando. Y, sin duda, Laura era feliz. No solo porque Cristina la ayudaba, sino porque esta ya no tenía que aguantar a Tiago, que se había mudado con sus padres. Él, con lo que les habían dado por la casa que tenían en su tierra, se había comprado un camión y trabajaba en una empresa que se dedicaba a transportar productos de España a Portugal y viceversa. Trabajaba de noche y esto le permitía hacer alguna parada de vez en cuando para visitar a Cristina con la excusa de ver a Aníbal. Aunque a este le ponía malo ver cómo su padre la enredaba.

Después de estas visitas venían semanas en las que su hija volvía a estar

apagada y evitaba los momentos de intimidad, probablemente para no tener que dar ninguna explicación. Aníbal no era tonto y se daba cuenta de que en realidad a su padre le daba igual cómo estuviera o el daño que su actitud estuviese haciendo a toda la familia. Llegó a un punto en que lo odiaba y se lo hacía saber a su madre sin ningún miramiento, delante de sus abuelos. Esto era fuente de conflicto y provocó que en los últimos meses la relación entre madre e hijo empeorara mucho y las peleas fueran constantes.

Los meses anteriores vivieron contentos y disfrutando de cada instante, como las sobremesas en el porche del jardín, sobre todo después de cenar, porque se quedaban recordando detalles de cuando Cristina era niña.

Laura volvería a estos momentos en el futuro cada vez que necesitara un poco de paz. Podían pasarse horas rememorando detalles de las aventuras que habían vivido en familia, todas las hazañas, torpezas y trastadas. A Aníbal le encantaba enterarse de todas las maldades que su abuela le contaba sobre su madre.

— Ves como tú también las liabas… Luego me dices a mí —le reprochaba cuando se enteraba de alguna de las que había organizado su madre a su edad.

Los cuatro disfrutaban juntos, riendo y rememorando. Escuchaban las valoraciones de Aníbal sobre cada tema que sacaban a colación con una sonrisa en la cara. Eran conscientes de que ya no era ningún niño y se sentían orgullosos del hombrecito guapo y listo en el que se había convertido. Laura intentaba que esos destellos de felicidad ayudaran a Germán a conservar la memoria y evitar así que los recuerdos se evaporaran. Lo más bonito era que Aníbal proponía esas reuniones y, cada vez que lo hacía, su madre y su abuela sonreían cómplices, conscientes de su gran triunfo: comprobar que el chico prefería pasar un rato en familia

conversando, aunque fuera sobre tonterías, a encerrarse en su habitación para ver la tele o quedarse pegado a la consola o al móvil que le acababan de regalar por sus buenas notas. Lo pasaban muy bien, aunque hubiera en ello algo agridulce que a Laura no se le escapaba: Aníbal siempre fue un niño muy sensible y adulto para su edad. Si quería que pasaran ese ratito juntos pese a verse todo el día, era porque sabía que quizá no les quedaban muchos más. La edad, ahora que eran abuelos, cada vez estaba más presente y hacía más mella en su salud, y Laura era consciente de que cualquier día esa felicidad podría resquebrajarse.

De hecho, este momento no tardó mucho en llegar. La noche en la que ocurrió todo los tres cenaron en la cocina, Germán no había salido de la cama en toda la tarde, y después no tuvieron su habitual rato de charla en el porche. Hacía un par de semanas desde la última visita de Tiago, y Aníbal y Cristina no habían dejado de discutir desde entonces. Así que evitaban pasar más tiempo del necesario juntos. A Laura le dolía mucho presenciar el conflicto entre ambos, pero no la dejaban mediar y cuando lo hacía, era peor, porque su hija acababa discutiendo también con ella. Y

estaba convencida de que todo esto estaba afectando a la salud de su marido.

Germán llevaba días un poco peor, se desorientaba más, y Laura tenía que estar pendiente de él durante la noche para que no saliera de la habitación solo, porque, aparte de que pudiera marcharse, le daba miedo que se cayera por las escaleras. Pero esa noche tenía planeado echar la llave a la cerradura que había puesto en la puerta de su cuarto, y tomarse una pastilla para dormir y poder recuperar así tiempo de sueño y descanso.

Y así fue: cuando terminaron de cenar, Laura le dijo a su hija que no necesitaba que la ayudara a recoger y la echó de la cocina de buenas maneras con la esperanza de que saliera un rato con Aníbal y arreglaran

las cosas, pero no fue así. Él les dio las buenas noches y subió las escaleras hacia su cuarto y Cristina salió sola al porche a fumar. Cuando terminó, Laura salió con su hija.

— No fumes más, anda, que eso mata.

— Ay, mamá, déjame, que esto no es fumar… Es un vapeador, no tiene nicotina y, además, para un vicio que tengo… Si total, todos vamos a morir en algún momento, ¿no?

— Me da igual que no tenga nicotina la cosa esa, como se llame, es igual de malo para los pulmones, que lo he buscado en internet…

Cristina entornó los ojos sin replicar a su madre.

— ¡Venga, a mimir! —le dijo Laura imitando a su hija de pequeña.

Cristina sonrió, Laura le apretó el hombro y se dirigió de nuevo hacia el interior de la casa. Después entró en su dormitorio, intentando no hacer ruido porque su marido seguía dormido, llevaba todo el día así. Lo miró con nostalgia, influenciada por los miedos de su nieto Aníbal, consciente de que podían volverse tangibles en cualquier momento. Tuvo que contener sus ganas de darle un beso en la frente para no despertarlo, y se dirigió al baño. Estaba cansada debido al insomnio. Así que abrió el armario que había detrás del espejo, en el que se había estado mirando mientras se lavaba los dientes y se ponía crema, y se tomó una pastilla para dormir.

Cuando horas después, en plena madrugada, los ruidos de las sirenas de las ambulancias la despertaron, Laura sintió una punzada en el pecho que la convenció de que no estaba soñando. Miró al lado y vio que su marido dormía como un tronco, ajeno al gentío. Consiguió levantarse de la cama para corroborar que, efectivamente, había ocurrido algo grave en la calle porque, desde la ventana de su habitación, veía mucho ajetreo en la parte del monte que colindaba con su parcela. Llamó a su hija y a Aníbal, pero ninguno de los dos respondió. Esto le hizo tener un presentimiento horrible.

Bajó las escaleras lo más deprisa que pudo y, al salir a la calle, descubrió que había mucha más gente de la que esperaba. Varios coches de policía habían acordonado la zona y también se fijó en que estaban aparcadas una ambulancia y un camión de bomberos. Al ser de noche no vio que una gran parte del campo estaba quemada, incluido el suelo que pisaba en ese instante. El humo y la ceniza lo invadían todo, y enseguida notó que le costaba respirar. El terreno se había incendiado, pero habían conseguido apagarlo. Se giró hacia su casa y fue consciente de que había estado a punto de llegar a su parcela. Aunque, por suerte, el único daño que veía era que la fachada que daba a ese lateral estaba teñida de color carbón. Los bomberos estaban apagando las últimas llamas, que habían alcanzado a la enorme encina milenaria que presidía el lugar.

Escuchó unas voces a un lado y vio cómo el servicio de emergencias trasladaba un cuerpo bajo una sábana blanca en una camilla. Con los movimientos del desnivel del terreno, un brazo se descolgó y asomó debajo de la tela. La piel estaba completamente abrasada, pero lo que llamó la atención de Laura fue una pulsera plateada que reconoció de inmediato.

Era la que le regaló a su hija las pasadas Navidades. Un grito de dolor escapó de su garganta. Salió directo del estómago, dejándola hueca. La angustia e incomprensión eran infinitas, ¿qué había sucedido? Sintió un dolor intenso, pero no podía abandonarse a él, porque aún tenía que averiguar si a Aníbal también le había ocurrido algo así. Sacó el móvil, que había cogido al levantarse, y lo llamó. Entonces escuchó el tono detrás de ella. Se giró de golpe y lo vio sentado dentro de la misma ambulancia en la que estaban metiendo a su madre. Llevaba puesto el chándal que usaba para estar en casa, como pijama, y tenía la cara quemada. Miraba hacia abajo, completamente en shock. Laura salió corriendo hacia él.

— ¡Aníbal!

Y cuando estaba punto de alcanzarlo, le cerraron la puerta en las narices. Un policía se interpuso en su camino.

— Lo siento, señora, pero no puede verlo ahora.

— ¿Cómo? Es mi nieto, tengo que estar con él. Solo quiero saber si está bien.

— Lo llevamos al hospital, pero está detenido.

— ¿Qué? ¿Por qué?, ¿qué ha hecho?

— Ha quemado a su madre.

Sintió que el mundo se le venía encima. No podía creer lo que acababa de escuchar. Suplicó que hubiera oído mal y se tratara de una confusión. La ambulancia arrancó en ese momento y la vio marchar, pero no sabía aún cómo reaccionar ante los hechos. El pecho le latía a mil por hora. Su cuerpo seguía bajo los efectos del somnífero que se había tomado y no respondía a sus impulsos. Le parecía que todo estaba ocurriendo a cámara lenta.

Cuando recuperó de nuevo sus facultades, se fijó en que el policía que le había explicado lo ocurrido avanzaba hasta un coche oscuro que había aparcado un poco apartado de todo el tumulto. Un hombre vestido de negro salió del asiento del conductor al verlo llegar y, después de unas palabras, este le sonrió y le dio la mano. Parecía que lo estuviera felicitando. El agente se alejó después para integrarse al resto de equipos que trabajaban de manera coordinada al mismo tiempo. Laura dio unos pasos hacia el desconocido, convencida de que era el inspector jefe, para preguntarle por los detalles de lo ocurrido. Pero este no le dio pie porque, en cuanto se quedó solo, sacó su móvil y se puso a hablar por teléfono. Aun así ella estaba lo bastante cerca como para verlo y oírlo bien. Cuando lo escuchó, identificó su voz y supo que lo conocía.

Julia abre los ojos, aturdida, no sabe dónde está. Le duelen el cuerpo y la cara, especialmente la nariz y el cuello. Además tiene un fuerte dolor de cabeza. Nota que está tumbada sobre algo incómodo, una base irregular que se le clava por distintas zonas del cuerpo. El olor es muy fuerte, casi insoportable. Al enfocar la mirada se da cuenta de que lo que ve es el cielo, cuya luna ilumina lo justo como para distinguir las paredes de piedra del embudo en el que está metida. En un segundo todo cobra sentido: está dentro del pozo al que la ha tirado Aníbal, después de darle un palazo en la cara. De ahí el fuerte dolor. Mete la lengua y nota que tiene un diente roto.

La boca le sabe a sangre, gira la cara y escupe como puede a su lado, pero tiene tan poca fuerza que la mitad le cae sobre la mejilla. Conforme está ladeando la cara, recuerda el ruido que escuchó dentro del pozo, donde ahora se encuentra.

—¿Hola?

No obtiene respuesta, tampoco nota ningún movimiento. Intenta moverse, pero le cuesta horrores, su cuerpo no reacciona. El miedo a quedarse paralítica planea sobre ella. Además todo a su alrededor está muy oscuro. Alguien se ha asomado levemente y la observa desde arriba. Es la silueta del chico, que no se ha vuelto a poner la capucha. Julia teme que le haya hecho algo a Laura. De fondo vuelve a escuchar llorar a la bebé.

—¡Socorro! Aníbal, sácame de aquí, te lo suplico. Haré lo que quieras, por favor… Ya tienes la carpeta, no contaré nada para que puedas seguir saliendo al jardín y dar tus paseos… Seguro que Javier y Vanesa quieren recuperar a su hija, ¡vamos! —El chico no dice nada y Julia lo mira a contraluz e imagina su oscura mirada clavada en ella—. ¡Por favor!

Ayúdame a salir de aquí.

Julia ladea la cara de nuevo tratando de ver si hay alguna manera de poder subir, en el caso de que consiguiera moverse, y entonces ve algo que

rompe todos sus esquemas. Por debajo de su hombro asoma un trozo de tela y una parte de una cuerda que enseguida identifica como una de las mantas en las que Laura había envuelto a su perro muerto. Julia abre los ojos como platos, no puede creerlo. La ha lanzado al mismo sitio que al perro de su vecina. Quiere gritar de rabia y dolor. No entiende nada. Entonces todo se vuelve aún más oscuro, alguien más se ha asomado y hace que llegue menos luz al interior. Es un hombre alto y robusto, más aún que el chico. Se esfuerza en verlo, pero no es hasta que presencia cómo se lleva un cigarro y expulsa el humo lentamente que siente un golpe en el pecho: es Jacinto, el falso vigilante de la garita de seguridad de la urbanización. El miedo vuelve a apoderarse de ella y lo primero que se pregunta es qué está haciendo él ahí y qué relación puede haber entre ambos. ¿Son ellos los responsables o trabajan para alguien? Pero ¿quién puede estar tan interesado en la carpeta como para llegar a este extremo? Piensa en su marido y en Vanesa, pero también en Javier y en que quizá no era su dedo el que mandaron en el sobre y sí el de Rubén con el anillo de aquel para confundirla. Podían haberlo planeado todo para que ella se lo tragara, y eso había hecho.

Aunque también el supuesto vigilante podría ser otro interno y tratarse de la travesura de un grupo de obsesos del centro que buscaran dar rienda suelta a los mandatos de las voces que rigen su comportamiento… En cualquier caso, fuera quien fuera el responsable, tiene que conseguir salir de ahí.

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