Dulce hogar
Capítulo 8
8
¿Alguien a quien conozca? La pregunta de la vigilante de seguridad se repite en la cabeza de Julia y, por más vueltas que le da, siempre llega a la misma conclusión: no conoce gente en la urbanización y menos hombres.
Repasa posibilidades. Conoce de vista al tal Jacinto, a Karim, el jardinero de sus vecinos; a Javier, aunque es imposible porque está segura de que no han vuelto, y al chico de la capucha. Todos ellos son hombres corpulentos que encajan con el que ella se ha encontrado cara a cara. La cuestión ahora es averiguar si el merodeador solo la estaba espiando o si pretendía entrar en su casa mientras ella dormía y qué razones podría tener para hacerlo.
Necesita contárselo a Pilu, ella lleva años en la urbanización y seguro que puede ayudarla. Agarra el móvil y la llama.
—¿Qué tal las cámaras, las instalaron por la mañana? —pregunta con cierto retintín su amiga nada más cogerlo.
—Muy bien, sí. Hemos tenido suerte, han sido superpuntuales…
—No me mientas, me ha dicho Paula que te ha visto en el club.
Julia se sorprende por el tono tajante de Pilu, la hace sentir una cría.
—Sí, me escapé para preguntar qué tenía que hacer para apuntarme a pilates —se excusó.
—¿Por qué me mientes? Paula ha preguntado después a Carmen, la mujer que te ha atendido, y le ha dicho que querías información sobre la piscina, no de pilates.
—¿Y por qué te tiene que llamar Paula y dudar de lo que yo he dicho?
—¿Está mintiendo acaso? Y encima vas y le pides que no me cuente
nada, ¡es que vamos! —Julia maldice el momento en el que le había pedido a Paula que no le contara a Pilu que la había visto, pero no quería que le dijera que había ido a apuntarse a pilates y después no tener excusa para no aparecer por clase—. Siento decirte que te has columpiado —continúa—, aunque me da igual, ya se me pasará, pero es que encima que pongas en ese aprieto a Paula… con la que en un día hablo más veces que contigo en los últimos cinco años. Solo te voy a decir una cosa: te has confundido de confidente porque, de todo el grupo, ella es la que más ganas te tiene.
—¿Cómo? —pregunta Julia extrañada.
—Lleva años deseando encontrar una parcela o casa con vistas al campo.
Así que no le hace ninguna gracia que llegues la última y la consigas.
Ándate con ojo, porque como te la jure, menuda es… y Julián, el marido, ni te cuento. ¡Ah! Cuando esto ocurra, no me llames para llorarme porque seguramente estaré «ocupada» con algo que me vengan a instalar…
—Pilu, déjame que te explique, anda, ¡que no es tan así! Hay un motivo importante…
—Ya hablaremos, que me tienes contenta. Cuídate.
Pilu le cuelga y Julia no insiste, su amiga acaba de darle una nueva opción con la que no contaba: el marido de Paula también es alto y fuerte.
¿Qué le habría dicho su mujer? ¿Se la tenía también jurada y tramaban algo contra ella? Le había dado esa sensación cuando los vio cuchichear al marcharse del club. Julia está alucinando con la pataleta propia de una niña que ha tenido Pilu y lo que acaba de contarle. Era lo que le faltaba, empezar con líos así, como cuando estaba en el colegio.
Recuerda las palabras de Laura, su vecina, cuando la advirtió de la mala praxis de algunos vecinos y le recomendó que se mantuviera al margen. Eso pensaba hacer, pero no cedería; si había sido el marido el que quiso asustarla por la noche y pensaban repetir la jugada, ahora con las cámaras
les iba a salir el tiro por la culata, dado que no podrían entrar y, además, los grabarían. Era cuestión de esperar, solo tenía que aguardar a que cometieran un pequeño error.
Después de la conversación, le embarga otra vez esa sensación que tiene, cercana al presentimiento, de que todo lo que rodea a su casa y la urbanización tiene algo turbio. Necesita claridad, tiene que intentar desconectar. Un buen baño caliente le vendrá de perlas.
Va a ponerse un bañador mientras programa el jacuzzi para que el agua se caliente aún más. Elige un biquini minúsculo, confirma en el espejo del vestidor que le queda bien y se acerca hasta su habitación para echar un vistazo al monte. Después de aquel saludo antes de ir a ver a Aldara, al chico se lo ha vuelto a tragar la tierra. O quizá sigue ahí. Julia se sitúa en mitad de la cristalera para poder ser observada. Desde lo alto de la casa se siente con más poder, saca el móvil para disfrutar de su nuevo juguetito y revisa otra vez las cámaras de seguridad. La pantalla se divide en cuatro, según las cámaras que hay en cada planta. Al deslizar y llegar a la imagen que enfoca la piscina, pone el grito en el cielo. No puede creer lo que están viendo sus ojos. Cierra la puerta de la terraza y baja las escaleras rápidamente.
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