Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 68 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 24

24

Laura está esperando con la puerta de su casa abierta y nada más ver aparecer a Julia por el acceso que da a la calle rompe a llorar.

—Me lo he encontrado tirado ahí abajo. Era muy mayor, pero estaba muy bien. Tú misma lo has visto estos días… No sé qué le ha podido pasar…

Julia le da un sincero abrazo, aunque no le dirá que está convencida de que el culpable es Rubén o la zorra de su amante.

—Lo siento mucho. Piensa en que habrá sido una muerte rápida, natural… Seguro que no ha sufrido.

Laura la mira con su dulce sonrisa empañada por las lágrimas. Después le hace un gesto para que guarde silencio y la siga dentro de la casa. Cierra la puerta y se dirige hacia el porche. Julia va detrás de ella, convencida de que todo el numerito es para que su marido no se entere de que algo le ha pasado al animal. Una vez fuera, la anciana se acerca al bulto que Julia ha visto desde su parcela, que ahora está dentro de una carretilla vieja de jardinería.

—Más siento yo molestarte, pero me dijiste que te llamara si necesitaba tu ayuda. La necesito antes de que se haga de noche. Lo he envuelto como he podido con unas mantas viejas que tenía, pero quiero llevarlo a la zona de abajo —le explica mirando hacia el extremo inferior de la parcela— para enterrarlo mañana ahí. Es que no quiero que mi marido lo vea si desayunamos en el porche o si le apetece dar una vuelta por el jardín conmigo, porque hoy ha tenido un día bueno —dice con una bonita sonrisa

—. Por lo menos…

—Me alegro mucho de que esté mejor.

—Es que no sabes lo que me ha costado ponerlo en la carretilla, era tan grandote… Hay un par de hoyos por el desnivel del terreno, cerca del pozo, y costará menos cavar. El problema es que he podido ponerlo dentro de la carretilla, pero ahora no puedo bajarlo sola, pesa mucho, y con la pendiente me da miedo y, como te he dicho, no quiero que mi marido lo vea.

—Yo la bajo sin problema. Dime dónde lo dejo.

—Te acompaño…

Julia agarra la carretilla y avanza detrás de Laura, que baja lentamente por el terreno poniéndose de lado y aprovechando los desniveles naturales menos bruscos, que es evidente que conoce al dedillo. El perro es enorme y pesa tanto como esperaba; si Laura lo hubiera bajado sola, habría corrido el peligro de acabar los dos precipitándose hasta la parte baja del terreno.

Como su vecina la guía, la tarea le está resultando más sencilla y menos dura. Cuando llega al punto en el que se ha parado la anciana, junto a un hueco en el terreno bastante pronunciado, se separa de la carretilla.

—¿Quieres que lo deje ahí? —dice señalando al agujero.

—No, no. Tranquila…

En otra ocasión Julia se hubiera ofrecido a cavar y dejarlo ya enterrado para que Laura no se preocupara por su marido y sintiera que su querida mascota, o familia, como la consideraba, ya descansaba en paz. Pero queda poco para que anochezca, no más de veinte minutos, y es consciente de que si se alarga la cosa, podría alterar los planes de Rubén y estar jugando con fuego.

—Te ayudaría ahora, pero mi marido está a punto de llegar y tengo que prepararle la cena…

—No te preocupes, encima de que me has ayudado… Tampoco quiero enterrarlo ahora, como si lo estuviera escondiendo. Lo voy a dejar un poco

cubierto con flores y ramas y ya mañana, cuando mi marido esté dormido, compraré un centro bonito y lo enterraré como Dios manda. Como mi Pepe se merece.

Las lágrimas descienden por las mejillas de Laura. Julia se acerca a ella y la abraza. La mujer llora desconsoladamente y ella se siente mal por tener que salir de ahí pitando.

—Llámame mañana, por favor, y te acerco a comprarlo y te ayudo.

—Gracias. Lo que voy a decir es terrible, pero espero que mi marido no se acuerde de él y no caiga en que falta, porque podría afectarle mucho. Era lo único que nos quedaba.

Laura llora sin consuelo, Julia la agarra de la mano y la mujer la abraza.

El calor de su cuerpo le devuelve a su madre por un momento. Echaba tanto de menos esa sensación.

—Vete, que te está esperando tu marido. Yo entro ya también, no vaya a ser que se haya despertado. Gracias, de verdad. Gracias.

Julia se despide con una sonrisa sincera. Le embarga una fuerte nostalgia, la tristeza de saber que Laura, que tanto le recuerda a su madre, ahora estará aún más sola, y que el cruel destino ha querido volver a mostrarle que, aunque no lo parezca, el final puede estar a la vuelta de la esquina.

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