Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 91 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 9

9

Cada palabra que salía por la boca de su agresor resultaba un nuevo golpe difícil de encajar para Javier, que trataba de entenderlo mientras luchaba para no desvanecerse. Estaba muy débil, había perdido mucha sangre y solo le quedaban las ganas de recuperar a su familia. El olor dentro de la habitación era cada vez más nauseabundo.

— Estás mintiendo… Rubén no haría algo así… —respondió cuando lo escuchó terminar.

— Me parece que infravaloras demasiado a tu amiguito. Creo que no sabes de lo que es capaz.

— Lo tiene él, todos los originales. Yo no tengo nada, no podía guardarlos en casa, era demasiado arriesgado. Me están investigando por otras cosas…

— Lo sé, tu mujer nos ha enseñado y dado las claves de todo… Solo quería que supieras que esto no es ningún juego.

— ¿Dónde está?, ¿qué has hecho con mis hijos?

— ¿Sabes lo que estoy aprendiendo con todo esto? Que a veces nos creemos que somos Dios y que todo el mundo nos tendrá que aguantar de por vida… y admirarnos y besar por donde pisemos. Pero no es así, porque la gente está hasta los cojones de ser un cero a la izquierda para los que dirigís el cotarro… Porque mientras ellos se las apañan para poder pagar la puta factura de la luz, que se ha triplicado, vosotros estáis haciendo chanchullos para ver cómo os podéis llevar más millones de euros por la patilla, ¡es de locos! Es terrible darte cuenta de que tu historia, tu

experiencia vital, no cuenta para nadie, que ni los jueces se preocupan de que uno tenga una vida justa. Que eres un currito, una persona normal, de la calle…, pues te jodes…, y lo haces… hasta que un día dices: ¡Hasta aquí! —Javier tragó saliva—. Y, como te decía, eso es exactamente lo que le ha pasado a tu amiguito.

— Pues si es así, ya os lo habrá dado todo, ¿no? Y sabrás que te estoy diciendo la verdad.

— Si el problema no es que nos lo haya dado o no… Es lo que nos ha pedido a cambio…, y no pienses que es a tu mujercita. —Javier escuchó atento—. ¿Te ha contado las ganas que tienen de ser papás y lo mucho que les está costando?

Javier negó con la cabeza, no podía creerse lo que estaba oyendo. En ese momento se abrió la puerta y entró el chico con Estrella, su bebé. El hombre estiró los brazos el máximo que le permitieron las cuerdas que lo mantenían atado para intentar cogerla. De una de ellas colgaban las tiras de tela roída del muñón.

— Él también está deseando abrazarla —continuó Tiago sonriente—. Nos ha pedido papeles falsificados que demuestren que la han adoptado fuera de España. Sabes que en la Deep Web se puede conseguir cualquier cosa.

De hecho, porque no andamos muy bien de dinero…, porque, además de no haber tenido justicia y de que hayáis manchado el nombre de mi hijo y de mi mujer, inventándoos un conflicto que nunca existió entre ellos… —Tiago empezó a llorar, no podía más—, tampoco hemos tenido la indemnización que nos hubiese correspondido y que nos hubiera permitido contratar a alguien para no tener que ensuciarnos las manos y ponernos a vuestro nivel. Pero dado que la justicia de este país, como todo lo demás, está a servicio de tipejos como vosotros, no nos ha quedado más remedio.

Javier escuchaba sin quitar la vista de su hija, que lloraba desconsolada.

Y les suplicó que la dejaran en sus brazos. Pero sucedió precisamente lo contrario, el muchacho se dio la media vuelta y cerró la puerta cuando salió. Se llevó a Estrella.

— ¡Nooo… Dadme a mi hija, mi niñaaa! —gritó desesperado Javier.

— ¡Escúchame! —El exdiputado dejó de llorar de golpe, asustado por el grito—. De ti depende que se la lleve o no. Alguien tiene que pagar por lo que hicisteis… Decide si quieres ser tú o tu amiguito… Solo puede quedar uno.

Javier lo miró extrañado, no terminaba de comprender a qué se refería.

Tiago fue hacia él, lo desató y después lo empujó al suelo. Desde esa altura, su agresor parecía un gigante, y ni se planteó la opción de atacarlo ahora que ya no estaba atado. Sabía que no tendría oportunidad de ganarle y que este lo aplastaría como a una mosca.

La puerta por la que acababa de salir el chico se abrió de nuevo y, cuando Javier vio a quién tenía delante, entendió a qué se refería Tiago. Su expresión se transformó de inmediato: si quería mantener unida a su familia tenía que sacar fuerzas. Javier miró al frente con el mismo arrojo que un perro salvaje.

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