Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 13 de 103

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Dulce hogar

Día 2

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12

Los ojos de Julia se abren como platos dos horas antes de que suene el despertador. La habitación sigue iluminada por la lámpara de la mesilla que dejó encendida. Después del susto que pasó de madrugada, se había puesto el antifaz que estaba en el cajón de la mesita para poder pegar ojo, pues nunca ha tolerado la claridad. Estira el brazo y da al interruptor manual que sube la persiana. Fuera la luz es muy tenue, apenas ha amanecido, pero el paisaje aparece igual de bello. De día todos los males desaparecen, se despereza y se permite quedarse un poco en la cama relajada. Luego se levanta y coge la toalla y el móvil. Se pone un top y un short corto que utiliza para hacer deporte y baja a la cocina a prepararse un té para empezar a ser persona.

De camino va apagando las luces que dejó encendidas. Abre la puerta de una de las cristaleras que quedan a la altura de la cocina y extiende la toalla para que termine de secarse. Mientras calienta el agua, mira el móvil y lee un mensaje que tiene de su marido: «Gracias por la foto, amor, me ha venido muy bien. Ahora, que sepas que voy a capar a los de la domótica por el retraso con las cámaras, porque podría haberme dado un buen festín viéndote en el jacuzzi» . Julia sonríe y mira hacia la esquina del porche donde cuelgan unos cables, sabe que ahí colocarán la cámara que cubrirá esa zona. En el interior también habían dejado preinstaladas varias, una mínimo por planta. Continuó leyendo el mensaje de su marido, que todavía no había terminado. «Tengo una mala noticia, te dejo un audio mejor».

Julia aprieta los dientes, retira el agua de la placa e introduce la bolsita de

té verde mientras se dice que no piensa enfadarse, que le diga lo que le diga no le va a joder el día. Da al play y escucha la voz de su marido en modo altavoz. «Cariño, no podré estar ahí pasado mañana. Me piden hacer un vuelo más. No te enfades, luego hablamos. Qué ganas de estar ya en casa.

Pasa buen día. Te quiero». «Genial», piensa. «Cojonudo, sola otra noche más… Perfecto».

De momento no tiene claro si salir por la puerta de abajo de la parcela, que da acceso directo al campo, para correr en ayunas por el monte antes de ver a Pilu, o si hacer un poco de yoga en su habitación. Finalmente opta por la segunda opción para no acabar mandando a Rubén un mensaje bomba.

Tiene que empezar el día con buen pie, es su principal meta a corto plazo.

La que conseguirá que el resto venga solo. Aunque, por mucho que se esfuerce, le atormenta la idea de tener que pasar aún dos noches sola. Ella que había sido la persona más independiente del mundo, que de jovencita disfrutaba viajando sola en Interrail, había desarrollado un terrible pánico a la soledad sobre todo a partir de las noches en vela en el hospital pidiendo para que su madre mejorara y pudiera contarle alguna de sus historias o regañarla por algo.

Mira a su alrededor y descubre por primera vez cómo se ve el salón y el jardín a esa hora del día: los primeros rayos del sol irrumpen tímidamente en el cielo y está precioso. A cualquiera que le dijera que pasar un día sola ahí suponía una tortura para ella o un motivo para montar un buen pollo, como el que tenía ganas de organizar, la tomaría por loca. Saca la bolsita del té para que no amargue, la tira a la basura y sube a su habitación.

Encuentra la esterilla en el armario grande que ha dejado como auxiliar para los esquís y demás armatostes. La coloca en el lateral de su cuarto, al lado de la planta enorme que tienen en un macetón en la esquina y frente a la cristalera, que abre para que entre el aire fresco. Menudo lujo hacer yoga

con esas vistas y sin un solo ruido. Disfruta de la sesión valiéndose del movimiento de los árboles y el vuelo de los pájaros para proyectar la respiración y la paz que pretende alcanzar. Siente su cuerpo fuerte y tonificado. No tiene ninguna lesión que la impida estirarse del todo. En un momento en el que está fijándose en lo que parece ser un conejo dando saltos por el monte, intuye a alguien que se mueve entre los frondosos arbustos. Tiene que comprarse unos prismáticos. Espera un minuto para intentar distinguir si es una persona, como le ha parecido y, si es así, se pregunta quién puede ser. Pero no ve nada más, quizá no hay nadie.

Aguanta unos segundos y vuelve a inhalar aire mientras trata de olvidar y sumergirse en la relajación que va consiguiendo con cada movimiento.

Al terminar se siente genial. Se mete en la ducha. A la sensación placentera del agua cayendo se le suman los rayos del sol y el aire que entra de la calle y envuelven su cuerpo desnudo. Qué gustazo. Tiene tiempo de sobra, así que se aplica la mascarilla de aceite de oliva que tanto le gusta y que le deja el pelo tan sedoso. Se la unta en el cabello con un leve masaje de las yemas de los dedos. Mientras espera aprovecha el jabón que escurre para frotarse los trapecios. Entra una bocanada de aire más fuerte que le pone la piel de gallina. Ha dejado la puerta corredera que da a la habitación abierta, sin caer en que desde un ángulo determinado se la puede ver desde la parte alta del monte. Se fija por si hubiera alguien, pero a la distancia a la que está tampoco le importa mucho si la observan. De hecho, bromea pensando en que si fuera el chico de la tarde anterior, hasta se quedaría un rato más. Se aclara la cabeza y cierra los ojos. Cuando los abre de nuevo, a lo lejos, en lo alto del monte, parece que hay alguien. No está tan cerca como ayer, pero lleva la capucha puesta y juraría que es él. ¿De nuevo está ahí observándola? Desde luego, no se mueve. Duda en si llamar a Jacinto, el vigilante de la garita, para comentárselo, o si lo deja pasar; al fin y al

cabo, el muchacho podría estar dando un paseo o haciendo ejercicio y tal vez habrá parado para descansar. Aunque duda, porque le parece demasiada casualidad haberlo visto ya dos veces seguidas. Es probable que sea una rutina que tiene desde hace tiempo y es ella la que lo está interrumpiendo.

Tampoco le puede culpar, la casa es un espectáculo. Llama la atención. Y

seguramente ella no se aguantaría si lo viera a él duchándose. Se ríe para sus adentros, pues sabe que se pondría en primera fila. ¡La cita con Pilu!

Sale de la ducha y comienza a secarse con la toalla. Se revuelve el pelo con fuerza, sin percibir que en una de las calvas del monte más cercanas a la casa vuelve a aparecer el chico de la capucha que no le quita ojo.

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