Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 5 de 103

Páginas del PDF

Dulce hogar

Capítulo 4

4

El coche de Julia recorre la rampa que lleva hasta el garaje techado situado en el exterior de la vivienda, junto a la puerta principal. Aparca al lado del deportivo de su marido. Por espectacular que resulte, con la deslumbrante carrocería en color gris perla, ella no puede verlo. Sabe que no existe razón alguna, que muchas veces los pensamientos que la atormentan no tienen una base objetiva y que probablemente se deban a una especie de TOC o de superstición debido a la tensión que ha estado sufriendo en los últimos años. Pero, para Julia, tanto ese coche como el que ella conducía no eran más que un reflejo de lo que consideraba «su mayor problema». Cada uno se desplazaba en su automóvil, cada uno disfrutaba de su rutina y de sus viajes…, pero si querían formar una familia, deberían unificar las pertenencias de alguna manera.

Todo tenía que convertirse en uno, aunque no fuera de manera literal.

Al año de no quedarse embarazada, lo vio claro: tenían que poner toda su energía en formar la familia que ansiaba y la primera muestra de ello sería vender sus respectivos coches y comprar uno familiar. Uno con un maletero más amplio que les permitiera llevar sin problema el carro y todas las cosas del bebé, algo que sería complicado en el deportivo. Si su marido quería mantener el pequeño para no depender los dos del mismo, le parecía bien, pero nada que hiciese referencia a la vida independiente que cada uno había llevado hasta el momento. Por eso ella decidió dejar su trabajo y aparcar

una rutina incompatible con su sueño. Después vendría el terreno y todo el camino hasta llegar hasta el punto vital en el que se encuentran en ese instante, pero ahí sigue el maldito deportivo. Y también su maldito problema.

Pone el freno de mano y agarra las bolsas de la compra, que ha colocado en el asiento del copiloto. Al abrir la puerta, escucha unos ruidos extraños, como un seseo. Por un momento piensa que es una niña, pero, enseguida, se concreta en una voz de mujer hablando con tono aniñado. Viene de la casa de al lado, así que no puede ser otra que la vecina. Deja las bolsas en el suelo y cierra la puerta con cuidado. Sigilosamente se esconde detrás de una de las columnas y desde ahí saca un poco la cara e intenta divisar a la mujer, que continúa hablando.

—Vamos, quita, que tengo que plantar esto para que en primavera esté bonito otra vez —dice con voz melosa.

A través de la vegetación que cubre parcialmente la valla metálica de simple torsión que separa las dos parcelas, descubre a la vecina de rodillas junto a unos montones de tierra, apartando a un mastín enorme para poder plantar un pequeño arbusto que sostiene en una de sus manos. Julia se apoya más y disfruta de su posición privilegiada para fijarse en cada detalle de su desconocida nueva vecina. Debe tener unos setenta años, pero está en muy buena forma, delgada y peinada con raya en medio y un moño en la cabeza. Va vestida con una camiseta de flores de manga larga y un pantalón ancho de lino. Tanto el tono que emplea como la manera en la que achucha al perro, con la excusa de apartarlo, dejan intuir que es una persona cálida y amable. Precisamente esa es la única información que tiene de ella: que es una mujer encantadora. Días antes de empezar la obra intentó presentarse, pero nadie respondió al telefonillo. Después, con todo el follón que tuvo, evitó el momento de presentarse, pese a que sabía que le convenía tener a

los vecinos de su lado el tiempo que durara la obra. «Un vecino tocapelotas puede ser peor que los del ayuntamiento», dijo el constructor en tono jocoso cuando la aconsejó que lo volviera a intentar.

Sin embargo, parecía que no era el caso. Lo supieron unos meses después, cuando tras una semana volando fuera de España, visitaron la obra y el constructor les dijo que podían estar tranquilos.

—No saben la suerte que tienen con la mujer que vive en la casa de al lado. Hemos tenido un problema con el agua y nos ha pasado una manguera por la valla para que pudiéramos usarla. Jamás se queja del ruido o de los camiones que en ocasiones taponan la calle. Ya les digo que otra no lo hubiera hecho y habría puesto el grito en el cielo.

Aun así, en sus planes no estaba entablar una estrecha relación con ella.

Ser agradable en ocasiones se convertía en un arma de doble filo si se traducía en preguntar demasiado. No quería arriesgarse a que se convirtiera en otra lacra más y le diera el coñazo ni tener que contarle todos los avances y novedades cada vez que la saludara, como le ocurría con las vecinas de su madre cuando iba a visitarla al pueblo. No tenían filtro. Entonces no había podido elegir, pero en este nuevo comienzo pensaba en no crear ese tipo de relaciones o al menos retrasar el momento.

Viéndola ahora, Julia intuye que esa generosidad de la que hablaba el constructor es propia de la sencillez que transmite. Se ve a la legua que no es una mujer ostentosa y, por su experiencia de años de trato con el público, eso se traduce en que no tiene que compararse con nadie ni aparentar nada para reafirmarse y estar contenta consigo misma. Eso le gusta.

La mujer moldea la tierra alrededor del arbusto pequeño con mimo, transmite paz. Mientras la observa, Julia se pregunta si cuando tenga su edad también cuidará de su jardín casi como si fuera su bebé. El pensamiento la pone triste. Mira hacia su terreno y tiene el aspecto de un

descampado en el que una máquina especial para sacar el máximo rendimiento a la plantación ha removido la tierra con esmero, tal y como les dijeron en su día, pero en ese momento ofrece un aspecto lúgubre en comparación con el jardín, casi un bosque, de la casa de al lado.

La siguiente fase del proyecto de la vivienda tendrá que ver con el paisajismo. Javier y Vanesa, sus vecinos del otro lado, les han recomendado al paisajista que ha hecho todos los jardines de las mansiones de los futbolistas en La Finca. Han insistido en que lo llamaran y dijeran que lo hacían de su parte, ya que a ellos también se lo había diseñado. La obra de sus vecinos había terminado hacía más de medio año con el jardín incluido, gracias a que parte de la construcción de la casa era prefabricada. Por eso habían ganado meses de ventaja.

Ella se pregunta si la insistencia en que lo contraten no es más que una manera de poner al límite su solvencia. Ambas familias saben de sobra que Julia y Rubén están económicamente muy por debajo en ingresos y estatus social, además no tienen ni la mitad de contactos. Aunque Rubén pertenezca a una de las familias más adineradas de Madrid y haya mantenido un vínculo estrecho con todo el grupo que lidera Javier, su amigo del alma, exdiputado de la Comunidad de Madrid y ahora también vecino.

Llegados a este punto a Julia no se le caerán los anillos si tiene que decirles que buscan otro estilo, pues piensa que el de su vecina va mucho más acorde con el paisaje del monte que tienen de fondo. Menos estudiado, pero más natural y frondoso, algo que puede ir bien con el estilo arquitectónico más rústico de su casa.

La vecina continúa plantando arbustos similares en la misma zona, mientras el perro entra y sale de su campo de visión. No alcanza a ver a nadie más, tampoco recuerda que los de la obra le mencionaran ningún marido o familiar. ¿Vivirá sola? Por no saber, no sabe ni su nombre. Antes

de empezar a hacer conjeturas sobre el tipo de vida que podría llevar una mujer de esa edad en soledad, escucha un ruido extraño. Una especie de gemido que le pone los pelos de punta y que no llega a adivinar si se trata del perro, de otro animal o incluso de una persona. Cuando va a estirar el cuello para descubrir de qué se trata, los ladridos del perro le hacen dar un brinco. Es evidente que la ha descubierto, pero Julia se esconde tras la columna sin que la mujer pueda verla cuando alza la mirada hacia ella. Su corazón se desboca, se siente como una cría a la que han descubierto haciendo una travesura. Tanto preocuparse porque su vecina no meta las narices en su vida y al final es ella la que ha estado a punto de mostrarse haciéndolo descaradamente. Qué vergüenza, si empezaba así el primer día, qué haría después. Qué habría pensado esa mujer si la hubiera visto.

Agarra las bolsas de nuevo y se dirige, un poco agachada, hacia la puerta de entrada. No se quita la extraña sensación que le ha dejado el sonido que escuchó unos segundos antes. Lo más lógico sería pensar que, entre gemido y gruñido, provenía del mastín. El perro la estaba viendo y la había avisado antes de lanzarse a ladrar. Sin embargo, el ruido era muy extraño y cuanto más se repite en su cabeza, más terrorífico le parece.

OceanofPDF.com