Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 76 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 6

6

Laura hizo el camino de vuelta a su casa llorando a lágrima viva, saber que su nieto no tenía nada que ver con el crimen que le habían adjudicado le provocaba una impotencia horrible. Además de un dolor que no era capaz de medir. No dejaba de pensar en lo disgustada que estaría su hija si pudiera ver por todo lo que había tenido que pasar. Solo esperaba que allá donde estuviera descansara en paz sin conocer nada de lo que había acontecido después de su muerte.

Pasaron los días y Laura siguió dándole vueltas al asunto. No podía dormir, se pasaba el día obsesionada, estudiando las distintas opciones de que disponía para conseguir que se hiciera justicia y el nivel de éxito que podía obtener con ellas. En realidad, lo único que estaba en su mano era tirar de los medios para pagarles con su misma moneda. Pero acusarlos públicamente de algo así también podía volverse en su contra, pues la demandarían por calumnias y acabaría viviendo en la calle junto a su marido y su perro, como le había amenazado su vecino. La única batalla que podía ganar, o por lo menos sacar a la luz con cierta probabilidad de éxito, era conseguir que se pusiera el foco en que ninguna de las dos casas eran edificios públicos, pero estaba convencida de que habrían contado con eso y que guarían algún documento. Y además tendría que estar bien asesorada por un abogado con experiencia y no podía permitirse semejante lujo.

Dos días después del encontronazo en casa de su vecino, la ansiedad fue dejando huella en ella y se tradujo en la manera de relacionarse con su

marido, y también afectó a su estado anímico. Entonces recibió una llamada que le trajo un rayo de esperanza. Era su abogada que, después de muchos meses sin hablar, le comunicaba una buena noticia que le pilló totalmente por sorpresa.

— Van a convertir la antigua residencia de ancianos que hay en la entrada de la urbanización en un centro psiquiátrico penitenciario. Lo acaban de aprobar porque solo existía uno en Sevilla, donde está Aníbal, y otro en Valencia, y ya era hora de que hubiera uno en Madrid. Se han puesto en contacto conmigo porque se estima que en dos meses se haga el traslado de, entre otros internos, Aníbal.

Laura por poco dejó caer el teléfono al suelo, no se lo podía creer. Cada vez pasaba más tiempo entre una visita y otra y notaba a su nieto más ausente, como si ese régimen escaso de encuentros le afectase. Así que no podía ser mejor noticia. Sin embargo, pese al júbilo que sentía, su primera reacción no fue ponerse a dar saltos de alegría y celebrarlo, como cabría esperar, porque sabía que nada de esto era fortuito y que detrás de la medida tenía que estar la mano de su vecino.

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