Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 23 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 22

22

Después de cenar y de revisar a conciencia que todos los accesos de la casa estén cerrados, Julia vuelve a la fortaleza en la que ha convertido su dormitorio para meterse en la cama. Mirando al techo, piensa que ha sido un día «completito», para olvidarlo, vamos. Estira la mano hacia el hueco de Rubén; no puede estar más tiempo forzando un enfado cuando lo que quiere es que regrese. Lo echa mucho de menos y se le empañan los ojos al pensar que cuando amanezca todavía le quedará un día y una noche enteras en soledad hasta que él esté a su lado. Se le está haciendo interminable.

Agarra el móvil, que ha dejado sobre la mesilla, y, cuando está a punto de escribir un mensaje, aparece una videollamada entrante. Julia se seca las lágrimas corriendo al ver que es él y enseguida acepta.

—¡Hola, mi amor!

—Hola —dice ella mimosa, haciéndose notar.

—A ver…, ¿qué te pasa a ti? —Julia pone morritos, le gustaría montarle un pollo, pero está encantada, necesita mimos—. Cariño, he tenido un día de perros. No te imaginas, problemas en todos lados. Ya te contaré…, no me mires así, me gustaría estar ya ahí. Estoy hasta los huevos. No me lo pongas más difícil. —Para un segundo y sigue hablando con un tono mimoso similar al que emplea ella—. ¿Me quieres?

—Mmmm…

—¿No me quieres?

—Sííí…

—¿Cuánto?

—Mucho, ya lo sabes.

—Pues yo más. Nunca lo dudes. No sé qué pasa por esa cabecita, pero me preocupa que pienses que no quiero estar ahí o que no te dedico el tiempo suficiente porque no me da la gana…

—Si ya lo sé… —interrumpe ella.

—Es que es una putada, cada vez nos exigen más y las condiciones son peores…

—Pues como a todo el mundo…

—La última es que ha caído con covid también Luis, pero tranquila, que ya he dicho que yo más días no me puedo quedar. No hay opción, me da igual. Yo ya he cumplido. Pero, bueno, que no te quiero aburrir. ¿Has pasado buen día?

Julia está tentada de contarle toda la conversación del desayuno, pero prefiere omitirlo. A punto de dormir, no le parece la mejor idea sacar todos esos temas de nuevo. Sin embargo, al acordarse de alguno de los detalles que le habían dado las chicas del incendio en la urbanización y del conejo llevándose al niño agarrado, le vuelve el mismo miedo bloqueante de la noche anterior. Ya se lo contará relajadamente cuando esté ahí.

—Sí, no ha estado mal, pero es que tengo ganas de que vuelvas para que estemos aquí los dos juntos y estrenarlo todo…

—Ya, joder, con lo que nos ha costado. Estar ahí es una pasada, ¿no?

Como siempre lo he visto empantanado, lleno de obreros y de mierda o sin muebles, me cuesta aún imaginármela como una casa…, como un hogar.

—Para eso faltas tú y…, ya sabes… —Julia se contiene, ambos saben lo que quiere decir—, pero lo será, encontraremos la manera. Tú solo preocúpate por volver.

Los dos se miran nostálgicos hasta que Julia rompe el momento idílico, hay algo que la descoloca por completo.

—¿Dónde estás?

—En mi habitación, ¿por qué?

—No, como solo veo el fondo blanco…

—Es muy minimalista, muy moderno. Ya sabes…

—No es eso, ¡que te he pillado! Se acaba de colar el humo, estás fumando. Así que apaga el puto cigarro, no solo por tu salud, sino para que no te encierren. Que ahí te la cortan por fumar.

—Joder, no me pasas ni una —dice Rubén dando una última calada al cigarrillo.

Julia observa sus labios absorbiendo la nicotina y cómo el humo sale a cámara lenta.

—¡Apaga! —le ordena.

La cámara del móvil de Rubén de golpe enfoca al suelo.

—Te tengo que dejar, cariño, en nada estoy ahí. Te echo mucho de menos.

—Yo también. —La imagen vuelve a enfocar la cara de su marido.

—En nada estoy ahí, piensa en eso.

—¡Ah! Mañana, si te portas bien, tienes premio, que vienen a… —Rubén ha terminado la llamada—… poner las cámaras —termina diciendo para sí misma.

Julia se queda unos segundos con el teléfono en la mano y después lo vuelve a dejar sobre la mesilla. La despedida ha sido precipitada, pero no piensa dar rienda suelta a su imaginación. Decide aparcar su extrañeza e inminentes celos para refugiarse en las últimas palabras que ha pronunciado Rubén y que le han hecho sentirse más acompañada y con menos miedos.

Sabe que está siendo exagerada. Además, le han dicho que nadie roba ni entra en las casas de la urbanización. ¿Cómo van a entrar precisamente en la suya, si es como un búnker?

—Solo dos noches más…, ¡a por la segunda! —se dice mientras se coloca el antifaz y se acurruca bajo el edredón.

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