Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 62 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 18

18

Después de imaginarse a su marido durmiendo plácidamente, la imagen que se encuentra Julia cuando abre la puerta corredera de su habitación le produce una extraña sensación. Las sábanas de la cama siguen revueltas, pero está vacía. Tenía el convencimiento de que se lo encontraría ahí tumbado y ahora tiene la impresión de que se lo han llevado mientras dormía.

Se agacha para mirar debajo de la cama sin acordarse de que, para esta casa habían comprado una con canapé. Se incorpora y vuelve a llamar a su marido. Entonces averigua de dónde viene la vibración: en la mesilla de noche de Rubén está el cargador que le regaló ella para conectar el móvil, los auriculares inalámbricos y el reloj inteligente de la misma marca.

Precisamente es este último el que sigue cargando y el que recibe las llamadas y notificaciones. Julia lo coge para mirar los mensajes y llamadas, pero la pantalla está bloqueada. Aunque enseguida consigue acceder al contenido, ya que conoce los cuatro dígitos que Rubén usa como clave desde hace años para todo. No solo para los dispositivos, sino también para las maletas, las cajas fuertes de los hoteles y demás. Nada más desbloquearlo se encuentra con el registro de todas las veces que lo ha llamado sin éxito. Sigue mirando y, antes de entrar en los mensajes, llega uno que confirma que le ha mentido. Es de Jero y le dice: «He metido la pata. Me acaba de llamar Julia, me ha pillado desprevenido, y creo que se ha dado cuenta. Piensa en qué vas a decirle, pero yo se lo contaría. Cuanto antes lo hagas, mejor. Sorry». Julia tiene que controlarse mucho para no

llamarlo y darle las gracias por tomarla por idiota. No hay cosa que más rabia le dé que ser la última en enterarse de lo que ocurre. Una vez pasado el primer impulso, trata de averiguar cuál es la verdadera cuestión: ¿qué debería contarle y qué le está ocultando?

Cierra el mensaje y entra en los chats. La imagen que surge junto al nombre de la persona con la que él se ha mensajeado por última vez, antes de que llegara el de su amigo, la impacta como la caída de una guillotina.

Su querida vecina Vanesa aparece sonriente y asquerosamente perfecta en su foto de perfil, la misma que usa en sus redes sociales. Julia no piensa, quizá debería prepararse para lo que está a punto de leer, pero se lanza al vacío sin paracaídas. El último mensaje es de esa misma madrugada.

Vanesa había escrito: «Vienes, ¿no?». A lo que Rubén había respondido:

«Estoy saliendo».

Julia bloquea el torbellino de rabia que siente y retrocede en la cadena de mensajes hasta que ve numerosas videollamadas que se corresponden a los tres días anteriores a su vuelta, en los que él supuestamente estaba cubriendo la baja de un compañero que se había contagiado de covid.

Después de lo que acaba de leer, está tan descontrolada que se pone a contar las llamadas. Hay un mínimo de una por día. No hay derecho. Durante esas tres últimas jornadas lo había pasado mal y se había convencido de que Rubén debía estar muy ocupado para no llamarla ni estar pendiente de ella, como hubiera sido lo normal, y resulta que para Vanesa sí había tenido tiempo. La idea de que se hayan estado viendo la revuelve por dentro y cuando se los imagina desnudos provocándose mutuamente, lanza el reloj a la cama. La invaden los celos, encima con ella, no ha podido elegir otra…

Qué hija de puta, no se conforma con su marido y sus tres hijos, sino que tiene que llevarse al suyo.

—¡Ojalá te pudras en el infierno, zorra! —grita al dispositivo como si

fuera una prolongación de su enemiga.

Julia se queda sentada e intenta controlar la respiración. Está desbocada.

La persiana está subida y ve el monte frente a ella. Sus ojos van directos al punto en el que se solía colocar Aníbal para espiarla. Aparecen como relámpagos las imágenes de la tarde que se masturbó delante de él. Aunque prácticamente acaba de llegar de visitarlo y sabe que es imposible que esta vez se haya podido escapar, hace un recorrido con la mirada hasta que se tranquiliza al no encontrarlo observándola de nuevo. Deja de mirar y vuelve a coger el reloj. En su interior sabe que su marido también pondría el grito en el cielo si se enterara del jueguecito que se había traído con el chaval de la capucha sin saber los peligros que acarreaba.

Abre de nuevo el chat entre su marido y Vanesa. El goteo de mensajes es interminable. Antes de que Rubén se fuese a su supuesto viaje de trabajo, cuando todavía vivían en su anterior casa, ella le escribe: «Buen viaje. Ojalá pudiera estar ahí. Ya me contarás. Llámame luego». El texto acaba con el emoticono de un corazón rojo. Su marido responde a continuación: «Estoy muy nervioso, gracias. Te debo tanto… No tengo la menor duda de que, pese a los riesgos, todo esto merece la pena. Gracias». Y el mismo corazón.

Los siguientes mensajes están intercalados con las llamadas, en ellos los dos se tantean si están disponibles para hablar y ella le pregunta si se ha enterado bien de todo lo que tiene que hacer o si necesita ayuda, que desde allí —Julia entiende que se refiere a Colombia— puede echarle una mano para que «todo salga como tiene que salir». ¿A qué se refieren? ¿Qué es lo que tienen planeado para que salga de una determinada forma que ella insiste en supervisar?

El peor de los presentimientos la asalta de golpe y tiene que volver a los mensajes para apartar de su cabeza todas las oscuras posibilidades que se está planteando, a cada cual más macabra, y que darían sentido a la

desaparición de toda la familia. Solo espera que la lectura de la cadena de mensajes entre ambos le dé la información que necesita para descartar sus sospechas o que se las confirme y pueda llamar a Candela y Mateo directamente. Lo que no se espera es que la realidad sea muchísimo peor de lo que imagina.

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