Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 86 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 4

4

Los últimos días habían sido especialmente duros para Rubén, porque se había tenido que marchar solo de viaje cuando su mujer más lo necesitaba.

Justo en el momento que supuestamente debía ser uno de los más felices de sus vidas: el día en el que estrenaban por fin la casa de sus sueños. El proyecto por el que tanto se había sacrificado y al que ambos habían dedicado tanto tiempo y energía para que al diseño no le faltara de nada y se convirtiera rápidamente en su hogar.

Él había puesto todo de su parte, Dios lo sabía. Nadie se creería lo mucho que le había costado llegar hasta ese momento, y no solo en el plano económico. Había sacrificado demasiadas cosas y le estaba pasando factura. Desde que el deseo por empezar una nueva vida en ese terreno se hizo patente, no había vuelto a ser él mismo. Su cabeza no le daba tregua y ese viaje era crucial porque podría ser el punto de inflexión que necesitaba en su vida. Podría ser su salvavidas o, por el contrario, su dulce condena.

Lo peor de todo era lo distante que se había sentido de Julia y volvía preocupado por cómo iba a recibirlo. Sabía que no se había portado bien con ella, simulando que no podía hablar ni leer los mensajes, dándole largas. Además sabía que no era normal la manera en la que se había ausentado esos días y en un momento tan especial. No le había quedado otro remedio, no quería que le hiciera más preguntas. No podía arriesgarse a que lo descubriera y tuviera que contárselo sin estar junto a ella, encima estando Vanesa detrás de todo eso, con la rabia que le tenía. Necesitaba solucionarlo antes, porque, ocurriera lo que ocurriera, no quería hacerla

sufrir más. En ese sentido se alegraba de tener a su lado a la que hasta ese momento solo era la esposa de su amigo. Ella siempre estaba muy pendiente de todo y le había abierto los ojos para que moviera ficha de una vez. Tenía que conseguir que Julia no lo descubriera, porque jamás se lo perdonaría. Eso sí que sería un punto y final.

Había intentado dormir durante el vuelo de vuelta, pero fue incapaz; aparte de darle vueltas a todo, se dijo firmemente que conseguiría estar bien con Julia esos días hasta que estuviera a punto y le diera la noticia.

Estaba muy nervioso, porque en unos días, dependiendo de cómo fuera todo, su futuro podía dar el giro que tanto esperaba.

Pero a su vuelta la bienvenida ya marcó la pauta de lo que seguiría después, cuando prácticamente al llegar, en mitad del comienzo de una discusión por la dieta y el ejercicio que él seguía a rajatabla y que a Julia parecía que la irritaba tanto, recibió un mensaje de Vanesa que decía:

«¿Has vuelto ya? Ya estamos, ahora estoy sola. Quiero hablar contigo antes de que se lo cuentes, aunque aún no tengas toda la info. Es importante. Ven ya. Avísame cuando quieras, hazme una perdida y nos vemos abajo, en el campo. Si quieres a la altura de la casa que tienes al lado para que no nos vea Julia ni nadie». El texto estaba acompañado de su habitual corazón rojo. Rubén fue consciente entonces de que no estaba bien y que no hacía otra cosa que sacar toda la tensión para volcarla sobre su mujer, incluso en detalles que carecían de importancia. El mensaje de Vanesa era la oportunidad de salir de casa para no entrar en bucle y verla, aunque fuera un momento. Además le intrigaba mucho aquello de «… Es importante. Ven ya». Rubén aprovechó el pique para justificar que necesitaba hacer ejercicio y que iba a salir a correr. Y utilizó la técnica de no decir nada para no dar pie a más preguntas o enfrentamientos.

Simplemente se preparó y se fue.

Nada más cerrar hizo la perdida a Vanesa y cuando colgó aceleró el paso porque se dio cuenta de que tenía que salir a la calle principal para coger el camino que llegaba a sus casas por el campo, y tenía que evitar que alguien lo viera. Podría haber salido directamente desde su parcela, pero no quería sembrar sospechas y que Julia lo viera desde arriba. Era demasiado arriesgado.

De camino pensó en que haberse ido de forma tan brusca le venía bien para hablar con ella y quitarse el problema cuanto antes. Decidirían entre los dos cuándo se lo contaba a Julia. Aunque él creía que lo mejor era esperar unos días hasta que tuvieran todo claro y supiera bien qué decirle.

Rubén iba a paso ligero por el camino que estaba pegado a las casas que daban al monte. Cuando se estaba acercando a la de sus vecinos, vio a Vanesa asomada y esta le hizo una señal con la mano para que entrara en la parcela. A él le pareció un poco exagerado, pero saltó por encima de la valla que estaba vencida y se reunió con ella en la esquina pegada a su casa, donde la vegetación era mucho más frondosa y quedaban más ocultos. Al verla de cerca le llamó la atención lo pálida que estaba, tenía los ojos muy rojos y el pelo grasiento, como sucio, para lo impecable que iba siempre. Le costaba reconocerla.

— ¿Estás bien?

— No…, te he mentido. En realidad no puedo hablar de eso. No tengo tiempo…, y no te puedo explicar mucho. A Javier le están pisando los talones y ahora mismo no es seguro estar aquí, podrían estar siguiéndonos.

Tiene que parecer que nos hemos ido. Te prometo que en cuanto estemos a salvo, te llamo y estaré contigo…

— Me estás asustando… ¿Quién os está siguiendo?

— Necesito los papeles, todos los documentos.

— ¿Para qué?, ¿quién los quiere? ¡¿Qué cojones está pasando?!

Rubén estaba a punto de perder los nervios.

— Es mejor que los tengamos nosotros y que les mandemos alguna foto como prueba, porque si vienen y no estamos, van a ir a por ti. Créeme cuando te digo que no vas a querer que eso ocurra.

— Pero ¿cuándo?

— Tiene que ser ya. Antes de que salten las alertas cuando nadie nos vea y empiecen a buscarnos. No podemos quedarnos aquí si no queremos que nos pillen. Ya volveremos cuando todo esté solucionado. Por eso tiene que ser ya, hoy mismo.

— ¿Hoy? Están en cajas, ni sé dónde las habrá puesto Julia. No puedo ignorarla, ponerme a buscar como si nada una carpeta y después esconderle lo que estoy haciendo.

— Te iba a pedir que me la trajeras por la noche, así puedes buscarla de madrugada mientras ella duerme. Será más difícil que nos vea alguien y, por tanto, más seguro para nosotros. Manda un mensaje cuando lo tengas todo, da igual la hora. Vete, ahora salgo yo. —Y cuando estaba a punto de irse, lo cogió del brazo y continuó—: Gracias. Te llamo en cuanto pueda y me cuentas todo, te lo prometo. Ya verás cómo todo va a ir bien. Vete, yo me escondo aquí y luego salgo. No quiero causarte problemas. Si nos traes los papeles, no los tendrás.

Rubén se despidió con un gesto extraño, muy contrariado. Le daba miedo verla así. Una vez más le pasaba factura pertenecer al entorno de Javier en el que, por extensión, les tocaba pagar a justos por pecadores.

Vanesa lo vio marchar y enseguida giró la cabeza hacia una de las ventanas de la vieja casa de sus vecinos. Desde ahí la estarían viendo sus hijos mientras los apuntaban con una pistola. En el bolsillo llevaba el móvil

con una llamada que le habían hecho previamente y por la que podían escuchar toda la conversación. Una palabra fuera de lo acordado o algún gesto extraño que hiciera sospechar algo a Rubén y, cuando volviera, sus hijos estarían muertos sin haberse podido despedir de ellos. Tiago bajó los prismáticos con los que no se había perdido detalle y la apuntó con la linterna desde ahí, encendiéndola y apagándola.

Rubén hizo el camino de vuelta preocupado, aunque intentaba ver el lado bueno de todo eso: si les pasaba la carpeta, él quedaría exento de todo, ya no irían a por él y, además, se libraría durante una buena temporada de Javier. Se paró frente a la puerta de su casa y, aunque estaba cansado porque había vuelto andando a buen ritmo, avanzó hacia donde la cámara exterior no podía enfocarlo y dio unos saltos para que fuera más verosímil que había estado haciendo ejercicio. Julia lo recibió y él optó por abrazarla y pedirle paciencia porque la iban a necesitar. Después se acostó. Estaba agotado por el viaje y por todo, y pese a que en un primer momento le costó conciliar el sueño, porque la cabeza le iba a mil por hora, a los pocos minutos se durmió profundamente.

Luego llamaron al telefonillo y escuchó desde su habitación hablar a su mujer con unos agentes sobre la desaparición de Javier, Vanesa y sus hijos.

Cuando estos se fueron, salió a calmar a Julia y esta vez intentó no mentirle. Le explicó que probablemente sus amigos estaban metidos en algún lío que los había obligado a desaparecer. Su único pecado en realidad fue omitir información.

Durante la tarde se esforzó en quitar hierro a todo lo que le contaba su mujer para que el ambiente en pareja fuera bueno y no acabaran como el rosario de la aurora. Sin embargo, cuando le contó la historia de Aníbal y

cómo había quemado a su madre e incendiado el terreno, Rubén decidió escucharla atento para mostrar empatía hacia ella, pese a que dudaba mucho de que fuera cierto aquello que le explicó poco después de que alguien la esperaba de madrugada con una antorcha en el campo. Era imposible, el chico estaba encerrado y no se imaginaba a su abuela haciéndolo. Llevaba meses muy tranquila, desde que trasladaron a Aníbal cerca de ellos. También era imposible que fuera el abuelo. De la familia solo podía ser el padre, aunque le extrañaba porque cuando se había enfrentado a ellos durante la obra siempre lo había hecho de cara… Tenía que ser una casualidad, seguramente alguien que fumaba cuando salía a pasear al perro. No quería seguir hablando de eso, ahora que empezaba a levantar cabeza al menos en lo relacionado con todo aquello.

Pese a que se había echado una buena siesta y estaba muy inquieto, tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no dormirse enseguida cuando se acostó junto a Julia por primera vez en su nuevo hogar. Su mente estaba alerta, pero su cuerpo no podía más. Le empezaban a pasar factura los nervios y todas las mentiras. Bajó hasta el cuarto del sótano en el que tenía guardado todo. Por precaución había desperdigado el contenido en distintas carpetas que había escondido a conciencia para que no estuvieran todos los huevos en la misma cesta en caso de que hubiera algún tipo de inspección o alguien los acabara interceptando. Cuando todavía no había encontrado más que una cuarta parte del material que tenía que recopilar, bajó su mujer muy asustada porque no lo encontraba y porque, según señalaba, la persona que la observaba con la llama desde el monte estaba ahí en ese mismo momento. Rubén le dijo que estaba aprovechando la falta de sueño por la siesta para buscar unos documentos que le pedían en el ayuntamiento y que le preocupaba no haber conservado. Ambos subieron, pero, al llegar al salón, no había nadie en el monte como ella afirmaba.

Volvieron al dormitorio y esperó más de una hora hasta que estuvo seguro de que Julia estaba completamente dormida.

Ya con todo preparado y cuando estaba a punto de escribir a Vanesa como le había pedido, tuvo una idea: no iba a entregarles todos los originales, especialmente el que más le afectaba, el relacionado con el pago a Jacobo por los servicios prestados la noche del incendio, que firmaron todas las partes para que ninguna pudiera delatar a la otra en un futuro; se lo guardaría como garantía, por si algún día se les ocurría inculparlo. Ese era su salvavidas, porque demostraba que Javier había pagado a Jacobo para que ejecutara el plan, pese a que él, Rubén, también hubiese participado. Así que lo puso en el suelo y le hizo una buena foto que sería lo que les proporcionaría vía mensaje.

«Ya tengo todo preparado», escribió cuando escondió la carpeta negra con el original detrás de una de las cajoneras en las que guardaba los documentos. Al instante ella respondió: «¿Julia está dormida?». Él tecleó rápido: «Hace bastante ya». Vanesa no esperó a responder: «Espera un poco más. Nos vemos donde antes, sal por el campo directamente. Ahora más que nunca no podemos llamar la atención. Y asegúrate de que Julia no se despierte y te vea salir. Ni ella ni nadie. Esto no es un juego. Hazme una perdida cuando salgas».

Rubén cogió su copia de la llave que abría la puerta que comunicaba la parte baja de su parcela con el campo y se puso en marcha. A esa hora todo estaba a oscuras y tuvo que ayudarse del móvil para poder alumbrar con la opción linterna y no tropezar con alguna piedra o tronco. Cruzó lo que quedaba de la valla de sus vecinos hasta que se acercó al mismo punto en el que había estado antes y divisó a Vanesa, esta vez apoyada sobre algo que sobresalía entre la vegetación y que parecía un pozo hecho de ladrillos.

Se aproximó con la carpeta en la mano, pero, antes de llegar hasta ella,

recibió una fuerte descarga en la espalda, seguida de un golpe en la cabeza que le hizo perder el conocimiento.

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