Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 82 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 12

12

Reencontrarse con su hijo, verlo encerrado y en un estado que nada tenía que ver con lo que había sido, fue la gota que colmó el vaso. Al mirar a Aníbal, se dio cuenta de que no quedaba nada del chico cariñoso y alegre que había sido de pequeño, ni tampoco del cabezón combativo y adolescente que era capaz de enfadarse y discutir durante horas por lo que creía y al que muchas veces había tenido que llamar la atención y pararle los pies. Tiago se había apoyado en todo eso cada vez que flaqueaba y tenía ganas de verlo. Ahora lo miraba y no encontraba nada de ese temperamento con el que le recriminaba que su familia se hubiera roto por su culpa. Solo podía fijarse en los efectos que Javier acababa de mencionarle. Lo tenían dopado completamente, era cierto que no era más que la víctima de una mentira que había acabado por creerse. «Le aseguro que con la cantidad adecuada de litio y ansiolíticos tendrá unas alucinaciones que le costará creer que no es cierto todo lo que le repitamos. No tiene más que ver a su hijo». El recuerdo de las palabras de Javier se le clavó como un puñal y tuvo que contener las lágrimas. Su hijo no parecía acordarse ya de nada de lo ocurrido y podría decirse que había encontrado una especie de paz artificial. Se abrazó a Aníbal y lo besó en la mejilla, después se separó y se quedó un rato apoyando su boca en la mejilla mientras le decía una y otra vez:

— Lo siento, hijo, lo siento…, perdóname…

Laura se acercó a él y le agarró por los hombros con cariño para que supiera que no estaba solo, que la tenía a ella. Su yerno le había contado

todo lo ocurrido mientras bajaban hacia el centro para la visita.

Inexplicablemente no estaba enfadada ni disgustada, no había puesto el grito en el cielo al enterarse. Una extraña templanza habitaba en ella; era la tranquilidad de conocer la verdad por terrible e injusta que fuera. A partir de ahí sería más fácil tomar las decisiones acertadas para tirar hacia delante.

Los días siguientes fueron los más complicados. Ambos compartieron el dolor y la ira que les provocaba saber que Aníbal tenía razón cuando le dijo a su abuela que él era inocente, que lo habían hecho dos hombres a los que no conocía. Lo peor era que ellos sí sabían quiénes eran y no podían hacer nada. Odiaban no solo que su poderoso vecino no negara los hechos, sino que además no tuviera el menor problema en amenazarlos y humillarlos, demostrándoles lo poco que contaban sus vidas y el abismo que había entre los unos y los otros. Laura y Tiago se calmaron mutuamente, pero ambos verbalizaron que lo que había hecho esa gente era imperdonable. Aquellos dos hombres habían saboteado su familia y el entorno maravilloso en el que vivían, su templo sagrado, y encima los habían enfrentado. Pero lo peor de todo era que Javier, el exdiputado, no mostraba ningún arrepentimiento. Lo más seguro era que el otro tampoco.

Tiago regresó a Lisboa, donde le esperaba el resto de su familia, a la que también tenía que cuidar. De momento decidió no contarles nada. No quería hacerles más daño y sabía que la verdad les iba a doler. La estancia se hizo mucho más difícil porque se le hacía cuesta arriba no visitar a Aníbal lo mucho que merecía, ahora que había desbloqueado su amor por él, y porque le costaba controlar más los constantes arrebatos de cólera que lo empujaban a tomarse la justicia por su mano.

Un mes después de su primera visita al centro, Tiago vio a Aníbal y a sus suegros, que lo necesitaban tanto como su hijo. Antes de instalarse en la

casa tenía planeado hacer una visita a su vecino. Pero no a Javier, sino al otro. El hombre al que su suegra afirmaba haber visto la noche del incendio. Tiago quería repetir la jugada, conseguir que lo mirara a los ojos y le dijera que él no lo había hecho.

Cuando se bajó del coche comprobó que la obra aún no estaba terminada, pese a que en su última visita parecía que quedaba ya muy poco. La puerta de la calle estaba abierta. Seguramente aún no funcionaba el telefonillo y por eso la dejaban sin cerrar: para que los obreros y los que vinieran durante el día con distintos materiales pudieran pasar con facilidad. Tiago se coló en la parcela y bajó por el terreno que parecía un descampado, sin rastro del color verde que lo caracterizaba. Al llegar a la altura donde estaba la piscina sin llenar, pero con el gresite y demás remates terminados, apareció el jefe de obra, o al menos eso pensó. Un hombre con bigote que debía tener diez años más que él.

— ¿Quería algo?

— Sí. Soy el vecino de al lado, vivo en esa casa —dijo señalándola— y quería hablar con los dueños…

— Me temo que eso es imposible porque llevan un par de semanas sin pasar por aquí, trabajan fuera. Aunque quizá esta semana me llamen para avisarme de que vienen, siempre lo hacen sobre la marcha.

Él le dio las gracias, disimulando su decepción. Se despidieron y el hombre lo acompañó hasta el camino de subida. Cuando Tiago estaba a punto de salir, observó la casa de Javier.

— No se moleste tampoco en intentar hablar con ellos, se han ido —era evidente que se refería a Javier y a su familia—. Me han avisado para que estuviese pendiente por si les llegaba algo y para que les echara un ojo a la casa de vez en cuando.

— ¿Sabe cuándo piensan volver?

— Ni idea, pero, por cómo hablaba, entendí que era para largo. Llámelo mejor por teléfono y que se lo cuente él.

— Eso haré, gracias.

Tiago caminaba por la calle pensativo: así que esa gentuza se había marchado. Eso no sería un impedimento para que siguiera con lo que había planeado. Finalmente se quedó toda la semana haciendo guardia la mayor parte del tiempo desde la ventana de su habitación. Hasta que al cuarto día vio un deportivo negro aparcando frente a la casa de los vecinos: era el coche que había visto Laura, sin duda.

Tiago salió de casa con calma y una vez más entró en la parcela por la puerta abierta, sin avisar a nadie. Cuando estaba bajando por el lateral, un obrero se cruzó con él.

— ¿A quién buscas? —le preguntó.

— Soy el vecino y quería hablar con el dueño, acabo de verlo entrar.

— Un momento.

El chico se dio la vuelta y entró en la casa. Un hombre alto y atractivo apareció antes de que Tiago pudiera bajar mucho más hasta acercarse al árbol que se colaba desde la parcela de su suegra y adonde tenía pensado llegar para hablar con él, si tenía suerte y no le hacían ir hasta donde estaba. Los separaba una distancia más que prudencial, pero pudo distinguir a la perfección cómo la expresión del vecino se transformaba al verlo. Solo necesitó un par de segundos para descifrar el mensaje que sus ojos cargados de culpa y tristeza le transmitían: «Lo siento», decían a gritos. Y entonces no tuvo duda, supo con total seguridad que el exdiputado y él eran los dos hombres que estuvieron en la parcela aquella noche para incendiarla, los dos responsables de todo, a los que se refería Aníbal insistentemente cuando defendía que él no había hecho nada. Ambos se quedaron mudos. Tiago no esperaba un momento así, porque se había

preparado para que confesara. El jefe de obra lo sacó de sus pensamientos y se colocó junto al vecino.

— Buenos días, hoy sí ha tenido suerte.

Tiago no le respondió, para cuando el hombre terminó la frase, él ya había empezado a caminar hacia la salida. Rubén lo vio marchar, preocupado, no había sido capaz de estar a la altura de las expectativas que Javier puso en él. Lo pilló tan desprevenido que no había podido controlar su reacción.

— Ahora entro, tengo que hacer una llamada —le dijo al jefe de obra mientras contemplaba cómo Tiago se alejaba.

El jefe lo dejó solo y él llamó a Javier, pero, como era de esperar, este no respondió y esperó a que saltara el contestador para dejarle un mensaje.

«Javier, no sabes lo que acaba de pasar. Ha venido el viudo… Ha aparecido en la parcela y no me ha dicho nada porque estaba el jefe de obra, pero lo sabe. Estoy seguro. Me preocupa que se haya enterado y quiera que confesemos o que viniera buscando…, ya sabes…, no quiero pensar lo que haría si se enterara de que tengo yo todos los documentos.

Tenemos que solucionar esto de alguna manera, yo no puedo vivir tranquilo pensando que puede saberlo todo, imagínate que consigue…, tú ya sabes…».

Rubén colgó preocupado y entró de nuevo en la casa.

Al otro lado de la valla, escondida detrás de los setos que camuflaban la verja, estaba Laura que, como le había pedido su yerno, había grabado todo lo que había dicho Rubén con el móvil que Tiago le había dejado. No habían captado la conversación llena de amenazas y negaciones que los dos esperaban que se produjera entre ambos, pero lo que acababa de escuchar superaba con creces sus expectativas y no podía esperar para

ponerle la grabación a Tiago. Ahora más que nunca estaba convencida de que la venganza se servía en un plato frío.

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