Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 32 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 6

6

A eso de las cinco y cuarto de la tarde llegan dos miembros del equipo de domótica para instalar las cámaras de seguridad. Lo bueno de haber dejado tomadas las decisiones con anterioridad es que ya no había duda de dónde tenían que ir colocadas ni en qué dirección apuntar, y van a tiro hecho.

Mientras trabajan, Julia mira hacia el monte en busca del chico de la capucha, esta vez sin prismáticos.

Nada más irse el repartidor, los había estrenado. Gracias a ellos ha visto con nitidez las dos casas al otro lado del monte y ha comprobado que, efectivamente, solo tienen una ventana que da hacia su casa y que las contraventanas están cerradas. También se ha fijado en otros detalles que no había podido apreciar a simple vista y, por supuesto, los hubiese empleado sin ninguna duda si hubiese visto al chico de la capucha. Pero no fue el caso.

Tampoco en este momento, horas después, y da las gracias, porque prefiere que los técnicos no lo vean ahí plantado mirando con descaro.

Aunque pueda parecer absurdo, se hubiese sentido muy violenta por si los técnicos sospechaban que había algo entre ellos dos.

Realizan la instalación en tiempo récord y, después de hacer varias pruebas para verificar el correcto funcionamiento y explicarle cómo ver las imágenes desde una aplicación que le pidieron que se instalara en el móvil, antes de irse colocan los carteles en las vallas exteriores de la vivienda, dos hacia el monte y dos en la calle principal.

Cuando se van, Julia quiere gritar a los cuatro vientos que ya tienen

cámaras para que nadie entre. De todas formas, si a alguien se le ocurre, verá los carteles y se lo pensará dos veces antes de hacerlo. Además, el hecho de que la cuenta atrás para que vuelva Rubén haya comenzado la ayuda a enfrentarse a lo que le queda de día con una mejor actitud.

Sin embargo, pasa el rato y continúa nerviosa. No se duerme ni presta atención a la tele. En lugar de eso, se dedica a ver las imágenes de las cámaras en la aplicación de manera compulsiva. Le gustaría tener energía para hacer deporte, pero es incapaz y acaba por dejar el teléfono. Se queda mirando al monte mientras da vueltas al salón. «Qué raro que no haya aparecido el chico», se dice a sí misma, y vuelve a la carga para justificar por qué está tan pendiente de él: es que no puede tener un tío espiándola, día y noche. Eso es acoso puro y duro. Julia se calienta, y cuanto más tiempo pasa sin que el chico dé señales de vida, peor. No obstante, sabe que tiene en mente a Rubén la mayor parte del tiempo, salvo en momentos fugaces, en los que consigue cambiar el chip y no dar rienda suelta a la rabia que le da que no hayan estrenado la casa juntos. Julia no está bien, y la prueba de ello es toda la energía que dedica a la historia con el chico de la capucha. Para bien o para mal lleva todo el día pendiente de él, y aunque debería sentirse feliz porque no ha aparecido, está irritada. Si el muchacho no ha venido, y por tanto no la molesta, ¿por qué está tan enfadada? En su fuero interno sabe que, en realidad, lo que le jode es que, después de cómo se comportó ella el día anterior, él no haya vuelto hoy. La hiere en su orgullo, pero también está el deseo de verlo otra vez, incluso por puro aburrimiento.

Le ha vuelto a picar el gusanillo. Agarra los prismáticos y se pone de pie pegada a la cristalera del salón. Realiza un barrido por la zona en la que el chico se suele poner: recorre la encina enorme que está otra vez sin apenas pájaros, los arbustos, las piedras a lo largo del camino, los troncos desnudos

que llamaron su atención esa mañana y, al seguir observando hacia la derecha, aparece él. Le llama la atención porque tiene el brazo estirado y le hace señales. Julia baja los prismáticos. ¿La está saludando? Enseguida mira de nuevo. El joven lleva puesta la sudadera de la última vez también con la capucha puesta y la cremallera desabrochada hasta abajo, por lo que puede verle el torso. Él repite el gesto con la mano mientras sonríe, levantando la cabeza para que lo vea bien. Julia se fija en sus facciones: tiene un mentón cuadrado y unas cejas gruesas que enmarcan su profunda mirada. Los labios carnosos y una sonrisa irónica del que sabe que tiene cierto poder. Es incluso más joven de lo que esperaba y también más guapo.

En ese momento suena su móvil, en la pantalla aparece el número de la seguridad de la urbanización. Por un instante duda en responder, pero finalmente contesta.

—¿Sí?

—Tiene que venir a la garita —le dice tajante Aldara, la vigilante de seguridad—. Quiero comentarle algo importante sobre lo que sucedió anoche.

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