Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 16 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 15

15

Sweet Bunny es un famoso conejo de peluche blanco, imagen de una de las marcas más vendidas de galletas y dulces para niños en España y otros países, que se caracteriza por el sabor a tarta de zanahoria de sus productos.

Eso es lo que debería de haberle encantado al conejo de más de dos metros que aparecía en los anuncios, pero por lo visto él, o alguien que se disfrazaba igual, prefería a los niños. Eso es lo que se cuenta en lo que ya se ha convertido en una leyenda urbana. En poco más de un año y medio, solo en la Comunidad de Madrid habían desaparecido treinta y dos menores y, según mostraban las cámaras de seguridad, al menos en una decena de los casos aparecía el enorme conejo llevándose a los niños inconscientes en brazos. Todo empezó cuando secuestraron a Lucas Sweet Bunny, el niño más famoso de España, con más de un millón de seguidores en Instagram y que protagonizaba los anuncios de la marca junto con el icónico conejo. A medida que el número de niños desaparecidos aumentaba y se los fue relacionando con el famoso conejo, sobre todo una vez que varios testigos y cámaras de seguridad lo confirmaron, la marca decidió eliminarlo de toda la publicidad y retirar las cajas ya distribuidas para cambiar el logo y que no quedara rastro de él. Pero los disfraces y memes circularon como la pólvora en las redes y en las fiestas, y la imagen cada vez era más y más turbia. Ese fue el fin de su estrepitoso éxito.

Julia está al tanto de toda esta historia, pero lo que no esperaba es que una de sus víctimas fuera de la urbanización a la que se acababa de mudar.

Se le ponen los pelos de punta solo de pensar que Sweet Bunny campa por ahí a sus anchas.

—Fue el pasado Halloween, en la urbanización lo celebramos por todo lo alto —le cuenta Pilu.

—Sí, somos así, podemos agilipollarnos como los yanquis, pero si celebras la Semana Santa o propones hacer un paso de procesión, te queman en la hoguera, vamos. Pero el Halloween de los cojones, para sacarnos los cuartos con los disfraces y todas las mierdas que hay que comprar de calaveras e historias de decoración, más los caramelos…, eso sí que le parece bien a todo el mundo.

—¡Paula! —le llama la atención Sara para que deje hablar a Pilu.

Julia sigue escuchando atenta.

—Pues eso, que todo el club estaba decorado de Halloween, habíamos contratado a unos animadores y a un grupo para que cantara canciones de fantasmas, muertos vivientes y vampiros… Lo llevamos haciendo unos cinco años, toda la urbanización puede entrar, pero con el requisito de ir disfrazado para la ocasión.

—Un buen acojone, vamos, porque en las zonas que hay menos luz… —

añade Paula.

—Hay todo tipo de público, pero como también van los chavales, incluidos los de veintitantos, estos se emocionan a la hora de empuñar hachas y armas de todo tipo. Y, claro, también se pringan de sangre y cicatrices como si no hubiera un mañana.

—Alguna aprovecha también para pillar: mira a Rocío, la madre de Germán y María, que iba de porno enfermera. Se le había olvidado la sangre, eso sí… —intervino Sara.

—¡Y las bragas! —completa Paula.

—¡Ala! —exclama de nuevo Sara.

A Julia le hace gracia la intervención de Paula, se identifica con ese humor y la manera de hablar tan directa. Aun así sigue atenta la historia, sin perder el gesto de preocupación. Realmente le inquieta el asunto. El camarero se acerca con lo que habían pedido y lo pone sobre la mesa.

—Buenos días, ¿lo de siempre? —les pregunta a las demás.

—Por favor —contesta Sara.

Paula asiente.

—Qué pena que no sea más guapo, porque majo es un rato… —susurra esta última cuando se aleja el camarero.

—Bueno. A ver si me dejan —continúa Pilu, matando con la mirada a su amiga e ignorando su desayuno—, el tema es que no sé si has entrado. —

Julia asintió—. Pues imagínate todo: las canchas, las pistas de tenis, las de pádel, los columpios, las gradas, la fuente… Todo lleno de gente disfrazada, la mayoría niños, adolescentes y veinteañeros. ¿A que no sabes cuál fue el disfraz que más se repitió?

Antes de que Julia responda a la pregunta casi retórica, Sara toma la palabra.

—Imagínate cuando llegamos todas con los niños y nos encontramos lo menos veinte conejos de peluche gigantes, no sabes qué miedo. Encima algún idiota se puso sangre de mentira para que chorreara por la boca y los dientes enormes del conejo.

—Cariño, era Halloween, qué quieres… —matiza Paula irónicamente.

—Uno de ellos se llevó al niño —dice Pilu con contundencia—. Pudo comprobarse en una de las cámaras de las farolas de la avenida principal.

Lo llevaba agarrado como un koala. En las imágenes se cruza con un montón de gente, pero parecía que el crío estaba dormido y que el padre se lo llevaba a casa. Sin embargo, en el vídeo ambos se pierden en la oscuridad del bosque que colinda con esta parte y hasta ahora no ha habido ni rastro…

—Para bien ni para mal, no como ocurrió con los otros niños —

interviene Sara.

—Qué horror —dice Julia, visiblemente afectada.

—No te angusties, que por suerte no tienes hijos —sentencia Pilu.

—Hija, eso que te ahorras —se adelanta Paula antes de que pueda palparse la violencia del momento—. Te doy los míos, que me tienen hasta el mismísimo.

—¡Uy, y yo los míos! Estoy agotada —se suma Sara.

Ese es exactamente el tipo de humor que más le jode a Julia: cuando se bromea sin preguntarse el nivel de gravedad y necesidad de la otra persona.

Quizá ella se quedaría con sus hijos. Quizá se comprase un jodido disfraz de conejo blanco para llevárselos a todos. A los de Pilu y a los de sus amigas, para que supieran lo que era no tenerlos. Está tan cabreada que se interrumpe a sí misma antes de que el grupo de mujeres pueda leer su mente por alguna expresión que se le escape y el conejito parezca solo un chiste a su lado. No sería la primera vez, Pilu la conoce bien y sabe que es bastante transparente.

—No tiene niños, de momento —corrige su amiga—. Ha vivido lo más grande y ahora viene aquí a crear una familia y retirarse en su nuevo hogar.

Por la manera en la que reaccionan las demás, Julia duda sobre si ya las ha avisado del tema o si son paranoias suyas y aún existen personas con cierta sensibilidad sobre el tema, aunque estén en vías de extinción.

—Como todas, vamos —responde Paula.

—Algunas los tuvimos antes de venirnos aquí —aclara Sara.

—Hablemos de otra cosa —suelta Pilu.

Julia aparta la mirada para intentar que no noten el enfado, que cada vez le cuesta más controlar, y se topa con el edificio feo que la tiene intrigada.

Decide cambiar de tema otra vez.

—¿Qué hay en ese edificio? No son viviendas, ¿no?

Las mujeres miran hacia donde señala. Al ver el bloque al que se refiere, todas miran a Pilu. Parecen pedirle permiso para responder. Julia se fija en su amiga y se da cuenta de que la pregunta la ha pillado totalmente desprevenida y no parece ser un tema del que le apetezca hablar, lo cual da un valor mucho más oscuro a ese edificio del que ya intuía.

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