Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 14 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 13

13

Cada paso que da cuesta abajo hacia la entrada de la urbanización, donde están el club y la zona comercial, le hace sentirse orgullosa. En la última revisión médica le habían dicho que tenía el colesterol por las nubes y no por su alimentación —aunque en el fondo la comida basura le gusta tanto o más que el sexo y de vez en cuando se da un capricho—, sino por genética, lo había heredado de su padre, que murió en un fatal accidente cuando ella era una adolescente. Una de las pautas que le había dado la doctora era que tenía que hacer ejercicio y un mínimo de diez mil pasos al día. Cuando estaba activa laboralmente, le era complicado ser constante, salvo por las carreras que se daba por las terminales de los aeropuertos, pero ahora no tiene excusa y caminar es otro de los objetivos a cumplir en esta nueva etapa. No ha podido elegir una mejor mañana, hace un día buenísimo.

Mientras recorre el camino, se encarga, además, de alzar la cara para que el sol le dé bien. Otra de sus carencias era la vitamina D: desde que las líneas de expresión empezaron a marcarse en su rostro por todo el sol que había tomado en el pasado, decidió cortar por lo sano. Aunque, por lo visto, los dos extremos son igual de malos y ahora no le venían mal unos minutos al día al sol sin protección alguna. Conforme baja empieza a ver una línea de coches, algunos en doble fila, y decenas de niños corriendo con sus padres a la entrada del colegio que hay a mitad de la cuesta. Madres y padres con dos, tres o cuatro niños de la mano y en sus brazos que se las apañan para movilizar cada día a sus crías como verdaderos héroes. Julia

los observa con una sensación agridulce, le produce ternura y admiración, pero no puede evitar un pensamiento: «Unos tanto y otros tan poco».

—Venga, Julia, tampoco podrías tener cuatro. Te has puesto hace dos días como quien dice. Tendrías que haberte decidido a los treinta y no lo hiciste, así que no te quejes —se dice en voz baja mientras camina.

Cuando está con el ánimo alto, le gusta hacer de poli malo para quitarse la tontería y no caer en ese oscuro victimismo que no la lleva a ningún sitio.

Después de esquivar el rebaño de familias, compra con su móvil unos prismáticos pequeños para que lleguen lo antes posible. El pedido se lo enviarán en un día, le notifica la aplicación. Cuando levanta la mirada, está ya en el aparcamiento donde dejó el coche el día anterior. Entra por un lateral y, al llegar al centro, se fija otra vez en el edificio de ladrillo oscuro y con contraventanas de madera que parece salido de otra época, junto a la despampanante urbanización de divorciados. Tiene un aire siniestro, le parece horrible vivir en una zona tan idílica y luego tener que meterse en un piso con unas ventanitas tan pequeñas. «¿Estará abandonado?», se pregunta al fijarse en que todas permanecen cerradas. De pronto, del portal salen un chico y una chica vestidos con uniformes verdes de enfermería y un vaso de cartón en la mano que le dan la respuesta. Los dos han salido a fumar y encienden sus cigarrillos. Los uniformes la dejan intrigada, ahora le preguntará a Pilu.

Está tan pendiente del edificio que, cuando se da cuenta, se encuentra parada en mitad de la carretera del aparcamiento, con una hilera de coches estacionados a la izquierda. Ha sido un acierto bajar andando porque no hay ni un hueco. Cree que se debe a que es la hora de entrada a los colegios. Da unos pasos más antes de girar a la derecha hacia la zona comercial donde ha quedado, cuando, frente a ella, cerca de la garita, ve a Jacinto, el vigilante al que conoció el primer día.

El hombre, que sigue sin uniforme, tiene un cigarro en la boca y se lo enciende con una cerilla que saca de una cajetilla que tiene en el bolsillo.

Todo ello sin dejar de mirarla. Julia le hace un gesto con la mano, pero no recibe un saludo de vuelta. Entonces el vigilante camina hacia ella a pasos agigantados. Conforme se acerca, aprecia sus ojos encendidos, rojos, casi en llamas. ¿Querrá comentarle algo más sobre el mando para aparcar o sobre el club social y sus normas? Se dice que tiene que ser algo así, pero, si no se hubiera presentado ayer como el guardia de seguridad, ahora mismo se pondría a gritar como una loca pidiendo ayuda. Sin pensarlo, da un par de pasos hacia atrás. Una voz femenina interrumpe el momento.

—¡Julia!

Al girarse se topa con Pilu, que la saluda con la mano como si la recibiera en el aeropuerto después de estar un año fuera de Erasmus. Nunca se había alegrado tanto de encontrarse con su amiga como ahora. Cuando se da la vuelta hacia el hombre, este ya ha desaparecido. Mira hacia los lados, buscándolo. No hay rastro de él. Sin pensarlo, comienza a andar hacia su amiga con energía, pero de pronto se imagina a Jacinto agachado entre dos coches mirándola con el cigarro en la boca. La imagen le viene como un flash y le pone los pelos de punta.

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