Dulce hogar
Capítulo 5
5
Al abrir la puerta las líneas de luces led empotradas en el techo se encienden y escucha el sonido del aire acondicionado. La casa está domotizada, su marido le advirtió de que varias cosas se pondrían en marcha una vez abriese la puerta. La imagen del monte enmarcado por el enorme ventanal de doble altura resulta apabullante. Sin embargo, todo el despliegue de efectos se ve ensombrecido por la sensación de soledad que la embarga. Menos mal que la luz que entra por todos lados no deja sitio a la oscuridad de sus pensamientos. Se quita las zapatillas y baja con las bolsas hacia la cocina. A mitad de las escaleras escucha el sonido de la chimenea, que se encuentra encendida. No recuerda que la han programado para dar la bienvenida. Las llamas son artificiales, pero aun así se acerca a contemplarlas y permanece unos minutos frente a ellas, como hipnotizada.
El humo y los troncos decorativos propician que resulte de un realismo increíble.
En ese momento, en el que espera con todas sus ganas a que vuelva su marido, el fuego simulado la traslada de golpe a la última vez que han estado los dos frente a una chimenea. Fue durante un fin de semana en el que raramente ninguno tenía que volar a otro país. Rubén le dijo que había alquilado una casa rural en la Sierra de Madrid y que tenía una sorpresa que darle. Estando allí, salieron a pasear por el campo y aprovecharon para comer en un restaurante que les habían aconsejado. Después regresaron a la casa y, frente a la chimenea, hicieron el amor. Al terminar, aún abrazados, él le susurró al oído: «Es nuestro». Ese fue el instante en el que Julia supo que
su marido había conseguido el terreno del que se había enamorado y donde podrían construir su hogar. Ella lo besó con pasión, se miraron a los ojos y se giró hacia las llamas.
«Las llamas…, ten cuidado con ellas o acabarás ardiendo». Cuando las palabras que le ha dicho el anciano hace un rato se repiten en su cabeza, entonces regresa. «El fuego se lo lleva todo por delante», escucha de nuevo con claridad. Puede recordar con total precisión la forma en la que el hombre la ha mirado, con ojos desorbitados. Aquella frase le ha dado de lleno.
Julia agarra el mando a distancia y lo apaga de inmediato. De pronto esa extraña sensación, que se esmera en esquivar, se adueña de nuevo de ella.
Tanto la manera en la que el hombre ha pronunciado sus advertencias como los gruñidos que ha escuchado en la parcela de al lado le han dejado muy mal cuerpo. Está demasiado susceptible y no quiere volver a pensar en dos palabras: fuego y madre. No puede evitar asociar ambos términos, pero su unión la revuelve especialmente.
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